A las ferias de Cali me voy a gozar: Especial de navidad

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“Vení a gozarte la feria” es el lema de la 62 Feria de Cali, hoy compartimos este especial de uno de los festivales de música más grandes de Colombia para hablar de literatura, de migración, de navidad y fusión, porque Cali es Cali y lo demás es loma.


 

 

 

Iniciamos este especial con música, porque de eso se trata la Feria de Cali, de salsa, sabor, de alegría a través de la música y sus intérpretes, de ahí que nuestra primera canción para este especial es Las caleñas son como las flores en la voz de Piper Pimienta y los Latin Brothers:

 

 

A la memoria del muerto

Hablar de ferias, de Cali y de música lleva a nombrar a Piper Pimienta, un caucano que sabía lo que a los caleños les gustaba, un hombre que sobrevivió a diferentes tragedias en su vida y que siempre a través de la voz y el baile le ponía el son a su existencia.

 

 

Cali es Cali…

Cali la “sucursal del cielo” el lugar que recibe y en el que uno se amaña por la calidez de la gente, por el baile, por la salsa, por el cholao de las canchas Panamericanas, las marranitas, los aborrajaos, el “pam” con gaseosa; el cine, la literatura, sus mujeres, sus hombres, la mechita y el Cali, en fin, quien vaya a Cali regresa, porque allá el calor se amortigua con una lulada y se olvida en la calle bailando salsa y tomando viche oís.

62 años cumple la Feria de Cali en el 2019. Más de sesenta años reuniendo artistas locales, nacionales e internacionales. Cada año hay una canción para la feria, les presentamos algunas de las que han sido himno de esta fiesta en diferentes fechas:


1958: Palo bonito, Lita Nelson

“¡Virgen de Altagracia, compañera mía! tú para tu casa y yo para la mía”


1960: Quiero amanecer, Pacho Galán

“Quiero amanecer… ay con mi negro bailando”


1971: Mi Cali bella, Billo’s Caracas Boys

“El que llega aquí se amaña”


1984: Cali pachanguero, El grupo niche

“Cali, luz de un nuevo cielo”


1994: Vivir lo nuestro, La India & Marc Anthony

“Volar sin miedo, como palomas libres, tan libres como el viento”


1999: Tu cariñito, Puerto Rican power

“Ando buscando por los siete mares, debajo de las piedras y en mil lugares”

La lista es larga, así que puede zambullirse en internet para encontrar esas canciones emblema de las ferias de Cali.

 

Del puente para allá está el cine

Pero no solo vamos a hablar del corazón de las ferias de Cali, también queremos hablar del contexto que rodea a Cali del cual uno de sus resultados es La Feria. En esta ciudad se consume cine y como en La cebra que habla buscamos Otras formas de mirarnos, recordamos a Carlos Mayolo, Luis Ospina y Andrés Caicedo, tres amigos, referentes del cine de autor y de la pasión por el séptimo arte.

En una entrevista para El Tiempo, decía Ramiro Arbeláez, docente de la Universidad del Valle:

“En Cali comenzamos a tener salas de cine estables y dedicadas con exclusividad al cine desde los años 30, ya que el fenómeno cinematográfico tardó años en estabilizarse. Las primeras aparecieron en el centro, pero a partir de los años 40 comenzaron a aparecer en los barrios. Esto posibilitó la formación de públicos distintos de acuerdo con las características de la sala, su ubicación geográfica y el entorno socio-económico del sector.”

 

Andrés Caicedo, fundador del Cine Club de Cali en el Teatro San Fernando en 1971 y responsable de la revista de crítica cinematográfica Ojo al Cine.

 

El primer largometraje de Luis Ospina, Pura Sangre (1982), es un homenaje al cine de vampiros que aprovecha para contar la historia del ‘monstruo de los mangones’, personaje real que aterrorizó la infancia caleña en los años sesenta.

 

El primer largo de Carlos Mayolo, Carne de tu carne (1983), cuenta una historia de terror familiar, de vampiros y zombies dedicado al director de cine polaco, Roman Polanski.

En la actualidad, hay una nueva ola de cinéfilos caleños que hacen un trabajo importante, hablamos de estos tres emblemáticos de “Caliwood” porque el fallecimiento reciente de Luis Ospina, el último que quedaba de este trío, nos evoca a la nostalgia y al reconocimiento de la onda cinéfila en Cali.

 

Oiga, mire, lea

Y de cine pasamos a literatura, nombramos nuevamente a Andrés Caicedo porque hace parte de esos escritores reconocidos en el terreno literario, una de sus obras más conocidas es ¡Que viva la música!

 

¡Que Viva la Música! es una novela de iniciación. Es la invitación a una fiesta sin fin, donde su protagonista dejará que el mundo baje hasta el pozo sin fondo de sus propios excesos. Pero con felicidad. Con absoluta dicha. Hay un pacto secreto con la muerte en esta danza de María del Carmen Huerta, la rubia protagonista de sus páginas. Pero es la muerte dulce de las celebraciones: el paisaje, los afectos, la noche, la niñez que huye, la adolescencia triunfal, el rock and roll, los Rolling Stones, la salsa, Ricardo Ray, Bobby Cruz, las drogas, Cali (o Kali, según la ortografía de la narradora)…

 

 

Otro escritor para destacar es Umberto Valverde “su obra literaria hace parte de un universo al que siempre ha sido fiel: el de su niñez y adolescencia en el Barrio Obrero de la ciudad de Cali, proyectado por toda la alegre y sufrida historia de esta ciudad…” Tomado de Centro Virtual Isaacs de Univalle

A él lo evocamos con la novela que le escribió a Celia Cruz:

 

La trama de esta novela evoca la salsa, como un ritmo tan universal y tan caribeño a la vez. A lo largo de las páginas de esta obra, se mencionan los nombres de algunos de los mayores exponentes de este género musical: Richie Ray, Lucho Bermúdez, Bienvenido Granda y por supuesto Celia Cruz, a quien se le dedica completamente la primera parte de la novela, con una biografía de la reina de la rumba. La segunda parte de la novela se compone de los recuerdos nostálgicos de un narrador anónimo que revive los momentos de su adolescencia vivida en Cali…

 

 

 

Dentro de este apartado dedicado a la literatura, resaltamos el festival que le da nombre a esta sección “Oiga, mire, lea” un festival internacional de literatura que lleva cinco años en la ciudad y el departamento, llevando autores locales, nacionales e internacionales a diferentes bibliotecas, liderado desde la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero.

El muerto al hoyo y el vivo al baile

Este especial, como todos los que hemos planteado en este espacio, es solo un abrebocas de las múltiples temáticas que un tópico encierra. Como estamos en navidad y la feria arranca desde hoy hasta el 30 de diciembre, los invitamos a visitar Cali, y si se queda en casa, los exhortamos a vivir en comunión con sus familias y vecinos, a disfrutar estas épocas en las que los humanos que creemos en el espíritu navideño tomamos una pausa para mirar al otro, desearle lo mejor y compartir una sonrisa.

Entonces, así las cosas, agarre su cuatrico compay y váyase a gozar nada más.

Y nos despedimos con lo que más nos gusta en La cebra que habla, las letras y equilibrando cargas, porque no todo es baile y carcajada, también hay momento para la nostalgia y las pesadumbres.

Les dejamos este poema de Arthur Rimbaud “El aguinaldo de los huerfanos”. En español y en su versión original, francés.

 

«… Fuera, el frío y el hambre y el hombre con su juerga:
¡pues, vale! una hora más; después males a miles…»

AR

«El Aguinaldo de los Huérfanos»

I

Habitación en sombra: vagamente
se oyen los murmullos
dulces y tristes de los niños.
Sus cabezas se vencen
abrumadas de sueño
bajo el dosel que tiembla y que se agita…
–Fuera, muertos de frío, los pájaros se apiñan,
y sus plumas se ahuecan bajo el gris de los cielos.
Año Nuevo, envuelto entre la bruma
y arrastrando los pliegues
de su nevada capa,
se sonríe entre lágrimas y canta estremecido…

II

Y mientras tanto, los pequeños
bajo el dosel flotante
hablan bajito, como si de una noche oscura
se tratara, y escuchan, a lo lejos
algo como un murmullo…
Y se estremecen por la clara voz de oro
del timbre matinal que lanza aún más alto
su estribillo metálico
bajo su orbe de cristal.
–El cuarto
está helado y, por el suelo,
esparcidas en torno de las camas
hay vestidos de luto. El cierzo áspero
del invierno, gimiendo
en el umbral, exhala por la casa
su aliento entristecido.

Se nota, en todo esto, que algo falta.
¿No hay una madre para los pequeños,
madre de sonrisa fresca
y triunfante mirada?
La noche, sola y amorosa,
se olvidó de arrancarle a la ceniza
una llama, avivarla,
y arroparles con su edredón de lana
antes de abandonarlos y gritarles: perdón.
¿Acaso no ha previsto el frío matinal
ni trabó bien la entrada contra el cierzo?
El sueño de una madre es una tibia alfombra,
el blando nido en que los niños
agazapados como pájaros entre el ramaje
duermen un sueño de visiones blancas…

Es éste un nido sin calor ni plumas,
en el que los pequeños pasan frío, no duermen
y tienen miedo;
un nido
tal vez helado por el amargo cierzo.

