Adrián Osorio, fundador de la “Roma” en Pereira: una casa tomada por los libros.

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Y  un día el espíritu de los libros empezó a tomarse, una  tras otra, las habitaciones de la casa: la sala de recibo, las alcobas, el comedor y los corredores.
Fue tanta la presión de ese montón de tomos  que un recordado árbol de guayaba que presidía el solar fue talado  en busca de más espacio.


Fotografías: Diego Val.  

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Esas obras maestras ignoradas

El escritor colombiano Gustavo Arango, profesor de la Universidad de Oneonta en Estados Unidos, recuerda con gratitud que una tarde de agosto, luego de participar como ponente en el Encuentro Nacional de Periodistas y Críticos de Cine, entró a curiosear  en las estanterías de la Librería Roma en el centro de Pereira y se tropezó con uno de  esos autores por completo ignorados que al final resultan ser auténticas joyas.

 

Se trataba de Humberto Rodríguez Espinosa, autor de una inquietante novela titulada El Laberinto, publicada por Seix Barral  dentro de la colección Nueva Narrativa Hispánica. La revelación fue el detonante de una larga pesquisa que llevó a Arango a entrevistar  a ese olvidado escritor en su apartamento de Bogotá.

 

La Roma, como se le conoce entre sus asiduos, es fuente constante de consulta para autores que llegan a la  capital de Risaralda en plan académico y no pueden sustraerse a la tentación de perderse en sus pasillos  hasta descubrir el brillo imprevisto de un título prometedor o la cubierta de un texto buscado durante años.

Autores como William Ospina, críticos como Luis Fernando Afanador o investigadores de la talla de Mariluz Vallejo han  salido de la librería con uno que otro tesoro bajo el brazo.

 

El responsable de todo eso es Adrián Osorio, un manizaleño que llegó a Pereira en 1995  en busca de fortuna y  acabó fundando una de las librerías de segunda mano  más reconocidas en el Eje Cafetero.

 

“Nací en una vereda de Manizales llamada  El Aventino y mi madre, que odiaba el campo, nos empujó a vivir en la capital. Quería que sus cuatro hijos siguiéramos  un camino distinto  al de nuestro padre, que si tenía alma de campesino. Así que desde los trece años empecé a trabajar como mensajero de un puesto de libros ubicado en la carrera veintitrés con calle veinticuatro.

 

En esa esquina se armaban grandes tertulias en las que se discutía sobre política y economía, pero sobre todo de autores locales, regionales y nacionales. Como siempre me  apasionaron los datos históricos empecé a enterarme de muchas cosas que me sirvieron bastante cuando  decidí   meterme de lleno en el mundo de los libros de segunda”.

Como tantos mensajeros de la época, Adrián realizaba su trabajo pedaleando una vieja bicicleta. Esa  rutina lo convertiría después  en ciclista de competencia que incluso llegó a representar  a la liga departamental en torneos regionales.

De  esos días heredó una austeridad que hasta hoy lo ha mantenido alejado del alcohol y el tabaco, dos hábitos frecuentes  en el mundo de la bohemia que suele acompañar- o al menos eso dice el estereotipo- a lectores y escritores.

Es decir, el mundo en que se mueve Adrián.

 

 

“Antes de radicarme de manera definitiva en Pereira, ya había realizado varios viajes en bicicleta  desde Manizales. Eso  era para mí un entrenamiento. Pero las visitas también  me habían permitido acercarme a una mirada en perspectiva  de las posibilidades que ofrecía la ciudad para el mercado del libro usado.

A diferencia de Manizales, que andaba sumida en una gran depresión económica, la capital de Risaralda vivía una especie de bonanza a la que no era ajeno el mundo del libro. Después de vivir una experiencia agridulce vendiendo libros en el Chocó, decidí asentarme en la ciudad y alquilé  en principio un local en esta casa donde alguna vez funcionó una sala de belleza.

 

Yo  contaba además con las enseñanzas recibidas durante mi trabajo en la Librería Palabras. Así que empecé con dos mil libros,  la mayoría de ellos  títulos escolares, además de una que otra novela. La respuesta de la gente fue tan buena que en muy poco tiempo el espacio se quedó corto y me tocó alquilar la casa entera.

