Bulevar de los héroes

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 De ver pasar |

Cuando uno nace con miedo necesita de una figura mayor, entre misteriosa y aguerrida, que lo proteja. Ese fue mi caso. Nací con miedo. Miedo a las ratas, a las cucarachas, a los perros Dóberman, a los gatos Angora. Miedo a la gente con sombrero. A los campesinos con machete y carriel.

Miedo a la correa de mi madre.

Esa sensanción de vivir indefenso se trasladó a los alrededores del parque principal de mi pueblo. Había allí una atmósfera enrarecida. No sabía explicar su impacto, solo sabía sentirlo. Porque uno a los nueve años siente, actúa y piensa poco. De ese activismo irracional surgió el uso de la cauchera para matar tórtolas. Todo parecía tranquilo, envuelto en una amabalidad silenciosa. Todo estaba en aparente orden, mientras el carnicero de la esquina destazaba un cerdo y el zapatero de la otra cuadra le daba horma a una suela de caucho.

Sin embargo, en cualquier momento esa tranquilidad era rota por el rumor de una noticia: mataron al menor de los Flórez. Le hicieron un atentado a mi tío en la finca de La Sombra. Doña Bertina, la matrona de La Quiebra, juró desterrar a los cachiporros que comparten con ella los linderos de sus tierras. Hablo de historia patria. Hablo de un miedo generalizado.

Hablo en realidad de pequeños y frecuentes cuadros de costumbres.

Imaginemos una visita al dentista, una mañana en que “dos gallinazos pensativos (…) se secaban al sol en el caballete de la casa vecina”. Sugiramos que el paciente es un alcalde que lleva cinco días sin poder dormir. Tiene una muela dañada que le ha impedido afeitarse la mejilla derecha y el dentista, un hombre adusto y poco hablador, le informa a su cliente, después de haberse negado a atenderlo, que le sacará la muela sin anestesia. Entre uno y otro se impone la distancia, el resquemor, una historia de silencios. Justo cuando el dentista aplica mayor fuerza en su brazo para extraer la muela dañada, sentencia:

“–Aquí nos paga veinte muertos, teniente”.

Pues bien, en el centro de ese miedo social y dental aparece mi padre con un regalo en su maleta de viajero: los primeros números de unas revistas de aventuras que mi viejo adquiría en un kiosco del centro de Pereira. Cada una costaba 5 pesos. En venezuela 1 bolívar. Eran revistas pequeñas, olorosas a tinta, coleccionables, cuyas portadas en colores anunciaban mundos exóticos y en crisis, narrados bajo el imperio emocionante del cómic y el diálogo certero en globitos dinámicos. Mientras esto escribo, observo la portada de la revista 53 de Kalimán, el hombre increíble. Lo increíble es lo que esa portada prefigura: el atentado terrorista del 9-11. Solo que en la realidad de este relato de papel estamos en la década del setenta y el ataque a la tierra lo protagonizan platillos voladores. Una nave parte en dos un edificio emblemático de una posible Nueva York sitiada.

Me tranquilizaba saber que el miedo traspasaba las fronteras de mi pueblo. En esta ocasión Kalimán debía detener el instinto criminal del profesor Zeland, dispuesto a exterminar la tierra con su escuadrón de platillos voladores. Entre tanto, más allá del Salón de la Justicia, Tamakún, el vengador errante, se enfrentaba a los poderes siniestros de la bruja Mamá Coleta, una astuta anciana capaz de robarles la belleza a las mujeres jóvenes. Desde las altas montañas, desde “el nido de las águilas desciende a las praderas Águila Solitaria”, un apuesto indio de gimnasio, líder nato de su tribu apache, cuya misión ahora es liberar a su bella esposa Shiu y su hijo Kei, prisioneros en el barco pirata del capitán Morgan. Mientras esto sucede en aguas marinas, Arandú, el príncipe de la selva, neutraliza el accionar de facinerosos que extraen de los territorios de pumas y leones sus recursos más preciados.

Saber que el miedo y el temor a convertirse en víctima de la violencia imperaban en el mundo, menguaba el miedo infantil. Saber que en algún rincón de la tierra el accionar de Arandú, de Tamakún, de Orión, el atlante, de Batman, de Santo, el enmascarado de plata, buscaba hacer justicia e imponer el orden, suavizaba el temor de seguir creciendo en solitario. Si algo nos enseñó Emma Bovary fue a borrar la línea entre realidad y ficción. El efecto de leer aquellas revistas de aventuras era genial: estábamos a salvo.

Cuando veo en la calle cómo se exhiben estas revistas y cómo, por su valor de material exótico, su precio se ha elevado, pienso en la maleta viajera de mi padre y pienso en los efectos de esa educación sentimental que recibimos por esta vía de papel proveniente de México. No hay nostalgia en reconocer la raíz de donde emana nuestra cultura. Tampoco hay vergüenza en aceptar que es más fácil crecer, hacerse joven con acné, sabiendo que hay héroes dispuestos a salvarnos de todo mal y peligro.

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