Apuntes sobre “El carácter de la ley física” de Richard Feynman

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Es nostálgica la posición final de Feynman: anunciar la muerte de la física.


    

Es cierto que todas las personas tienen una lista de nostalgias escritas por ellas mismas. También es cierto que algunas suelen ser más trascendentales que otras. Algunas se crean durante la infancia y otras apenas dan su aparición segundos antes de que las personas mueran. Pero la lista de nostalgias siempre se conserva allí, dentro de cada uno, cerca al pecho que se golpea cuando se pretende hacerse de valiente.

La mayor parte de las veces, las nostalgias guardan en sí un lenguaje: las lágrimas, pero esto no sucede para todos los casos. Algunas personas no lloran, no porque sean débiles o sean fuertes, sino porque así es su naturaleza. Esto no significa que el corazón no se les sacuda cuando las nostalgias empiezan a cantar, en alguna parte dentro de ellas. Hablo de todo esto porque sumé a la lista de nostalgias la lectura de El carácter de la física. Junto con los recuerdos de la infancia, las cosas perdidas que nunca se lograrán recuperar, las cintas de Kubrick y por qué no, las pinturas de Max Ernst.

El carácter de la física es un libro nostálgico. Desde que empieza hasta que termina. Antes que nada, es necesario definir la nostalgia como ese sentimiento propiamente humano que nos hace anhelar las cosas que ya no están. Seré un poco más general y diré que nos hace anhelar las cosas que no solo no están, sino también aquellas cosas que nunca estuvieron y que por algún motivo ya no podrán estar. Pero que a pesar de todo las podemos imaginar y como si fuera poco, manipularlas.

Tomarlas entre las manos y jugar con ellas. Todo esto en los pensamientos, claro. Como los juguetes de la infancia que nunca tuvimos, pero que a pesar de todo, recordamos. Marcando una imposibilidad, un deje de nostalgia.

 

Foto extraída de: Wallapop

 

En el primer capítulo del libro, Feynman nos sumerge en la explicación de la más sencilla de todas las leyes de la física: la ley de la gravedad. Insisto que este capítulo no resulta para nada nostálgico. Como todas las nostalgias empieza en la alegría, el orgullo y el éxito. La formulación de las leyes de Kepler, el principio de inercia, la explicación de la redondez de las cosas, la determinación de la velocidad de la luz, el experimento de la constante gravitacional, la masa de la tierra, logro tras logro, Feynman nos dibuja la humanidad brillante.

El humano ya no es ese primitivo que se dedicaba a guardar las historias en las estrellas, porque para ese entonces ni siquiera sabía escribir, no, el humano ahora entiende que las estrellas se forman a partir de la aglomeración de polvo y gas que luego se vuelve calor y entonces se enciende. Pero no solo las estrellas, también las posibilidades de entender el universo se iluminan cada vez más. Es así como Newton junto con toda su audacia logra entender una infinidad de la física clásica con el basto postulado de la ley gravitacional: dos cuerpos se atraen por una fuerza proporcional al producto de sus masas e inversa al cuadrado de la distancia que las separa desde su centro.

Es en este momento de la lectura donde suena la famosísima pieza de Así habló Zaratustra de Strauss. Nada de nostalgias.

Como la mayor parte de las cosas, todo se empieza a complicar. En el siguiente capítulo, Feynman hace una comparación bastante crítica frente a la matemática y la física. Es completamente comprensible que un físico defienda más la física frente a la matemática, así como un matemático defienda más la matemática que la física. Esto no aplica para todos los casos, pero es comprensible.

 

Foto extraída de: Speakola

 

Las cosas se empiezan a poner un poco nostálgicas para este capítulo, pues si bien es cierto que las matemáticas han aportado a la generalización y a la enunciación de muchos fenómenos físicos, también ha frustrado el lenguaje coloquial que los físicos han utilizado a lo largo de los años. Muchas personas, siempre afirman que la época de los griegos ha sido la época más brillante de la humanidad, pues se lograron un centenar de descubrimientos que no se ha logrado en milenios.

