Messi y el Mediterráneo

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                                   “Qué le voy a hacer si yo

                                      nací en el Mediterráneo”

                                                      Joan Manuel Serrat

Para mi hermano Felipe Pérez.

“ El gran problema del Fútbol Club Barcelona consiste en que no es un club de fútbol sino un partido político”.

Esa frase, lapidaria y lúcida, como todo lo suyo, la leí hace más de una década en El blog de Lalo, la publicación que el gran periodista argentino Raúl Faín Binda mantuvo durante años en BBC Mundo.

Y ese no es un asunto menor: un partido político es el proyecto de sociedad de un determinado sector de la misma que aspira a hacerse con el poder.

Y eso implica pugnas, combates que a veces acontecen en el terreno diplomático o en los medios de comunicación y otras en el campo de batalla.

O en un campo de fútbol. En el caso que nos ocupa, el Camp Nou, no menos legendario que la Iglesia de La Sagrada Familia, obra del arquitecto Antonio Gaudí, devenida fetiche para varias generaciones de turistas de todo el mundo.

En esa suerte de altar pagano han oficiado sus ceremonias, aupados por varias decenas de miles de feligreses agolpados en las tribunas, taumaturgos de la estirpe de Johan Cruyff, Diego Maradona, Romario, Ronaldinho, Ronaldo Nazario, Hhristo Stoikov, Luis Figo y Andrés Iniesta, para mencionar uno de la casa.

Como corresponde a los grandes mitos, todos ellos ascendieron al cielo culé, iluminaron la vida de sus fieles devotos durante varias temporadas… para desplomarse después en medio de controversias, portazos y líos judiciales.

Nada nuevo en todo caso: para redondear su ciclo, el mito debe ser destronado, troceado en pedacitos y distribuido entre sus antiguos fieles en un acto de comunión bastante conocido en el mundo cristiano.

Sin esa ceremonia se hace imposile el nacimiento del nuevo mito que reinicia el giro de la noria: la rueda eterna de la vida y la muerte.

“ De Algeciras a Estambul”, las leyendas mediterráneas abundan en ese tipo de relatos que pueden resumirse en La última cena, la imagen del Nuevo Testamento que recoge y sintetiza elementos que van desde la antigua Asiria hasta Portugal.

Y aquí llegamos a la clave del asunto. A mi modo de ver, “El caso Messi”, como ahora se le conoce en el lenguaje de los medios, sólo pudo haberse engendrado, alimentado y extinguido en Barcelona, la “Barca novena” según quiere la leyenda, acomodada a las claves del relato clásico de El Vellocino de Oro.

Hablamos de pueblos proclives al amotinamiento de la sangre. Hombres del Mediterráneo para quienes los actos esenciales de la vida- los que llevan del nacimiento a la muerte- suponen una puesta en escena, un mesarse los cabellos, arañarse la piel y pregonar a los cuatro vientos las honduras de dichas y penas.

Fijénse nada más en el antiguo teatro griego y verán.

Pues bien, esa Barca Novena atraviesa hoy por aguas turbulentas, agitadas por el mismísimo Poseídón en persona, a resultas de las disputas por el poder que tienen como centro de la tormenta a su último gran mito: el argentino Lionel Messi, nacido  para el fútbol en La Masía, algo así como las entrañas del club, los campos de entrenamiento donde se forman los relevos generacionales del primer equipo.

Desde su nacimiento, la historia estuvo rodeada de todos los elementos para alcanzar categoría legendaria: trasplantado de su natal Rosario a Barcelona, un niño enclenque  con problemas de crecimiento fue sometido a toda suerte de tratamientos clínicos- el equivalente moderno de la magia- hasta convertirse en la estrella capaz de encantar con su juego a los aficionados del mundo… y de facturar miles de millones en publicidad, taquillas, eventos profesionales y contratos de televisión.

Tomada de ar.marca.com/

Por definición, la magia no puede durar y la de Messi con el club, la ciudad y el Mediterráneo se prolongó demasiado para la capacidad de resistencia de un humano, aunque se trate de un superdotado: son diecisiete años desde su estreno en la primera división hasta el estallido final tras la paliza propinada por los alemanes del Bayern Munich en la reciente liga de campeones.

Todo empezó el 16 de noviembre de 2003, cuando ese chico predestinado saltó a la cancha en un partido amistoso contra el Oporto de Portugal. De ahí en adelante, independiente del entrenador que estuviera sentado en el banquillo, lo ganó todo con el Barcelona a nivel personal y colectivo.

Son diez  Ligas de España, ocho Supercopas de España, seis Copas del Rey, cuatro Ligas de Europa, tres Supercopas de Europa y tres Mundiales de Clubes: leña suficiente para alimentar la hoguera de la devoción para el resto de la historia del  Fútbol Club Barcelona.

Eso es lo incontestable: lo demás son las intrigas y disputas propias de un partido político.

Contador de historias. Escritor y docente universitario.

2 COMENTARIOS

  1. Tienes razón en tu comparación del fin de las carreras de grandes jugadores con un sacrificio ritual. Es cierto que casi todos los grandes de la historia salieron en forma traumática de los clubes en los que se consagraron. Edad “avanzada”, salarios inflados, camarillas de amigos (también “viejitos”), celos, dirigentes incompetentes o megalómanos, o ambas cosas a la vez… política, en fin. Hace falta nombrarlos? Di Stéfano encabezaría la lista. La gran diferencia del caso Messi es que esta vez es el jugador quien despide al club. No conozco un caso similar. En esto estriba la grandeza de Messi.

    • ” El que se enamora pierde”, reza un viejo dicho relacionado con los gozosos y tortuosos caminos del amor, mi querido don Lalo.
      De hecho, creo que esta historia podría tomar el título de una canción de The Beatles: “The long and winding road”.
      Y tiene usted razón : así como uno es el sentimiento del amante y otro el del amado, hay una diferencia esencial entre quien es desdeñado y quien desdeña. En ese sentido, el gran Lionel se va como lo que ha sido: un enorme futbolista que nos alegró la vista y la vida durante más de tres lustros.
      Como siempre, mil gracias por el diálogo.
      Gustavo

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