III

Ya vuestro corazón lo entiende todo:
ellos no tienen madre.
¡No hay una madre en casa y su padre está lejos!
Una criada vieja se ha ocupado
de los niños. Los pobres
están solos en una estancia helada,
huérfanos de cuatro años solamente,
y he aquí que despierta
en sus mentes un recuerdo alegre…
al igual que un rosario
que al rezar se desgrana:
–¡Qué mañana tan buena, la mañana
del aguinaldo! Cada uno
hubo soñado aquella noche
un sueño extraño con juguetes,
bombones revestidos
de oro, alhajas deslumbrantes;
corretear, bailar
una danza sonora y esconderse
después tras las cortinas y aparecer más tarde.

Despertaban temprano, mas felices,
con la boca hecha agua, frotándose los ojos…
Iban, con brillo en la mirada,
y aún enredados los cabellos
igual que un día festivo
con sus pies diminutos descalzos por el suelo,
a llamar a la puerta de los padres…
¡Entraban! Y después… ¡las felicitaciones,
los besos repetidos, en pijama,
y la alegría sin reservas!

IV

Qué maravilla esas palabras
por tantas veces pronunciadas.
Pero cómo ha cambiado la casa desde entonces:
un fuego crepitaba, vivo, en la chimenea,
e iluminaba todo el viejo cuarto;
y los reflejos rojos de la hoguera
se divertían al contornear
los muebles barnizados…
¡El armario no tenía llaves;
sin llaves, el armario inmenso!
A menudo, observaban
su puerta oscura y ocre…
¡Sin llaves!… ¡Era extraño! Tantas veces
habrían de soñar con los misterios
que habitaban sus flancos de madera,
y creían oír, tras de la cerradura
abierta, un vago ruido,
un lejano susurro…
–Qué vacío está hoy el dormitorio
de los padres. Ningún reflejo rojo
brilla bajo la puerta;
ya no hay padres, ni fuego o llave alguna.
Al irse, ya no hay besos ni sorpresas.
Qué triste será el día de Año Nuevo
para estos niños, mientras de sus ojos
azules, cae, silenciosa,
una lágrima amarga,
y un murmullo se oye: «¿para cuándo
volverá nuestra madre?».

V

Duermen ahora los pequeños
tristemente. Diríais, al mirarlos,
que lloran al dormir, por su penosa
respiración y sus hinchados ojos.
¡Los pequeños tienen un alma tan sensible!
–Sin embargo, el ángel de las cunas
llega a enjugar sus ojos, y desliza
un sueño alegre entre sus pesadillas,
un sueño tan alegre que sus labios
se entreabren, y ríen
(parece que susurran).
–Sueñan cómo, inclinándose en sus brazos
contorneados, con el dulce
gesto del sueño, alzan
la frente, y su mirada
vaga a su alrededor…
Creen estar en un rosado paraíso…
En el lar, rebosante de destellos,
canta el fuego feliz… por la ventana,
a lo lejos, renace un cielo azul,
y la naturaleza se despierta
y se embriaga de luz…
Y la tierra, feliz por revivir,
semidesnuda, tiembla de alegría
por los besos del sol.
En la maltrecha casa todo es tibio y rojizo:
ya la ropa sombría no reviste
el suelo de la estancia
y, en el umbral, el cierzo
ha amainado por fin… ¡Como si un hada
tuviera algo que ver con todo esto!
–Los niños, jubilosos, dan un grito…
Allí, junto a la cama de su madre,
bajo un hermoso rayo color rosa,
sobre la alfombra, algo resplandece…
son medallones plateados, blancos
y negros, cuyo reflejo titilante
es de nácar y jade;
pequeñas orlas negras, diademas
de cristal, con tan sólo tres palabras
cinceladas en oro:
«a Nuestra Madre».

***

Arthur Rimbaud

Primera poesía escrita por Rimbaud, aparece en la Revista «Revue pour tous», en enero de 1870.

Poema original en francés:

«Les étrennes des orphelins»

I

La chambre est pleine d’ombre ; on entend vaguement
De deux enfants le triste et doux chuchotement.
Leur front se penche, encore alourdi par le rêve,
Sous le long rideau blanc qui tremble et se soulève…
– Au dehors les oiseaux se rapprochent frileux ;
Leur aile s’engourdit sous le ton gris des cieux ;
Et la nouvelle Année, à la suite brumeuse,
Laissant traîner les plis de sa robe neigeuse,
Sourit avec des pleurs, et chante en grelottant…

