Y los arrieros conocen muchas historias sobre el río. De hace siglos. De hace años y  de  ahora


 

 

Como espejos de agua

A las siete de la mañana el cielo azul metálico se refleja en las aguas semicongeladas de la Laguna del  Otún, ubicada a casi cuatro mil metros de altitud en territorios limítrofes entre Pereira y Dosquebradas.

El vuelo de un ave de presa al acecho de pájaros pequeños se dibuja sobre el espejo de agua sostenido por los setenta metros de profundidad que tiene en promedio este embalse natural donde nace el río Otún, fuente de abastecimiento para la ciudad de Pereira.

Son 78 kilómetros los recorridos por este camino de  agua entre su nacimiento y su desembocadura.

Pero esos son apenas datos, cifras, porque lo importante son las historias que se han tejido en sus orillas a lo largo de los siglos desde que los primeros habitantes lo recorrieran en busca de peces y animales  que llegaban a abrevar en sus aguas, mucho antes del arribo de los europeos.

 

Foto de el río Otún. Foto extraída de: Panoramio.

 

Los campesinos  de La Laguna y algunos arrieros llegados de Antioquia a prestar servicios de  transporte, cuentan historias acerca  de una  mujer indígena muy bella, que salía del bosque a seducir con la desnudez de sus pechos a  pescadores y cazadores que se aventuraban en la zona. Era La madre del río, que después de satisfacer sus deseos  extraviaba a sus enamorados en el bosque. Los que encontraban el camino a casa jamás podían  volver a comunicarse con los suyos, porque los sortilegios de la mujer los dejaban sumidos en un mutismo sin remedio.

De tal desmesura era la belleza de La madre del río que dedicaba días enteros a contemplarse en esos espejos de agua, hasta que el calor del sol los descongelaba y entonces se sumía en un sueño sin sobresaltos, vigilada por la constante presencia de  sus búhos tutelares.

Eso dicen.

 

¡Arre mulas hijueputas!

Y los arrieros conocen muchas historias sobre el río. De hace siglos. De hace años y  de  ahora.

Al fin y al cabo han recorrido  toda su vida este sendero de piedras que una vez fuera el lecho del río y ahora les sirve para subir  con mercados transportados en buses  de escalera  hasta El Cedral y bajar con las mulas cargadas con bultos de papa, leche y quesos producidos en La  Laguna.

 

Extraída de: Pixabay.

 

Osiel Cardona es uno de esos arrieros. Ahora está jubilado en compañía de sus cuatro mulas: Rucia, Retranca, Sonsa y  Fabiola, bautizada así en honor a una antigua novia aguadeña que se traía sus mañas. Sentado a una mesa en el sector de Libaré, evoca sus orígenes mientras apura un aguardiente  doble anclado en las nostalgias lanzadas a los cuatro vientos  por una canción de Nano Molina.

 

“Esto de los páramos me viene por herencia familiar. Mi abuelo Nicanor tuvo una recua de  más de cien mulas en Sonsón,  el municipio del oriente de Antioquia donde nací. Desde niño, el viejo aprendió a meterse  por unos andurriales a los que les tenían miedo hasta los espantos. Todavía recuerdo esos recorridos desde el sector de  La  Paloma, con las bestias cargadas de higos y papas.

Creo que una de las primeras cosas  que aprendí a decir en mi vida  fue eso: ¡Arre mulas hijueputas! Esa era como una cosa mágica para hacer mover animales  ranchados  o atrancados  en los pantaneros durante los días de invierno.

En esa época la máxima aspiración de uno en la vida era ser arriero, con al menos unas diez mulas para prestarles el servicio a los finqueros y a los dueños de tiendas y almacenes en el pueblo. Por eso cuando, hace unos cuarenta años, oí hablar de  que en  el camino hacia la Laguna del Otún todavía utilizaban mulas para movilizarse  enlacé la  recua, agarré a mi mujer y a mis cinco hijos y me vine pa´ estas tierras.

La verdad es que ninguno está arrepentido. Esta es una tierra sana y fértil; el aire es puro y nunca falta gente que por  alguna razón necesita nuestro servicio”.

