Clash: “Una delgada línea entre realidad y ficción”.

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La segunda película del director egipcio Mohamed Diab


 

Imagen extraída de: i2.wp.com

 

Ficha técnica

País, duración, año Egipto,  97 min, 2016
Dirección Mohamed Diab
Género Drama/suspenso
Música Khaled Dagher
Actores Nelly Karim, Hani Adel, El Sebaii Mohamed
Fotografía Ahmed Gabr
Premios Festival de Cannes 2016: Sección “Un Certain Regard”.

Semana Internacional de Cine de Valladolid (SEMINCI) 2016: Mejor Nuevo Director, Mejor Fotografía y Sociograph Award.

 

En 2011 la revolución egipcia termina con 30 años de presidencia de Hosni Mubarak.  En 2012 hay nuevo presidente electo, Mohamed Morsi, que es miembro de los Hermanos Musulmanes, un partido islamista.  

En 2013 millones de egipcios se rebelan contra el nuevo presidente en los mayores disturbios jamás vividos en la historia de Egipto. Tres días después de comenzar las protestas, el presidente es revocado por los militares.  

Durante los siguientes días, en todo el país, se presentan violentos enfrentamientos entre los Hermanos Musulmanes, los partidarios del Ejército y el Ejército mismo.  

 La historia de Clash se desarrolla en un día cualquiera de esas turbulentas semanas, dentro de un furgón de la policía que se lleva a decenas de manifestantes con diferentes convicciones políticas y religiosas.

Esta es la segunda película del realizador egipcio Mohamed Diab,  su ópera prima Cairo 678  se estrenó en Egipto unas semanas antes de la revolución de 2011. 

“Hoy en Egipto, la gente me conoce más como un activista que como un cineasta. No fui uno de los ideólogos del movimiento, pero sí uno de sus promotores. Puse mi trabajo como director a un costado para luchar al lado del pueblo egipcio por la democracia. Sentí que era mi deber. Siempre pensé que volvería a hacer películas una vez que las cosas se establecieran, y pensé, como mucha gente, que se daría durante la elección presidencial de 2012. Pero, por desgracia, todo ha cambiado desde entonces.  Irónicamente, el único tema relevante que encontramos sobre la revolución fue su fracaso”

dice Diab en una de las  entrevistas concedidas.

 

Foto extraída de: cdn.20m.es

 

Clash transcurre en tiempo real, vista desde una cámara situada al interior de un furgón policial donde han sido detenidos dos periodistas, un redactor de nacionalidad estadounidense y su fotógrafo.

Ahí es donde Diab, en un escenario arriesgado y claustrofóbico pretende mantenernos como espectadores durante los 97 minutos que dura la película, además de hacernos convivir con una variopinta y atinada visualización de la sociedad egipcia.  

Solo veremos lo que ocurre al exterior del vehículo a través de las pequeñas y enrejadas ventanas.   

Reconozco que sentí tedio durante algunos momentos, no veía sentido a algunos diálogos estereotipados y elementos humorísticos, que aunque disminuían el tono grave que iba tomando la película, diluían lo verdaderamente importante, lo que ocurría afuera, pero a medida que transcurría la trama entendí que esta obra de autor no se ubica ni a favor de los simpatizantes de los Hermanos Musulmanes ni de los partidarios de las protestas callejeras impulsadas por el ejército.

Sus personajes están espléndidamente desarrollados, y sus diferencias religiosas y políticas se convierten en el detonante de las discusiones que construyen la delgada línea entre la realidad y la ficción.

La desconfianza hacia los ciudadanos estadounidenses, el trato a la mujer, el clasismo infieren una muestra característica de los ciudadanos de El Cairo, y nutren el discurso de una película tosca, inquietante y sorprendente.

 

Fotografía extraída de: static.standard.co.uk/

 

En 2011 tuve la oportunidad de visitar Egipto y me sorprendí con las similitudes entre colombianos y egipcios: el fenotipo, la manera de ser amables -algunas veces confianzuda-, la explosión de emociones con el fútbol (en ese momento se estaba jugando la copa mundial de fútbol sub-20 en Colombia).

La única conversación sobre política la tuve con el humilde personaje (lamentablemente no recuerdo su nombre) que alquilaba las cuatrimotos en el desierto de Sinaí. Su familia vivía en El Cairo, y él trabajaba día y noche para enviarles dinero. Vivían  en  condiciones precarias y austeras, y me contó que no podía regresar porque en el autobús de camino a la capital los bajaban y les quitaban sus documentos y pertenencias hasta dejarlos a la deriva. Un primo suyo había desaparecido de esta manera; estaba prisionero en su propio país.

Viendo la película pensaba: ¿Qué pasaría dentro de ese furgón completamente sellado si fuera en Colombia, y estuvieran allí  encerrados congresistas de diferentes partidos, paramilitares, guerrilleros de las Farc, algún líder social, un sacerdote, un gay, mujeres, niños y uno que otro periodista?   

No hay agua ni comida, y pocas posibilidades de salir. Afuera una cruenta guerra se desarrolla: ¿De qué sirven los bandos o partidos allí dentro?

En el transcurso de los acontecimientos, los personajes se tranquilizan un poco, se sanan los unos a los otros, cantan, y por un momento la hostilidad y el ruido de la guerra se silencian. Se muestra al grupo humano que pasará de la más violenta oposición a vivir, conectados por el miedo, momentos de fraternidad.  

Sin embargo, ese humanismo no los une, la película no alcanza a retratar la individualidad de cada personaje ni la del grupo.  Al final el  camión queda atrapado en una de las protestas, no sabemos de qué lado están los manifestantes, irónicamente quienes han estado luchando desde el principio para salir del vehículo, se encuentran ayudándose mutuamente a permanecer dentro, lejos de la furia insana del exterior.

Terminamos dándonos cuenta de que pase lo que pase somos todos iguales. Me pregunto: ¿Por qué no nos hacemos cargo de ese descubrimiento?

 

Fotografía extraída de: elpais.com

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