II

Or les petits enfants, sous le rideau flottant,
Parlent bas comme on fait dans une nuit obscure.
Ils écoutent, pensifs, comme un lointain murmure…
Ils tressaillent souvent à la claire voix d’or
Du timbre matinal, qui frappe et frappe encor
Son refrain métallique en son globe de verre…
– Puis, la chambre est glacée… on voit traîner à terre,
Épars autour des lits, des vêtements de deuil
L’âpre bise d’hiver qui se lamente au seuil
Souffle dans le logis son haleine morose !
On sent, dans tout cela, qu’il manque quelque chose…
– Il n’est donc point de mère à ces petits enfants,
De mère au frais sourire, aux regards triomphants ?
Elle a donc oublié, le soir, seule et penchée,
D’exciter une flamme à la cendre arrachée,
D’amonceler sur eux la laine et l’édredon
Avant de les quitter en leur criant : pardon.
Elle n’a point prévu la froideur matinale,
Ni bien fermé le seuil à la bise hivernale ?…
– Le rêve maternel, c’est le tiède tapis,
C’est le nid cotonneux où les enfants tapis,
Comme de beaux oiseaux que balancent les branches,
Dorment leur doux sommeil plein de visions blanches !…
– Et là, – c’est comme un nid sans plumes, sans chaleur,
Où les petits ont froid, ne dorment pas, ont peur ;
Un nid que doit avoir glacé la bise amère…

III

Votre coeur l’a compris : – ces enfants sont sans mère.
Plus de mère au logis ! – et le père est bien loin !…
– Une vieille servante, alors, en a pris soin.
Les petits sont tout seuls en la maison glacée ;
Orphelins de quatre ans, voilà qu’en leur pensée
S’éveille, par degrés, un souvenir riant…
C’est comme un chapelet qu’on égrène en priant :
– Ah ! quel beau matin, que ce matin des étrennes !
Chacun, pendant la nuit, avait rêvé des siennes
Dans quelque songe étrange où l’on voyait joujoux,
Bonbons habillés d’or, étincelants bijoux,
Tourbillonner, danser une danse sonore,
Puis fuir sous les rideaux, puis reparaître encore !
On s’éveillait matin, on se levait joyeux,
La lèvre affriandée, en se frottant les yeux…
On allait, les cheveux emmêlés sur la tête,
Les yeux tout rayonnants, comme aux grands jours de fête,
Et les petits pieds nus effleurant le plancher,
Aux portes des parents tout doucement toucher…
On entrait !… Puis alors les souhaits… en chemise,
Les baisers répétés, et la gaîté permise !

IV

Ah ! c’était si charmant, ces mots dits tant de fois !
– Mais comme il est changé, le logis d’autrefois :
Un grand feu pétillait, clair, dans la cheminée,
Toute la vieille chambre était illuminée ;
Et les reflets vermeils, sortis du grand foyer,
Sur les meubles vernis aimaient à tournoyer…
– L’armoire était sans clefs !… sans clefs, la grande armoire !
On regardait souvent sa porte brune et noire…
Sans clefs !… c’était étrange !… on rêvait bien des fois
Aux mystères dormant entre ses flancs de bois,
Et l’on croyait ouïr, au fond de la serrure
Béante, un bruit lointain, vague et joyeux murmure…
– La chambre des parents est bien vide, aujourd’hui
Aucun reflet vermeil sous la porte n’a lui ;
Il n’est point de parents, de foyer, de clefs prises :
Partant, point de baisers, point de douces surprises !
Oh ! que le jour de l’an sera triste pour eux !
– Et, tout pensifs, tandis que de leurs grands yeux bleus,
Silencieusement tombe une larme amère,
Ils murmurent : » Quand donc reviendra notre mère ? »

V

Maintenant, les petits sommeillent tristement :
Vous diriez, à les voir, qu’ils pleurent en dormant,
Tant leurs yeux sont gonflés et leur souffle pénible !
Les tout petits enfants ont le coeur si sensible !
– Mais l’ange des berceaux vient essuyer leurs yeux,
Et dans ce lourd sommeil met un rêve joyeux,
Un rêve si joyeux, que leur lèvre mi-close,
Souriante, semblait murmurer quelque chose…
– Ils rêvent que, penchés sur leur petit bras rond,
Doux geste du réveil, ils avancent le front,
Et leur vague regard tout autour d’eux se pose…
Ils se croient endormis dans un paradis rose…
Au foyer plein d’éclairs chante gaîment le feu…
Par la fenêtre on voit là-bas un beau ciel bleu ;
La nature s’éveille et de rayons s’enivre…
La terre, demi-nue, heureuse de revivre,
A des frissons de joie aux baisers du soleil…
Et dans le vieux logis tout est tiède et vermeil
Les sombres vêtements ne jonchent plus la terre,
La bise sous le seuil a fini par se taire …
On dirait qu’une fée a passé dans cela ! …
– Les enfants, tout joyeux, ont jeté deux cris… Là,
Près du lit maternel, sous un beau rayon rose,
Là, sur le grand tapis, resplendit quelque chose…
Ce sont des médaillons argentés, noirs et blancs,
De la nacre et du jais aux reflets scintillants ;
Des petits cadres noirs, des couronnes de verre,
Ayant trois mots gravés en or:
«a Notre Mére»

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