Chernóbil: noticias del fin del mundo

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¿Cuál es mi mayor deseo en esta vida? Se pregunta el joven soldado, tez pálida, bigote incipiente, veinte años apenas.

Y él mismo se responde: una muerte corriente, un infarto, un cáncer, un golpe, un balazo quizás.

Ese era su mayor anhelo, depués de haber mirado de frente los muchos rostros del horror nuclear.

Un mes atrás fue obligado a alistarse en las filas de los que iban a “imponer el orden” en Chernóbil, luego de la explosión del reactor nuclear el 26 de abril de 1986, a la una, veintitrés minutos y cincuenta y ocho segundos de la madrugada.

Tomada de Infobae.com

El momento preciso en que volvimos a tener noticias del fin del mundo.

“Poner orden” en una reacción atómica en cadena: he ahí la primera muestra del absurdo que rodea las acciones del poder en todas las épocas y en todos los lugares del mundo. Parece una broma pero era en serio. Ese fue el primer anuncio de los jerarcas del fin del imperio soviético, con Gorbachóv a la cabeza.

Aquí no pasa nada, era el mensaje. Peor aún: durante mucho tiempo le hicieron creer a su pueblo y al mundo que hasta las peores manifestaciones de la catástrofe, entre las que se contaban los abortos, los bebés con malformaciones, la leucemia, los cuerpos despellejados, los animales muertos y los alimentos contaminados eran un asunto pasajero.

Todos a una, los gobernantes, los políticos, la prensa, la academia se proponían lo imposible: ocultar que en Chernóbil se había abierto una escotilla del infierno. Pero era y es imposible ocultar una mancha nuclear que se esparce por los confines de la tierra, dejando a su paso una estela de muerte y desolación.

La escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich, ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2015, se consagró a seguir el rumbo de esa estela. Visitó campos devastados, se coló en clínicas donde agonizaban los sobrevivientes, habló con sus familiares, entrevistó a científicos y hasta consumió alimentos contaminados en la búsqueda de algo que se pareciera a la verdad-

O al menos a una verdad en medio de tanta propaganda, de tanta mentira, tanto del lado soviético como de sus contradictores en el mundo.

El resultado de ese viaje es el libro Voces de Chernóbil, Crónica del futuro, una obra coral que conjuga lo mejor de la literatura y del periodismo narrativo para entregarle al mundo el testimonio de quienes un día se acostaron confiados en el futuro y se despertaron en medio de una pesadilla de la que era imposible despertar, porque ya estaban despiertos.

El libro es una polifonía en la que se conjugan el miedo y el amor, el dolor y la esperanza, la indolencia de los burócratas y la solidaridad de la comunidad, las ambiciones personales y la compasión por el prójimo.

Como en toda situación extrema, en Chernóbil afloró lo mejor y lo peor de la condición humana.

(…) “Modernismo… Postmodernismo. Por la noche me sacaron de la cama por una urgencia. Llego al lugar. La madre está de rodillas junto a la camita: la criatura se está muriendo. Y oigo la súplica de la madre: “Quería, hijito, que si esto ocurría, que fuera en verano. En verano hace calor, hay flores, la tierra está blanda. Ahora es invierno. Espera aunque sea hasta la primavera.”(…)

La gente narra y se desahoga, o eso cree. La escritora escucha y cuenta para que los humanos no olvidemos que somos parte de un solo organismo gozoso y doliente a la vez.

O eso espera ella, al menos.

A lo largo de 406 páginas Svetlana Alexiévich nos conduce de la mano por los entresijos de una tragedia que, nos advierte, tiene una diferencia esencial con la de Hiroshima y Nagasaki. En éste último caso el objetivo era aniquilar a un pueblo y sentar un precedente de dominio: anunciar el advenimiento de nuevo imperio. La ciencia y la técnica como instrumentos del mal.

En Chernóbil, como en tantos otros centros nucleares, se hablaba todo el tiempo de los buenos usos del átomo, de sus bondades para la producción de energía sana y útil.