Después de una dura negociación con la dueña, les pidió  la casa a los sastres que la ocupaban. El resto es historia conocida. Tenía razón el profesor  Jaime Ochoa cuando en una de  sus visitas a Manizales le compartí  mí proyecto  y sin dudarlo un instante me dijo que en Pereira estaba la oportunidad”.

 

Para hacerse a una idea del camino recorrido por la Librería Roma basta decir que en sus anaqueles reposan, en medio de un caos ordenado, alrededor de doscientos mil ejemplares que abarcan todos los géneros y materias. De sus estantes han salido libros  hacia países como Israel, Alemania, Estados Unidos, Rusia y Australia. Y un dato especial: los parientes de pereiranos presos  en cárceles de China, Japón y algunos países de África suelen comprar novelas para   que sus familiares acompañen sus largos días de agonía en las antípodas.

 

“Pero no es solo eso. Aquí han llegado ejemplares muy importantes que al final terminan en manos de coleccionistas. Podemos citar un libro religioso  editado en 1673 que fue vendido en la feria de  Bogotá. También  una biblia anglosajona de 1878  o el último libro editado antes de la revolución cubana por el gobierno de Fulgencio Batista en 1954”.

 

Pero el mayor orgullo de Adrián Osorio es un hijo de la tierra: el diario personal de don Emilio Correa Uribe, decano del periodismo en la región. En sus páginas uno puede seguir  los pasos de los visitantes ilustres de la ciudad durante cuatro décadas. Allí aparecen fotografías, firmas, ilustraciones y mensajes de gratitud escritos  por artistas, músicos, políticos, intelectuales y deportistas nacionales y extranjeros  que pasaron por Pereira. El diario se salvó por un pelo de haber terminado en la basura, pues llegó a la Roma en unas cajas destinadas al reciclaje.

Un azar afortunado hizo que Adrián escarbara entre los papeles y se encontrara con esa maravilla entre las manos.

Varias circunstancias contribuyeron a la prosperidad de este librero padre de tres hijos, amante de las frutas, y admirador de la música  de Los Graduados y  de las canciones del venezolano Pastor López. Entre ellas destacan su agudeza para identificar a vista de pájaro lo que la gente anda buscando.

El segundo factor se ubica en las sucesivas crisis  económicas que llevaron  a  muchas familias  a prescindir de sus bibliotecas y a  otras a recurrir a las librerías de viejo para suplir  las necesidades escolares de sus integrantes.

Aunque también debemos mencionar otros factores:  

 

Los patriarcas devotos de los libros que le dejaron en herencia enormes  y bien todas bibliotecas a una descendencia  para nada interesada en la lectura.

A eso se suman las  parejas en trance de separación.

O el simple  trasteo de una vivienda grande a un apartamento pequeño.

O  un viaje al extranjero.

En cualquiera de los casos nadie quiere quedarse con los libros.

Y allí siempre ha estado Adrián para sacarlos del problema. Mediante lo que él llama una negociación razonable se ha hecho con colecciones en las que, de vez en cuando, aparece un incunable o  un documento  invaluable  como los mencionados más atrás.

 

A modo de  bazar

“En la librería el visitante encuentra de todo: obras maestras, libros de consulta, textos de estudio, obras de autosuperación, vidas de santos, vidas de herejes, viejas cartillas escolares, enciclopedias, monografías, libros técnicos, revistas. Mejor dicho, lo que necesite todo aquél que tenga alguna clase de inquietud relacionada con la lectura. Y   todo a  precios que están al alcance de los bolsillos más modestos”.

Adrián habla rápido, porque siempre está a punto de salir en busca de una colección. No por casualidad tuvo  que crear una pequeña y efectiva flotilla de transportes para recoger y distribuir libros en distintos lugares de la región.

“Pero no solo se trata de vender y comprar  libros. Para mí  es muy  importante aportar a las actividades culturales de la región y el país. Por eso realizamos tertulias con los autores que llegan como invitados a Pereira. Por aquí han pasado William Ospina y Héctor Abad Faciolince. También hacemos presencia en la Feria Internacional del Libro de Bogotá y en otras de  carácter regional.

