ARAÑANDO LA TIERRA (II)

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Los fuegos sagrados de Ahura Mazda llevan a sus fieles a conseguir el propósito espiritual guiados por Zoroastro, los yacimientos de gas superficial en lo que hoy es Irán encienden los fuegos sagrados y los conservan hasta ahora.  Como se descubre el fuego que emerge del suelo para comunicarnos con los dioses, se encuentra a finales del siglo XIX, su capacidad para mover el mundo y en específico la primera revolución industrial.

Sin embargo, a medida que la industria y la economía se abalanzan a su tan publicitada “cuarta revolución”, el peso del sector minero en la economía mundial y la colombiana ha venido en retroceso. Desde hace dos décadas este fenómeno es evidente, en Colombia ha caído desde el predominante cuarenta por ciento del producto interno en el año 2009, a un 7,7% en el 2013, y en el registro más actual que corresponde al año 2019, cae a 5,4%.  Este retroceso va alineado con el destino del principal producto de exportación de la minería colombiana que es el carbón, hoy departamentos como el Cesar y la Guajira sostienen el sector y aportan el 68,4 del PIB minero. Otros productos como los minerales no metálicos (calizas y arcillas) sólo aportan el equivalente a la tercera parte del carbón, mientras los minerales entre los que están el níquel y el oro, se ubican en el último lugar en el aporte al PIB minero.

Foto: Rodrigo Grajales.

Pero no es sólo su producto, es también importante lo que las empresas aportan en la tributación al Estado en contraprestación a sus dividendos. En la tributación el elemento más fuerte son las regalías que pueden llegar a ser la mitad de los tributos pagados, ascendiendo en el año 2013 a 1,3 billones de dólares y siendo aportadas en un 92% por el carbón y el níquel.

Este resultado económico y de tributación del sector deja en contraprestación algunos pasivos ambientales, que los institutos de investigación han determinado pero que la Unidad Minero Energética -UPM- del país, no ha valorado en términos de los recursos económicos que nos costarán a todos los colombianos revertir los procesos del cambio químico y contaminación del agua superficial y subterránea, el cambio en las calidades de los ecosistemas y la afectación a la biodiversidad, la disponibilidad pesquera, la salud humana (ver diagnóstico de la información ambiental y social respecto a la actividad minera y la extracción ilícita de minerales en el país. Sentencia del río Atrato. Humboldt. 2019).

Verter sobre los ecosistemas materiales pesados como el mercurio, en el caso de la explotación del oro, tiene impactos nefastos sobre la vida de todas las especies. Igualmente, en algunas explotaciones de filones o aluviales puede desestabilizarse el suelo, desaparecer las capas más ricas en nutrientes o contaminarse por residuos de la actividad minera. Los pasivos ambientales cuentan con la constatación científica de sus efectos y no está en duda, como quieren hacer creer algunos actores vinculados al sector minero.

Es notorio el incremento y necesidad de reubicación de unidades mineras en el Pacifico colombiano según los estudios de la Unidad de Planeación Minero-Energética. El Pacifico y la Amazonia colombiana son algunos de los puntos de mayor biodiversidad del mundo y su afectación repercute a nivel planetario.

Unidades de beneficio aurífero a reubicar.
Autor: Unidad De Planeación Minero-Energética -UPME- . 2016.

En este orden, como es habitual, los rendimientos de un sector económico también llevan consigo el reparto de impactos, que no solo afectan la producción que los genera, sino al resto de la economía y a todos los ciudadanos y las especies.  En esta balanza entre rendimientos en materia económica y pasivos ambientales, la única vía de análisis no puede ser la privatización de las ganancias sino también el conjunto de los pasivos ambientales.

Para cerrar la indagación que me propuse con estas dos partes tenemos: territorios mineros con un nivel superior al promedio de necesidades básicas insatisfechas, mayores índices de pobreza multidimensional, una explotación de más de quinientos años de antigüedad en algunas localidades, un PIB minero en retroceso, peligro en el mantenimiento de las regalías si zonas como El Cerrejón entran en declive, y la colectivización de los pasivos ambientales sobre el conjunto económico, social y sobre todas las especies sin que aún hayan sido contabilizados. 

Saquen sus conclusiones, pero la pregunta es: ¿Cuánto dinero y años nos costará recuperar selvas como las del Atrato en contraprestación de pírricas ganancias y con una población llena de inequidades y ausencias estatales? (la misma pregunta se puede trasladar al caso del Cerrejón o cualquier otra gran mina colombiana).

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