La orquesta desafinada.

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Artículo publicado en el periódico Un Pasquín.

El país asiste al espectáculo de una improvisación, en las acciones del nuevo gobierno, sin precedentes recientes en la memoria de los colombianos. Se trata de algo que el académico y periodista Hernando Gómez Buendía definió en una reciente columna como “el despelote de las buenas intenciones”.

Y es que el petrismo llegó al poder en el empaque del Pacto Histórico, una sumatoria de fuerzas necesaria para ganar, aunque por un estrecho margen de votos, pero a todas luces insuficiente para gobernar.

Esta amalgama de tendencias políticas, compuesta de viejos zorros del oficio, burócratas redomados, tecnócratas reputados, y activistas de diversa índole (líderes ambientales, sociales, influenciadores, etc.), no ha sido capaz de tomar un ritmo.

En este concierto al que estamos asistiendo, lo único relativamente claro, hasta ahora, es la melodía, que proviene de un plan de desarrollo más o menos coherente, propuesto desde hace largo tiempo (desde la campaña anterior que resultó con la elección de Iván Duque en 2018).

Y aunque la armonía (los acordes musicales, es decir, las figuras principales en el gabinete como los ministros, y en lo político como los congresistas), cuenten con figuras destacadas que muestran esfuerzos importantes por acoplar su interpretación individual a la partitura propuesta, el ritmo no llega.

Lo que hemos presenciado hasta el momento es una batería de anuncios dispersos, cada uno más alarmante que el anterior, en términos de la magnitud del cambio que pretenden alcanzar. Y cómo el cambio es lo contrario a la estabilidad (por más que sea necesario), cuando se vive bajo la percepción de un desorden en los tiempos y coordinaciones de cada una de las propuestas, la sensación no es de una interpretación con sentido (el concierto), sino del caos y la incertidumbre (el desconcierto).

No se explica bien la opinión pública las razones de esta ejecución tan improvisada y altisonante del ejecutivo en estos primeros días de gobierno. Las intervenciones de los actores principales, ministros y congresistas, van cada una por su lado y están marcadas con diversos tintes, que no en pocas ocasiones varían de extremistas a fundamentalistas, y no favorecen la calma, tan necesaria para la economía y la convivencia social de un país que se siente expuesto a una intervención quirúrgica de grandes proporciones.

Lo que se percibe induce a especulaciones. La primera evidente sería que los ministros y congresistas principales (muchos de ellos con perfil presidencial) están siguiendo su propio programa, lo cual significaría una ausencia de claridad en el plan real a implementar una vez ganadas las elecciones, o, simplemente una falta de compromiso del equipo político y de gobierno con los postulados a los cuales decidieron adherir.

 La segunda causa posible podría ser que gabinete y congreso no le están haciendo caso a su jefe, el presidente de la República, pues se sienten con el poder suficiente para desconocer sus directrices.

Y una tercera causa tentativa procedería del hecho de que el jefe no está ejerciendo como tal, a mi juicio la más complicada de todas las posibilidades.

Este “despelote” inicial no sólo es material inacabable para la inflamación de la opinión pública, lo cual aviva un debate malsano porque se convierte en puro espectáculo, a veces divertido y a veces dramático, mejor dicho, una tragicomedia. Es, a su vez, base para algo mucho más delicado, el aumento de una incertidumbre que ya hacía parte de este gobierno desde sus inicios, y cuyos efectos redundan en un debilitamiento de las perspectivas económicas tanto a nivel nacional como internacional, afectando no sólo los factores relacionados con la macroeconomía, sino también los de corte microeconómico.

Se dijo que había que dar un compás de espera, que algún agudo opinador adujo que servía para hacer círculos vacíos. El problema es, justamente, que esta espera razonable no se ha visto tan vacía, como la que correspondería a la inacción aparente de un gobierno que se está tomando el tiempo necesario para conformarse y ajustar un trabajo en equipo. Más bien, este período ha estado atiborrado de anuncios alarmantes, disonantes, contradictorios, y de otros que han sido verdaderas metidas de pata, a las cuales han seguido demasiadas presentaciones públicas de excusas o vacuas retractaciones.

Un pequeño extra final: el “regaño de tía” de la lideresa negra Rosa Emilia Solís a la vicepresidenta Francia Márquez, acerca de su sospechoso discurso sobre los “nadies” y las “nadies”. Ese concepto es, en sí mismo, una contradicción lógica. Todos, los seres humanos somos, por desfavorecidos que hayamos resultado en la repartición de los diferentes recursos sociales, alguien. Cada uno de nosotros tiene entidad e identidad. Y, por tanto, un “nadie” no existe, y menos es posible decir que a alguien inexistente acceda al poder y gobierne. Para completar el culmen de su intervención, la señora Solís expresó: “respeto, pero no pertenezco a ese grupo porque yo soy reina, hija de reyes, y una reina no pertenece a los nadies”. Para mí, sin duda, el mejor de todos los episodios, por auténtico, sensato y hasta divertido, que hemos presenciado en este “despelote” de concierto.

Directora del portal web La Cebra Que Habla

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