Sin embargo, algo falló. La ineptitud, la arrogancia, la burocracia se conjugaron para desatar el desastre. La muestra gratuita de lo que nos depara el futuro. Eso es lo que nos dice una de las voces de Chernóbil, la del maestro de formación profesional Nikolái Prójorovich Zharkov:

(…) “Desde mi punto de vista, somos material para una investigación científica. Un laboratorio internacional. En el centro de Europa. De nosotros, los bielorrusos, de los diez millones de personas, más de dos millones viven en tierras contaminadas. Un laboratorio natural. Todo está listo para anotar los datos, para hacer experimentos. Nos vienen a ver de todas partes del mundo. Escriben tesis doctorales. De Moscú, de Petersburgo. Del Japón, de Alemania, de Austria… Se están preparando para el futuro”(…)

Un país entero convertido en una concentración de cobayas, de sujetos de prueba para tratar de conjurar lo que se avecina: un apocalipsis nuclear que se se advierte en los ojos de los sobrevivientes: cristales ardientes en los que se refleja el bullir de la reacción atómica en cadena.

Svetlana Alexiévich

En el fondo del drama avistamos la irrevocable fragilidad de la condición humana. Seres hasta ayer plenos de ilusiones, de proyectos, de ambición, convertidos de repente en objetos radiactivos a los que todos quieren eludir. “Olvídese de él. Lo que está ahí en la cama no es su marido: es un objeto altamente radiactivo”, le dice el médico a una esposa devastada. No hay que culparlo. De tanto tratar con el desastre desarrolló una especie de coraza protectora que resulta fácil confundir con el cinismo.

Historias como parábolas

Cada voz es un monólogo que aspira a ser diálogo para dar cuenta de la entera dimensión de la tragedia, así en lo individual como en lo colectivo. Por eso, el testimonio del operador de cine Serguéi Gurin, ostenta el siguiente título: Monólogo acerca de cómo San Francisco de Asís predicaba a los pájaros.

(…) “Caminos rurales. Polvo. Yo ya había comprendido que no era simple polvo, sino polvo radiactivo. Guardaba la cámara para que no se ensuciara; había que cuidar la óptica del aparato. Era un mayo seco, muy seco. Cuánta porquería tragaba, no sé. Al cabo de una semana se me inflamaron los ganglios. En cambio, economizábamos película como si fueran municiones; porque el primer secretario del Comité Central, Sliunkov, debía presentarse en el lugar. Nadie te anunciaba de antemano en qué lugar iba a aparecer, pero nosotros mismos lo adivinamos. El día anterior, por ejemplo, cuando recorrimos una carretera, la columna de polvo se levantaba hasta el cielo, y al día siguiente ya la estaban asfaltando: ¡dos o tres capas!” (…)

Como en todas partes, en Chernóbil el poder quería ocultar el tamaño del desastre. Velar la prueba de sus responsabilidades. Sepultarla bajo capas de asfalto… aunque con ellas quedaran también enterrados cientos de miles de pájaros muertos: los pájaros de san Francisco de Asís envenenados por la radiación.

Han pasado casi 35 años desde ese 26 de abril de 1986. La naturaleza herida sigue engendrando terneros de dos cabezas, niños sin ano ni riñones, zanahorias monstruosas, insectos descomunales. Pero el mundo aprendió a olvidar.  A lo mejor es puro instinto de conservación. Pero también puede ser una forma refinada de la indolencia, expresada en la frivolidad de los paquetes turísticos que ofrecen visitas guiadas a Chernóbil como a un parque temático del Apocalipsis.

Quién sabe. De cualquier manera, vale la pena volver cada cierto tiempo a las páginas del libro de Svetlana Alexiévich. En ellas podemos redescubir qué tan cerca estamos de esos viejos, de esos niños, de las viudas, de los huérfanos, de los vecinos que una mañana de abril se despertaron en las entrañas del infierno atómico.

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