Apariencias

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La noción de la oposición parece ser natural en nuestra manera de percibir el mundo. Estamos acostumbrados a definir contrarios desde conceptos tangibles, como el blanco y el negro, a intangibles, como el amor y el odio.


Texto por: Gustavo Adolfo Osorio López

 

Lo más curioso de la fachada de cualquier construcción es que nunca se parece a sus adentros. La relación que existe entre los objetos que decoran los interiores con esa de los que adornan los exteriores es difícil de distinguir. La única conexión entre la apariencia externa y la interna yace en las puertas y las ventanas, espacios mínimos que tras un solo paso o una sola mirada nos proyectan a otro lugar; y sin embargo, siempre guardamos  expectativas frente a lo que podríamos o no encontrar dentro de ellos.

Hemos aprendido a crear relaciones implícitas entre lo externo y lo interno, muchas de estas desarrolladas a la par con nuestro sentido estético. Nos fiamos de un sentido primario, un juicio que no es otro que el de relacionar lo bueno a lo bello y lo malo a lo feo. Idea heredada en gran medida de la lógica griega y después alimentada por la religión descendiente de Cristo.

El legado transmitido por Platón aún es evidente, aunque guarda las dimensiones del cambio. Las ideas de la proporción y la armonía como características de lo bello, y en su contraparte como características de lo feo, habitan todas las esferas de nuestra vida. Son parte de un herencia social que nos ayuda a ejercer criterios sobre cada uno de nuestros sentidos, y la literatura como expresión de estos se ha acercado también a estás concepciones.

En Dr. Jekyll y Mr. Hyde como en Memorias de subsuelo hay dos claros ejemplos de las relaciones entre apariencia y ser. La noción de la oposición parece ser natural en nuestra manera de percibir el mundo. Estamos acostumbrados a definir contrarios desde conceptos tangibles, como el blanco y el negro, a intangibles, como el amor y el odio.

Quiero encaminar, entonces, esta idea que ya nos es familiar y llevarla hasta el Doppelgangers o “el doble que camina a tu lado”, lo  que significa primero reconocer un mundo por fuera de la persona, y segundo uno que constituye a la persona misma. Por eso son importantes las obras mencionadas con anterioridad, porque permiten ahondar sobre ambas nociones. Se trata de reconocer las dualidades presentes por fuera de la persona misma y las dualidades de la personalidad para en concreto llegar a comprender que lo externo es gran medida metáfora de lo interno.

El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde es un libro conocido, pero vale la pena hacer énfasis en ciertos aspectos, recordar además que es esencialmente la historia un burgués con conocimientos en química que ejecuta un proceso de alquimia que deriva en dos seres que viven en oposición tanto por su físico como por su actuar. Jekyll es un hombre alto y de rostro impecable, de ánimo alegre y la mayoría de las veces festivo; mientras que Hyde es bajo, de piel rugosa, callado y poco sociable.

En cuanto Memorias de subsuelo su personaje principal es un ser en camino a ser huraño, aunque no osa admitirlo en totalidad, sufre de una gran decadencia por su condición económica y sus odios reprimidos derivados de las etiquetas sociales. Las relaciones entre los personajes de ambas obras por sí mismos no son dicientes, y muchas veces poco fáciles de discernir. Sin embargo, una vez se hace una apertura sobre los espacios que habitan, si es posible hablar de similitudes marcadas.

Ya había mencionado antes que los juicios estéticos son heredados, y corresponden a nociones culturales. En el caso de estas dos obras hay una influencia marcada de lo gótico y del realismo, así como del advenimiento industrial y las nuevas visiones de ciudad. La construcción de los entornos no olvida a la de los individuos.

La plenitud de las relaciones de la ciudad y los personajes está en las correspondencias de sentido entre las descripciones de un hogar y la actitud de una mucama, el color de la fachada de un edificio y la apariencia de un dueño, las paredes mohosas y las ropas desgarradas, cada espacio habitable es también una expresión de un ser que le habita.

A pesar de que mi parecer no sea el de poner ideas en la mente de los autores, estas formas de asociación entre el desarrollo estructural de la ciudad y el de los personajes tiene obediencia con el sentido estético y moral de lo feo y lo bello. Por ejemplo, uno de los momentos célebres de Memorias del Subsuelo es el discurso sobre la decadencia humana al que se entrega una mujer por prostituirse.

En este, el personaje principal hace una asociación de la decadencia de la mujer y los lugares en los cuales se prostituye, entre más agotado y desgastado sea su semblante, peor serán las camas, las paredes y los clientes. Le explica a Lisa, prostituta con la cual se ha acostado, que la belleza irá cediendo con el tiempo, así también llegarán las enfermedades, y la decadencia del cuerpo significará la de los lugares, pasará de casa en casa, todas peor que la anterior hasta llegar a la Plaza de Heno, lugar donde el día anterior han sacado una prostituta muerta por la sífilis y los golpes de los hombres.

Otro monólogo importante es el de Jekyll al final del libro de Robert Louis Stevenson, en este confiesa varias de las razones que le llevaron a la creación de Hyde y los sucesos subsecuentes a esto, uno de los cuales es la escogencia de un lugar para que su contraparte pudiera habitar la ciudad sin crear revuelo en su propio hogar. Soho fue el lugar seleccionado, una zona de la ciudad de Londres de no más de 2 kilómetros cuadrados que para la época era lugar para prostitutas y juegos de azar.