 

Y nunca le faltaron clientes a Osiel: viajeros  nacionales y extranjeros, estudiantes, investigadores, ambientalistas, parejas en luna de miel, aficionados  a las emociones  fuertes y otros especímenes  descendían del bus escalera y lo primero que hacían era preguntar por un arriero. Entonces  el hombre se presentaba: Osiel Cardona, para servirles.

 

Extraída de: Pixabay.

 

“Y la verdad es que nadie   se quejaba por la tarifa: un promedio de treinta mil pesos de ahora por la ruta completa. Pruebe usted a  subir por esa trocha voleando pata con un morral al hombro y verá que  eso es poquita plata.

Aunque están los que por puras ganas de aventura prefieren subir a pie. Pero el otro asunto es que uno les brinda seguridad. Muchas personas se meten solas por estos lados y terminan perdidas y hasta muertas. 

Recuerdo que hace muchos años una parejita de novios hizo este recorrido a pie. Se veían muy enamoraditos. El asunto es que  la muchacha ya iba enferma de gripa y arriba la agarró una pulmonía y la mató.

Al pobre novio le tocó bajar con el cuerpo  a  lomo de mula, sin más consuelo que la compañía del arriero y su mujer. Esa vez sí que estos montes oyeron repetir la frase: ¡Arre mulas hijueputas!”.

 

Cierto olor a podrido

A medida que el  Otún se abre paso hacia  su desembocadura, el aroma  a hierba  fresca empieza  a  escasear. A la altura de  La Suiza, en la zona de las cascadas, los reflujos de viento  golpean   la nariz con un olor a cebolla y mierda de gallina.

El viajero se aproxima  a medianas y grandes plantaciones de ese condimento tan caro a la cocina de este lado  del mundo. El olor y las  moscas nos anuncian que al río no le augura nada bueno de aquí en adelante. Llegados al corregimiento de La Florida, lugar de peregrinación para ambientalistas y neohippies, se advierte una invasión: una docena de restaurantes y eco hoteles que a todas luces se saltan  las normas sobre intervención en los bosques y sobre construcción en zonas solo en teoría protegidas.

¿Hacia dónde estarían mirando las autoridades cuando se construyeron estas obras? Se pregunta el viajero  mirando unos eriales que apenas ayer fueron bosques. Como si no bastara con eso, las granjas avícolas también aportan lo suyo al deterioro de unas aguas tan cristalinas apenas   dos kilómetros atrás ¿Será esto lo que llaman “resignificación” de los ríos?

 

Extraída de: Infociudad sag.

 

Destino la ciudad

Un poco más y el viajero se encuentra con los célebres  charcos de San José. Un  recodo  donde la  quebrada La  Cristalina se junta con el Otún. Es el balneario de los sectores populares. El club  social de los  obreros. En domingos luminosos algunas muchachas  de barrio  se dejan invitar a  nadar y a besarse  en estas aguas  no contaminadas. Dicen que en sus meandros todavía se tejen  y destejen historias de amor, alimentadas con tamal y gaseosa. Dicen.

De  aquí hasta Libaré… Ah, el legendario Libaré donde el Deportivo Pereira forjara su mitología de equipo guerrero… las aguas discurren bordeadas por una carretera asfaltada tomada por la  creciente moda de montar en bicicleta. Dentro de los programas de recuperación se han pintado murales en lo que pretende ser un malecón.

Es el último tributo al río nacido  en lo alto de la montaña, antes de que la ciudad- es decir, quienes la habitamos- le paguemos los favores recibidos con un inmisericorde baño de mierda y residuos de toda clase.  Barriadas precarias. Otras que no lo son tanto. Bares. Restaurantes. Fábricas. Colegios. Putiaderos. Almacenes. Bodegas. Granjas. Moteles. Fincas: todos aportan lo suyo para la agonía de estas aguas  en otra época tan milagrosas que hasta engendraron a  la Virgen de Nuestra Señora de La  Pobreza.

 

Extraída de: Ecodiario el Economista.

 

Eso dicen.

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Gustavo Colorado
Contador de historias. Escritor y docente universitario.
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