Agarrar al toro por las güevas

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A propósito del cuento Un plano americano, de Albalucía Ángel. Al final, el cuento referido.

Por, Camilo Betancur – Ilustraciones, Stella Maris. Publicado en lacoladerata.co

El sometimiento de la vida es una constante que experimentamos, presenciamos y ejercemos de muchas formas distintas: recibimos órdenes en la infancia, comemos carne sin nada de pudor, nos adscribimos a esquemas patriarcales, nos quedamos en silencio contemplando la injusticia.

Muchas de estas formas de violencia se barren y se esconden en lo más recóndito de la casa, donde aguardan a que el día de la mudanza las exponga. Otras no esperan de manera pasiva y, como la mancha de sangre de Lady Macbeth, dejan su rastro por todo el lugar; germinan en las sombras, se multiplican y se apoderan del piso, los muebles, las sartenes; se dispersan poco a poco cubriendo cada centímetro que haya por cubrir, permean la vida de quienes las perpetran, pero también la de quienes la sufren.

Se nos ha dicho que la vida no humana está ahí para nuestro dominio, para satisfacer nuestras necesidades y deseos. Lo mismo se ha dicho sobre la vida humana que se considera de menor grado, en una escala inferior a la norma. Los ejemplos de esto abundan y, lejos de ser unidades discretas, comparten características y mecanismos. Podemos pensar en multiplicidad de sistemas culturales que configuran Otros deleznables: racismo, clasismo, zoofagia; xenofobia, colonialidad, patriarcalidad.

A ningún toro lo matan por sus güevas, pero igual se las comen. Lo mismo pasa con su verga, también llamada viril, que miles de ingenuos devoran a la expectativa de que les transfiera su fuerza, su voluptuosidad, su potencia sexual. Es decir, su virilidad: la masculinidad misma.

Pero sucede que la masculinidad hegemónica se asemeja, por su fragilidad, más a las güevas que a la verga. Pegarle en las güevas al toro es agredir al espejo. Es un intento de humillar al animal despojándolo de su presunta virilidad. Algunos muchachos golpean los testículos del toro buscando cabrearlo; en este acto su propia fragilidad los interpela, pues buscan herir sus testículos para reclamar la virilidad proyectada como propia.

Esta es la herida que el orden patriarcal inscribe en los cuerpos masculinizados, herida que se intenta ocultar mediante la instauración del poder físico, de la fuerza bruta; herida que se profundiza mediante estos mismos mecanismos.

La vida se resiste a toda forma de dominación. Los andenes sucumben ante los tréboles; el toro perece ante la angustia del patriarca impotente, mientras que Manuelerre, ungido de su propia sangre, aprende que golpear las güevas del toro es golpear las güevas propias. Y comerse todas las vergas del mundo no lo cambiará.

UN PLANO AMERICANO

[texto en ¡Oh gloria inmarcesible!, de Albalucía Ángel, 1979]

A Roberto Triana

Párame aquí, le dije, y me puse a filmar la escena con la Canon. Los dos hombres sudaban como bestias tratando de menearlo con la soga y tirándole el rejo por los cuernos, pero el torete no cedía. Bufaba y enterraba los cachos en una estaca de guadua, ah jijuemadre decía uno y yo enfoqué la toma en zoom directo a los guaduales que se veían muy bonitos con ese sol de los venados dándoles de puro frente y el río medio seco con las piedras enormes parecía una postal me va a quedar como de festival carajo y entonces se me ocurrió el picado desde arriba y caminé hasta el puente.

La vieja salió blandiendo escoba de rama y gruñendo se está enfriando el sancocho pero ninguno le hizo caso y los muchachos haciéndole recocha alrededor del toro dale en las güevas decía el uno que va si este es berriondo nos va a sacar la gota gorda mové esa soga y así seguían la brega tirándole más lazos para tratar de arrequintarlo mejor contra la estaca.

Un perrito canchoso con orejas mordidas se le tiró a las patas y el animal enfurecido dando cuerno a dos manos hasta que el hombre más canijo lo espantó de un planazo no me abucheen los perros cagoncitos les gritó a los muchachos que armaban la algazara y aproveché para tomar un plano americano cerrando lento sobre el cuello donde caían las gotas gordas luego el pañuelo raboegallo después close-up de manos luego el lazo. Nos va a poder el malparido qué es la vaina refunfuñó el más jovencito que templaba la soga y en el esfuerzo se iba poniendo colorado retinto y las alpargatas se resbalaban en las piedras. Bien pueda jale duro no lo soltés vergajo y creo que fue un acierto como nunca porque cuando gritó no lo soltés vergajo yo estaba listo en tele derecho hacia los cuernos que comenzaron a estrellarse contra la estaca de guadua y la vieja que quihubo se te olvidó menear un toro Manuelerre que comenzó a tirar con toda el alma y yo seguí en paneo porque sentí que era el momento.

Lo mejor del montaje es la escena de la vieja me aseguró Roberto que estaba entusiasmado con el greñero blanco que no perdí de vista ni un minuto pues parecía la danza de la medusa a veces esfumada porque me salía de foco lo que le daba más pigmentación a la película buen grano y al fin la escoba reboleando como un molino loco y el testuz embistiendo un ritmo del carajo y de nuevo las greñas de la vieja que trató de atajarlo mientras que lo azuzaba dando gritos agudos terribles desgarrados y el hombrecito haciendo talanquera como un desesperado pasando el lazo por entre el medio de las guaduas hasta que al fin lo sometió y lo dejó seco con el testuz metido entre las patas pues se doblaron de una vez las cuatro juntas y un primer plano de la mano clavando la puntilla cinco seis siete veces hasta que alguno gritó basta pero él seguía golpeando mientras decía cabrón cabrón cabrón y yo no quise hacer sino una toma de Manuelerre con la pluma de sangre que le salía del cuello pues fue a la yugular donde el verraco toro mandó el cuerno.

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