En base a lo que dice Feynman sobre el lenguaje de la matemática, como lenguaje racional y lógico, creo que la admiración a los griegos puede resultar mal entendida, pues descubrimientos siempre ha habido, el problema consiste en entenderlos con el lenguaje humano y por ende, sumarlos a la cosmovisión general de la humanidad.

Pero esto no es lo único, tal como lo explica Feynman, los matemáticos se dedican hablar de las cosas sin conocerlas del todo y a trabajar sobre ellas de forma implícita, basándose solo en su comportamiento. Entiendo que no será lo mismo para la futura humanidad, leer como Aristóteles proponía la generación espontánea para la vida a leer un sistema de ecuaciones enunciado en derivadas e integrales. El recibimiento de ambas informaciones es completamente diferente.

Es cierto que hay muchos modelos matemáticos que se acoplan a las leyes físicas, pero también hay muchas conjeturas físicas que están solas, deambulando, así como existen muchos modelos matemáticos dispares. Creo que esto representa el primer dejo de nostalgia.

 

Aristóteles. Imagen extraída de: Laicismo

 

No estoy diciendo que las cosas complejas sean nostálgicas. Porque a pesar de que existen cosas complejas, el humano las ha tomado en las manos para defenderlas y conservarlas. Diría que la dignidad es una cosa de ellas. Por el contrario, la mayoría de los conceptos en los que no solo interviene el hombre, sino la realidad y no solo la realidad, sino otro tipo de realidades, se convierten la mayor parte de las veces en un inalcanzable.

Como el niño cuando deja escapar la cometa sobre el inmenso cielo. Algo que se sale de las manos para su capacidad, excepto la del asombro. Creo que en esos casos es a donde quiero llegar. La interpretación básica de la postura que hace Feynman en los siguientes capítulos de la lectura. La nostalgia que deja la imposibilidad de las cosas. La inmensidad frente a la fragilidad.

Feynman afirma que a “el hombre le fascina la simetría”, creo que esta podría ser una de las razones por las que el arte haya existido. Aún desde tiempos inmemorables, y todavía siga existiendo. Feynman, cita a un matemático que define las cosas simétricas como esas cosas que después de modificadas, siguen siendo las mismas de antes. Hace un recorrido por las diferentes simetrías en las leyes físicas, la de traslación, la temporal, la rotacional, luego se va por el principio de simultaneidad, pero entonces, como es de esperarse, no todo resulta ser simétrico.

La simetría no se cumple para las leyes de la reflexión, pues aunque suene poético, el universo conserva la derecha y la izquierda en muchas situaciones. Si el espín en la desintegración Beta gira hacia la izquierda siempre es así en todos los casos, sin excepción alguna. Este tipo de cosas me llevan a pensar a veces que el universo fue dibujado por un gigante con la mano derecha, o la izquierda, o tal vez con ambas manos. A lo mejor el universo también practica planas con la mano izquierda cuando se aburre.

 

Imagen extraída de: Fondo de Pantalla.

 

Bajo estas condiciones la derecha no puede ser lo mismo que la izquierda, igual que nosotros. Quedamos a la par con el universo. A veces se me ocurre pensar que el arte es una deuda que tenemos con el universo por no ser simétrico del todo. Intentamos desfogar esa ilusión de simetría en las representaciones. No dudo que Tarkosvsky ya haya hablado de ello. En estas situaciones concluyo que a lo mejor las simetrías son solo sincronicidades.

Y no digo que esté mal darle importancia a ese tipo de cosas. De las sincronicidades también se han desarrollado grandes modelos. Hay gente que dice que el diámetro de la pata de un elefante multiplicado por dos veces pi, da como resultado la altura del elefante. Simetría, sincronicidad, modelo, así dicen que sucede. No lo sé.

El remordimiento y la esperanza, las dos palabras más simples para definir el pasado y el futuro, según Feynman. Para este capítulo las cosas ya no son complicadas, ya se salen de las manos. Como era de esperarse. La reversibilidad de las leyes físicas nos sumerge todavía en una imposibilidad más grande,

pues aunque las leyes físicas resultan reversibles, los fenómenos de la naturaleza no lo son”[1].