No hace falta decir que la inmediaciones eran por tanto poco gratas, y la mayoría de las veces en el libro se describen como oscuras y poco agradables. Pero este no es el único lugar en que Hyde es relegado a un espacio cuestionable. Al inicio del libro Utterson y Enfield tienen una discusión sobre la naturaleza de Hyde, entre las cuales resalta el hecho de que las únicas veces que lo han visto entrar o salir de un lugar haya sido por la puerta de la bodega (Cellar door) en el callejón.

La contraparte de estas percepciones está, por ejemplo, en la casa de Jekyll, única de la cuadra que todavía conserva aires de gran lugar, mientras que las demás demuestran rasgos evidentes de decadencia. Por otra parte, en el libro de Dostoievski se puede notar que las vestimentas de los hombres están relacionadas de igual manera con los lugares que habitan. Uno de los ejemplos más claros es la cena en honor a Zverkov, la preocupación principal del narrador no está en el precio de su participación, sino en que su ropa no devele la condición económica de la cual sufre.

La etiqueta social nace a raíz de las nociones estéticas. Es claro que las relaciones de bien y mal no corresponden a la naturaleza del ser sino a la apariencia del mismo. Un crimen por tanto, sólo puede ser cometido por un arrabalero o por alguien que en su semblante tenga “la firma del diablo” como le dice Utterson a Jekyll al hablar de Hyde. Quizá no de manera explícita se pueda hablar de estas influencias como un Doppelganger, pero es mi parecer que son esas herencias culturales las que permiten deformar la realidad de esta manera y no de otra.

En un sentido literal no son muestra del concepto alemán, hay que acudir a un sentido metafórico para hacer una asociación, pero esto no quiere decir que el concepto en su definición explícita no exista. Es decir, hay un “otro” que nos habita en la medida de que estamos permeados por la cultura de la cual hacemos parte, pero también lo hay cuando existe una presencia diferente a la nuestra que habita espacios y nos reconocemos de alguna manera en ellos, aún sin nuestra presencia.

Esta idea de que hay algo o alguien que siempre nos está acechando, no es única del libro de Stevenson, se puede encontrar en muchos otros como Frankenstein, El Vizconde Demediado, El hombre duplicado, William Wilson, El hombre que perdió su sombra, El inquilino y en otros libros de autores y épocas variadas. En todos, además, se puede hacer perceptible la idea de un ser físico que angustia la presencia y la existencia de otro.

Para Jekyll es Hyde, para el personaje de principal de Memorias del subsuelo son los muchos seres que pueden develar su condición de miseria, como lo hizo Liza al visitarlo. Su Doppelganger es diferente al de los demás, para él no es una sola persona la que le intranquiliza, son todos aquellos que pueden dotarse de superioridad ante él.

Lo cierto es que todo lector puede encontrar mucho más de lo aquí dicho, la estética del crimen, podría ser otro de los argumentos a explorar, y uno que también me ha llamado la atención en el caso de Hyde, puesto que no solo se trata de un asesinato sino de uno de especial brutalidad, comparado con el de un simio, quizá un intertexto con Asesinato en la Calle Morgue de Edgar Allan Poe, texto que se publicó 40 años antes; o podría ser una manera de justificar la naturaleza desenfrenada de la contraparte de Jekyll, algo que solo un ser de aspecto apócrifo pudiera hacer.

También sería posible hablar del desarrollo industrial y como la ausencia de luz eléctrica deviene condiciones de terror. Son muchos los caminos que se pueden tomar para analizar o comentar una obra, a mi por el momento, me han interesado las relaciones estéticas que hay entre la arquitectura y los personajes, como lo bello y bueno está marcado por el progreso económico, y como lo feo y malo tiene una asociación directa con las condiciones de pobreza.

Es posible que este rasgo no pertenezca esencialmente a la industrialización, y que estas relaciones se den solo en estos dos libros, aunque es dudoso y arriesgado asumirlo así. Sin embargo otros libros de la época no asocian de manera tan directa estos aspectos, ni Los miserables, Madame Bovary, Anna Karenina, Guerra y Paz o El monje hacen este tipo de asociaciones estéticas, a lo sumo hacen lo contrario, exaltan el alma noble por sobre el dinero, o demuestran cómo el dinero no es condición de pureza.

Son demasiadas páginas por explorar, y muchos los encuentros y desencuentros con esta idea, pero siempre hay un ser habitado por una angustia, y siempre hay lugares que son metáfora del cuerpo que los habita.

Quizá en estos dos libros las relaciones entre la fachada y el interior de un hogar sean perceptibles, cumplan con las expectativas de quien los mira, que la puerta y la ventana solo sirvan como extensión de una condición ya anunciada; o suceda que, por el contrario, el lector se enfrente al libro de una manera diferente, y no pueda encontrar las relaciones que he hecho, lo que estaría además muy bien, pero me dejaría en un gran problema, puesto a los ojos del otro mis argumentos no serían válidos, por eso, este ejercicio es a lo sumo mi lectura, mi puerta y ventana, mi lugar de encuentro con el libro.

Texto por: Gustavo Adolfo Osorio López

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