Azarosos destinos

8
0

 


Justo en medio de esas dos vidas  arrastradas por las contradicciones  y vilezas de la política real, asistimos a la aventura vital del narrador


 

El  veinte de agosto de 1940, mientras la muerte y el horror se enseñoreaban del planeta disfrazados de Segunda Guerra  Mundial, los destinos de dos  hombres se  cruzaron de manera irreversible en una casa de Coyoacán, México, un país sacudido a su vez  por las reformas nacionalistas emprendidas por  el presidente Lázaro Cárdenas.

Uno de los hombres, Liev Trotsky había encontrado en  ese país de dioses sanguinarios, pieles mestizas y sabores ardientes el refugio negado en otros lugares de  la tierra, luego del destierro decretado por su antiguo camarada Josef  Stalin.

El otro, Ramón Mercader, un español nacido en la rebelde y arrogante Cataluña, había librado en el frente Republicano  una batalla perdida de antemano contra  las huestes de Francisco Franco. En el momento de su encuentro final, el  exiliado soviético tenía en la mano un papel y un lápiz con el que pretendía corregir sin fortuna un fallido artículo de prensa escrito por el catalán. Este último, blandía un pico de alpinista que una fracción de  segundo después descargaría con toda la fuerza de su odio sobre el cráneo del que  fuera comandante del  Ejército Rojo durante los días de la guerra que implantó durante varias décadas el evangelio marxista sobre la tierra.

 

Leonardo de la Caridad Padura Fuentes (La Habana, 9 de octubre de 1955) es un novelista y periodista cubano conocido especialmente por sus novelas policiacas del detective Mario Conde. Extraída de: Las2orillas

 

A partir de esa imagen,  empujadas por una fuerza  centrífuga, se desencadenan las historias que conforman la novela El hombre que amaba  a los perros, del cubano Leonardo Padura, un escritor conocido hasta entonces por la perfección de relojero de sus relatos policíacos.

Algunos la asumen como una fatalidad y entonces le dan el nombre de destino. Otros la  conciben como algo contingente y prefieren  llamarla azar.  En el fondo da lo mismo: cuando esa fuerza se desata la vida de un individuo o de una sociedad acaba arrastrada hacia el centro de una vorágine que, a falta  de un nombre mejor, optamos  por llamar historia, con mayúsculas o minúsculas. Depende de las circunstancias. En  el relato que nos ocupa, estas últimas convirtieron a Trotski en  víctima y a Mercader en victimario. Sutilezas aparte,  podemos aventurar una conjetura: desde el comienzo había algo de premonitorio en  el apellido del asesino.

Contra toda apariencia, los protagonistas  de la novela tienen algunas cosas en común. Ambos aman a los perros y encuentran en ellos formas de nobleza  impensables en los humanos. Los dos viven una experiencia errante y errática responsable en buena  medida del desenlace de sus vidas. Pero, ante todo,  los dos creían con fervor  religioso en la promesa de justicia social implícita en la doctrina comunista que muy temprano, al materializarse, se revelaría como un infierno solo comparable en la historia moderna  a la pesadilla desatada por los nazis.

 

León Trotski, fue un político y revolucionario ruso de origen judío. Extraído de: Blogs.upm

 

Sin conocerse, un cisma los convirtió  en enemigos: mientras Trotski adivinó  muy pronto  el absolutismo, la megalomanía y el horror agazapados en la magra figura de Stalin y luchó hasta el final de sus días para detener  su avance, Mercader fue un devoto creyente en los postulados del estalinismo hasta una fase tardía de su vida.

Justo en medio de esas dos vidas  arrastradas por las contradicciones  y vilezas de la política real, asistimos a la aventura vital del narrador, un escritor amargo que presencia  y padece en la propia piel el derrumbe de  otra utopía: la de la revolución cubana, convertida en un cenagal de miserias, silencios, fugas, destierros y mentiras, mientras la dirigencia responsable de ese desastre parece vivir en otro mundo.

Atrapado  en un presente  que abarca los años finales del siglo XX y los comienzos del XXI Iván- así se llama el hombre que acaba de perder a su esposa y malvive corrigiendo una  revista de veterinaria- recrea ante nuestra mirada el nacimiento, pasión y muerte de un sueño social y político devenido, como todas las ilusiones humanas,  simple caricatura de sí mismo.

 

Un policía mexicano sostiene el piolet usado por Ramón Mercader para herir mortalmente a Leon Trotsky. Extraída de: (AP Photo)

 

Solo que en este caso la caricatura no mueve a risa. Han sido tantos los engaños, el miedo y el dolor acumulados durante medio siglo, que solo removiendo las cenizas de un drama como el protagonizado por Trotski y Mercader es posible llegar al día siguiente  atizando en  el rescoldo de los relatos ajenos la dosis de calor apenas necesaria para calentar los propios huesos.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí