De aquellas historias de horrores y olvidos contadas desde el periodismo.

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El periodista y cuentista Juan Miguel Álvarez  acaba de ganar el premio de periodismo Los justos en el conflicto armado.


 

 

Foto por Víctor Galeano

Tumbas sin sosiego

En el reino de la corrección política los eufemismos se pasean a sus anchas.

Llamamos “desviación de recursos” al robo impune de los bienes públicos.

Le decimos “microtráfico” al puro y duro narcotráfico de siempre.

Peor aún: aceptamos y legitimamos la expresión “Falso  positivo” para no utilizar la palabra asesinato a secas.

Y así nos va.

Pero a veces alguien decide descorrer el velo de la hipocresía. Entonces aparece el horror en toda su dimensión.

El periodista y cuentista Juan Miguel  Álvarez acaba de ganar el premio de periodismo Los justos en el conflicto armado.

Uno piensa entonces en lo difícil de ser  justo en medio de la guerra: en ese terreno todos creen tener la justicia de su lado.

O al menos todos invocan  nobles ideales a la hora de perpetrar sus atrocidades.

 

Foto tomada de Republicana Radio

 

 

El nombre del premio no deja lugar a dudas: Los justos son aquellas personas que, incluso a riesgo de su propia vida y la de sus familias, deciden jugarse todas las cartas para evitar que los crímenes y los abusos queden impunes.

En este caso Juan Miguel Álvarez, quien ya había escudriñado las raíces del sicariato y el narcotráfico en el Eje Cafetero con su libro Balas por Encargo, cuenta las peripecias del principal testigo en los asesinatos bautizados como falsos positivos.

Se trata del cabo Eduardo Mora, quien en 2007 pertenecía a  la Brigada Móvil 15 en Ocaña, Norte de Santander.

Es allí donde Mora descubre que los aparentes buenos resultados de los nuevos comandantes corresponden en realidad a actuaciones criminales. En esas prácticas los civiles son asesinados y luego presentados como guerrilleros muertos en combate.

Pero hay más: el cabo Mora identifica las conexiones entre los crímenes de Ocaña  y los de Soacha, registrados en detalle por la prensa durante meses.

La impunidad rampante dio lugar al nacimiento de una organización conocida  como Las  madres de Soacha.

Estas últimas siguen reclamándole al  Estado colombiano y al gobierno de entonces su responsabilidad en la desaparición y muerte de sus hijos.

A  resultas  de las amenazas contra su vida y ante la falta de  acciones de  sus superiores, Mora decide denunciar el caso ante la Fiscalía y la Procuraduría.

Es entonces cuando el aparato militar se le viene encima. Solo la solidaridad y la presión internacional le ayudan a seguir con vida.

 

Foto tomada del BBC

 

Tumbas a ras del suelo

La ficción y la realidad tienen a veces relaciones equívocas. Tumbas en el aire es el título del primer libro de ficción de Juan Miguel Álvarez. Se trata de una colección de cuentos en los que la fatalidad gravita todo el tiempo sobre la vida de los protagonistas.

Es la misma fatalidad que se abate sobre las víctimas de los crímenes de estado en la reciente Historia de Colombia, esa antología de la infamia en la que las tumbas a ras del suelo se multiplican como testigos mudos de atrocidades antiguas y recientes.

En sus más recientes trabajos Álvarez le ha seguido el rastro a esas tumbas abiertas  y medio sepultadas en todos los rincones de Colombia.

Escarbando en la desmemoria colectiva descubrió- o mejor volvió a descubrir-esta historia ejemplar publicada en diciembre de 2014 por la revista El Malpensante.

 

periodismoFoto por Jess Ar

 

Ese relato políticamente incorrecto le valió  el premio otorgado por un grupo de instituciones conformado por el Centro Nicanor Restrepo Santamaría para la Reconstrucción Civil; El Centro de estudios  de Periodismo de la Universidad de los Andes; La especialización en Comunicación Política de la Universidad Eafit y la Universidad Nacional.

Colombia se adentra en un largo y tortuoso camino: el de cumplir con lo pactado en los acuerdos de La Habana y al mismo tiempo hacerle frente al surgimiento de poderosísimos grupos armados relacionados con el narcotráfico y la explotación minera.

En ese tránsito seguirán apareciendo historias de horrores y  olvidos.

Y los periodistas deberán estar allí para contarlas.

 

 

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