¡Adiós vida!

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¿Por qué vale tan poco la vida del otro? No importa si es la de ella, la del campesino, la del escolar, la del afro, la del indio. La vida del hijo de vecino poco vale.

¡Adiós vida!, que te vemos pasar y asumir que te quedas con nosotros y que entre nosotros harás tu espacio. Pero no, resulta que no en todos lados eres bienvenida.

Te asechan en Siria, te disparan en Palestina, te desaparecen en México, te ahogas en el Mediterráneo. Te roban en las calles de Caracas. Y hay una y mil maneras de sacarte de circulación.

¡Adiós vida! gritan los corazones de las madres y padres desconsolados porque sus hijos no vuelven a casa en Colombia. Porque camino a casa, camino a la escuela, en la esquina del barrio, sin necesidad de preámbulos, pasa la muerte y te arrebata.

La muerte entra y sale. La muerte será siempre esa presencia inexplicable (y hay que reconocer, en la mayoría de los casos, indeseable), que sabemos que un día sin necesidad de previo aviso, vendrá por cada uno de nosotros.

Pero así no. No así. No con este desparpajo y esta altanería. No así por culpa de los bobos con suerte. No así camuflada de eufemismos, disfrazada de mentiras. No así. No queremos más despedidas a la fuerza. Esos adioses sin derecho a despedida. Esas masacres ocurridas por el simple hecho de haber nacido en una geografía llamada Colombia. No. ¡Basta ya! No más narcos ni paramilitares ni bandas criminales ni disidencias de guerrilla. No más señores de la guerra paseándose por las veredas, y recordándonos que las matanzas son parte del paisaje.

La aritmética no sabe de nombres ni de destinos. Pero sí de cifras: 3 masacres en 24 horas. 36 masacres en 8 meses. 93 masacres en 20 meses. La muerte en Colombia no es natural. La muerte en Colombia es cruel, es violenta. La muerte en Colombia le hace trampas a la vida.

Y desde el solio de Bolivar, la incapacidad y la indolencia saludan a los sobrevivientes, a los dolientes, con una sonrisa oculta tras el tapabocas de la impunidad. Agitan la mano gritando ¡Adiós vida! mientras los deudos imploran que en su lugar venga a visitarlos la decencia y la humanidad.

Ellos, yo, ese de allá. Todos sabemos que la muerte llegará. Y cuando llegue que sea una muerte honrada, digna, esperanzadora. Una que nos conceda derecho a despedirnos y que no nos arranque del paisaje con esta sevicia.

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