El río fue testigo. Fragmento del libro

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Antojos |

Cada sábado tenemos la sección Antojos, un espacio para leer fragmentos de libros publicados por Sílaba Editores y reseñados en La cebra que habla.

 

 

Es una bella historia, heroica y desoladora al mismo tiempo, porque los enemigos agazapados –autoridades, guerrillas, paramilitares, politicastros y narcos– acabaron con ella. Fue una gran aventura que, entonces como hoy, merece todo el respeto y la admiración. El lector lo sabe al terminar el texto. En la historia del país, hay muy pocas experiencias, de pronto ninguna, como esta.

El narrador, uno de los descalzos, ha guardado con celo, todos esos avatares: los triunfos parciales que alcanzaron, los abrazos de solidaridad, las sonrisas de los niños, la fe y la entereza de unos hombres y mujeres, del campo y la ciudad, que creyeron en sus propias fuerzas. Nada ha quedado por fuera de este texto y eso es tan valioso como la historia que cuenta.

Y mientras el bus donde viajaban Manuela y Valentina iniciaba el ascenso a las montañas de Antioquia, Leonardo seguía caminando por las solitarias calles de Magangué, víctima de la nostalgia, de los recuerdos que lo bombardeaban sin cesar. Ahora veía los peligros que les habían pisado los talones varias veces y se emocionaba imaginando a Manuela y a la niña cada instante más lejos de allí. Peligros como el asalto a la embarcación en que viajaba la brigada de salud de La Ventura: aquel fue el primer campanazo de alerta. Se hizo urgente evaluar la situación para saber si aniquilar el trabajo de los descalzos era un objetivo de los grupos armados. Al regresar esa tarde, Leonardo se encerró poseído por una especie de fiebre compulsiva a escribir el reporte, pues al fin y al cabo había ido en la brigada como corresponsal del periódico:

“Es un asalto y al que se mueva lo quemo”, recordó el grito del viajero que de repente se transformó en un bandido con el arma humeante en la mano y bajo la desteñida gorra de béisbol un cadejo sudoroso rodándole sobre la frente. Vociferaba como si echara un discurso o un sermón, que para Leonardo eran la misma cosa, o como si los insultara, pero no lo oían porque la música del pasacintas lo apabullaba. El bandido se había parapetado en la proa, sobre el equipaje. El revólver parecía de juguete, por lo pequeño y negro. Había disparado dos tiros al aire para amedrentar. La mano empezó a temblarle y el sudor a chorrearle por la frente. Las niñas suspendieron la lectura de los cuentos de Rafael Pombo. La confusión aumentó cuando oyeron gritos a sus espaldas: era otro asaltante con sombrero negro de alas enroscadas hacia arriba y gafitas redondas de lentes verdes, como las que usaron los marihuaneros de Chapinero en un tiempo. Se encaramó en la popa, junto al motor y a los tanques de la gasolina, para guardar la distancia y tener un mejor ángulo de observación. Desde atrás de sus lentecitos repasó a todos los pasajeros. La diferencia entre los dos asaltantes era el balazo que el de los lentes había disparado sobre el cuerpo de Candelaria Cure, una de las pasajeras, derribándola de su puesto en la banca de atrás. Fue un tiro seco que nadie vio ni oyó, y al desgonzarse la mujer dio la sensación de que había sufrido un desmayo.

Los dos pistoleros se hallaban frente a frente, pero no en un duelo, sino con los cañones apuntando a la cabeza de los viajeros. ¡Todos, con la cabeza abajo!, gritó el del sombrero. ¡No nos miren! A una señal del mismo asaltante apareció un tercer bandido en la banca de la mitad y empezó a atemorizar a las mujeres puyándoles la espalda con un oxidado cuchillo, de esos con que la víctima moría o desangrada por la herida o por la infección.

La soberana y La cubana habían partido de Tiquisio al mismo tiempo. Una, comandada por Licenio, y la otra, por Cumbele. Era la mañana del 21 de marzo de 1985 y la quebrada se hallaba menguada por seis meses de verano. La hélice del motor se atascaba en el lodo y era necesaria la palanca hasta alcanzar la parte profunda de la quebrada. Licenio constató que la palanca penetraba más de un metro y entonces encendió el motor. El rugido devoró el clarinete de Juan Piña y espantó una bandada de patos que salpicaron el cielo. Licenio elevó el volumen del pasacintas y tamborileó en el timón con las uñas. Las orillas se alejaron y en la margen izquierda, entre las matas de plátano, una hilera de pescadores se mostró por un instante detrás de un ataúd. Más adelante los gigantescos árboles de mango resollaban por el peso de los frutos y las garzas hundían su cabeza en el agua. Al abordar, Candelaria vio cuando a uno de los bandidos se le cayó un puñado de balas sobre el piso de la embarcación, pero no sospechó nada.

En cambio, le llamó la atención que Leonardo le tomara fotografías al paisaje. Ustedes son los de la brigada de salud, ¿verdad?, le preguntó a Manuela y así las dos se fueron metiendo en la conversación. Candelaria hablaba bellezas de La Ventura y de Tiquisio y se imaginaba en voz alta la cara de sorpresa que pondría su hermana al verla después de tantos meses de ausencia. Disfrutaba por adelantado de la alegría que sentiría al llegar a la casa de su hermana en el barrio Versalles, cuando abriera la puerta y la viera con su cabello largo bien peinado y su blusa de rayas azules y blancas y cuando recibiera los manojos de mijo que le llevaba de regalo y los mangos y las cuatro tortugas. Irían al teatro Manuel Ramón para ver alguna película. También se darían una escapadita a la discoteca Luna tres mil, donde se presentaba por esos días El binomio de oro. Al atardecer se sentarían en las mecedoras momposinas al frente de la casa, para disfrutar el viento refrescante. Llegaría antes del almuerzo y quizás alcanzaría a preparar jugo de mango. Mientras Candelaria disfrutaba conversando, Cumbele pasó a Licenio y luego Licenio adelantó a Cumbele.

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