 

No contentos con eso, en la actualidad ejecutamos un convenio llamado Librotones, del que forma parte la librería, en conjunto con la gobernación y Comfamiliar Risaralda.  A través de esa propuesta llegamos a cincuenta y dos veredas y corregimientos de Risaralda. La idea es desarrollar acciones de promoción de lectura y dejar plantada la semilla de una biblioteca rural.

Para esto último La Roma aporta trescientos libros por cada biblioteca. De esa manera contribuimos a mejorar las condiciones de vida de quienes habitan en lugares apartados.”

 

Casa tomada

 

Al principio, quienes transitaban cada día por la calle veintiuno entre carreras quinta y sexta de Pereira veían sin mucho interés unas vitrinas  en  las que destacaban  los títulos de libros y cartillas escolares: el Álgebra de Baldor, los principios de geometría, la geografía de Colombia  y Lecciones de Historia. Entre unos y otros se encontraban El vendedor más grande  del mundo, Cómo ganar amigos e influir en las personas  y otras fórmulas parecidas.

Y  un día el espíritu de los libros empezó a tomarse, una  tras otra, las habitaciones de la casa: la sala de recibo, las alcobas, el comedor y los corredores.  Fue tanta la presión de ese montón de tomos  que un recordado árbol de guayaba que presidía el solar fue talado  en busca de más espacio.

 

Además, se necesitaba un lugar para emprender una tarea inaplazable: la restauración de libros. De tanto circular de mano en mano, o luego de muchas décadas de permanecer en los anaqueles a merced del polvo esos viejos venerables precisan de asistencia clínica. Un par de manos amorosas y una mezcla de materiales adecuados los devuelven a la vida.

Don Héctor Duque es  el experto encargado   de esa parte.

 

Buenos cómplices.

“Pequeñas sociedades” llaman en el lenguaje del fútbol a esas complicidades en las  que un jugador se encarga de  tejer los pases y otro convierte los goles. En el caso de la Librería Roma esa pareja la conformaban hasta hace unas semanas Adrián y su hermano Pablo. Licenciado en Español y Literatura, este último ha desarrollado  la facultad de atender a varios clientes  a la vez y responder  a las inquietudes de todos.

 

Una señora entrada en los setenta pregunta por el más reciente libro de Pablo Coelho. Un hombre flaco de rostro avinagrado inquiere por un tratado de ocultismo. Una jovencita llena de tatuajes busca un libro de cuentos de Andrés Caicedo y una dama  de lentes oscuros persigue un ejemplar del último premio Nobel de literatura. Lector  minucioso, Pablo calibra cada una de las necesidades y al final responde, diplomático, que si  no está  se le consigue. De esta parte del trabajo se encargará Adrián con  la paciencia de un frecuentador de guacas. Después de todo su oficio tiene mucho que ver con la arqueología.

 

“Pablo decidió irse a buscar otros rumbos. Pero debo reconocer que yo puedo hacer  todas las gestiones externas pero era  él   quien orientaba al equipo de personas que atienden la librería. Mi hermano escucha el nombre de un autor y de inmediato piensa en el género: poesía, novela, cuento, ensayo, historia, biología, técnica. Tiene una especie de radar en la cabeza que le permite identificar el campo exacto donde se ubican las necesidades de los clientes.”.

 

Oficio de difuntos

Adrián Osorio cultiva una pasión secreta. Cuando le queda tiempo se consagra a  pasar las páginas de los libros con una curiosidad afinada a lo largo de los años. Un día  sí y otro también los prodigios saltan ante sus ojos: la  fotografía de un matrimonio celebrado en tiempos de la segunda guerra mundial; la postal remitida desde Estocolmo por un ingeniero devastado por la nostalgia; el telegrama enamorado de un muchacho que se fue a probar suerte  al otro lado del mundo; un carnet para ejercer la prostitución fechado en 1936; cartas de suicidas; promesas de amor eterno escritas con sangre en una servilleta; los pétalos disecados de una flor cortada hace medio siglo y hasta mechones de pelo conservados como prueba de un amor que se desvaneció en el olvido.

 

Dedicado a esa cacería de reliquias, se olvida por unos momentos de sus afanes diarios y se convence de que los libros tienen también otras vidas que van mucho más allá de lo escrito en sus páginas.

 

 

Conoce librerías de viejo en Perú:

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