Quedamos destinados a vivir mezclados entre los procesos irreversibles pues tal como él lo explica hay muy poca probabilidad de que las leyes físicas sean reversibles al mismo tiempo para todos los átomos que nos rodean, o que rodean un evento en particular, como el caso de la anilina y el agua. Tendríamos que vivir infinitos años para ver como el agua y la tinta se separan. Esto no sucederá. Es así como el humano, sí, ese humano que entonces empieza triunfando por los logros de Kepler y las tres leyes de Newton queda sumergido en la incertidumbre.

 

Imagen extraída de: cyberspaceandtime

 

Los pensamientos resultan ser más grandes que la capacidad corporal del humano y lo sobrepasan. Si bien el humano diseñaba martillos con palas para dominar el territorio, ahora resulta que se deben vivir infinitos años para ser testigos de un hecho, sin siquiera poseer la certeza de que suceda. Y es aquí donde llega la columna vertebral de toda la construcción de Feynman: La fragilidad de las certezas.

“Las leyes pueden afirmarse falsas, pero nunca verdades”.

Sí bien nuestro pensamiento, como el lenguaje matemático, resulta lógico y racional, la realidad siempre lleva la delantera en todas las dimensiones, aunque trabajemos con el “método de las matemáticas babilónicas”. Es cierto que el humano ha llegado a diseñar modelos completamente acoplados a muchos casos, pero no siempre a todos los casos. Pero esto no es lo único, se abrió una de las puertas más caudalosas que se pudo encontrar la ciencia: La mecánica cuántica. Un reto casi imposible de alcanzar.

Richard Feynman construye a lo largo de la lectura, un método razonable para deducir una ley física a partir de la realidad, a partir de otras leyes físicas ya validadas. Es cierto que en cada movida de página nos advierte una y otra vez la cantidad de inquietudes. Pero es al final cuando llega a una conclusión humanamente hermosa: la mortalidad de la ciencia. Ahí, habita el principal argumento de nostalgia dentro de toda la construcción.

Richard Feynman, contempla la posibilidad de llegar al punto en que se logren descubrir todas las leyes de la física o simplemente, se pierda el interés por la academia y entonces, se vuelva un proceso tedioso y aburridor. Es nostálgica la posición final de Feynman: anunciar la muerte de la física. Me atrevería a diferir un poco en ese punto. Creo que tanto el arte como la física están ligadas al humano. Tal como lo expone Feynman a lo largo del libro, la física existe porque existe un ser humano que la comprende, la desarrolla y la aplica.

 

Imagen extraída de: Zemiorka

 

Sí llegase a suceder una sociedad computarizada a lo mejor, la física con el arte deje de existir, pues tal como los modelos matemáticos, dichas máquinas podrían calcular las cosas sin saber con exactitud cuáles son esas cosas, una x, una y, cualquier símbolo griego que suene complejo. Ahora bien, sí suponemos un universo todo el tiempo en expansión es menos probable llegar abarcarlo en unas cuantas leyes, pues no resulta del todo convincente pensar que sí una parte del universo se comporta así, entonces las demás partes también sucederán así, como también lo expone él en el capítulo de la conservación de las leyes.

Es muy probable que se termine haciendo esta suposición, pero siempre existirá la duda. A mí parecer resulta improbable conocer todas las leyes de la física, ¿Nos cansaremos de esto? No lo creo, mientras exista el humano, claro. A menos que la vida inteligente esté construida también sobre el egocentrismo y la curiosidad, como lo supone Stanislaw Lem en su libro de cuentos Ciberíada. En tal caso, la vida inteligente podría seguir estudiando los fenómenos ocurridos, demasiado lejos o demasiado cerca.

En realidad no sabría decir cuál de las dos posiciones resulta ser más nostálgica. Pero ambas resultan serlo y no porque en un futuro las cosas vayan hacer de una u otra manera, sino porque resulta irónico ver el humano trazando un futuro donde pareciera que no ya no hubiese lugar para él. Como el niño que construye una nave para viajar al espacio utilizando una cajita que no lo contenga. El universo siempre nos llevará la delantera, por ser tan grande, tan poderoso, tan esto, tan lo otro. Siempre tan parecido a aquello que mucha gente suele llamar Dios.

 


[1] Feynman, 1965. Los términos escritos en cursiva, entre comillas son citas de Feynman.

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