Con la frente marchita

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De modo que en esa vuelta a casa los aguarda un modelo de desarrollo económico cada vez más trunco, la indiferencia de sus coterráneos y un lema que define al lugar que los expulsó como “Región de oportunidades”


 

Los primeros, allá por los sesentas, se fueron a Venezuela a manejar camiones, atender caballerizas y a emplearse en las casas de los nuevos ricos que surgieron al ritmo de una de tantas bonanzas petroleras.

Otros, unos años más tarde, partieron hacia Nueva York y Miami en busca de ese “American dream” que titilaba con sus mil promesas a través de la pantalla del televisor.

 

 

Finalmente, al despuntar la década de los noventa, se embarcaron hacia España en una especie de reflujo de la marea que durante varios siglos trajo a miles de europeos a “Hacer la América”, según la conocida expresión.

Algunos tuvieron hijos y nietos que fueron “chamos” en Maracaibo; unos cuantos aprendieron a bailar salsa en Nueva York al ritmo de las nostalgias cantadas por Ray Barreto y los hermanos Palmieri; otros tantos descubrieron los secretos del cante jondo en Granada o las delicias de la paella en las playas de Benidorm.

Y ahora están de regreso a casa. La crisis económica que ha dejado sin empleo a millones de personas en el mundo, sumada a unas leyes antiinmigratorias que equiparan a los sin papeles con delincuentes, son las responsables de que muchos de esos colombianos, y en particular habitantes del eje cafetero que en las últimas tres décadas han protagonizado una diáspora ininterrumpida hacia el exterior, estén retornando a sus lugares de origen.

 

 

Lo preocupante es que ni el Estado, ni el sector privado, ni las organizaciones sociales, ni los medios de comunicación parecen dispuestos a ocuparse en serio del asunto.

El primero apenas si se ha ocupado de ellos a la hora de pensar en imponerle impuestos a las remesas o de dar declaraciones compungidas en el momento de las tragedias, como sucedió con los atentados a los trenes de cercanías en Madrid, el 11 de marzo de 2004.

Para los gremios, sin voluntad para emprender procesos reales de desarrollo a partir de una concepción integral de país, siempre resultó atractivo que todo ese contingente de desempleados “se fuera al exterior a mandar platica” según expresión literal de Mauricio Vega Lemus, para entonces Director Ejecutivo de la Cámara de Comercio de Pereira.

 

 

Y de las organizaciones sociales… bueno, salvo unas tres, entre las que se cuenta la Asociación América España- Solidaridad y Cooperación (Aesco) poco se han ocupado del asunto, a no ser para echar a rodar conceptos como ese que define a los hijos de los emigrantes como “Huérfanos  de padres vivos”, endosándoles de paso a los padres la responsabilidad por las cosas malas que puedan derivarse de su decisión de jugarse la vida en otro lugar de la tierra.

Por su parte, los medios de comunicación a duras penas se han ocupado de registrar el impacto de las remesas en el producto interno bruto o de reseñar al detalle los delitos cometidos por colombianos en el exterior.

Nada de reflexión y mucho menos se han inquietado por contar la aventura vital de los nacionales que se inventan un destino lejos de sus lugares de origen.

 

 

De modo que en esa vuelta a casa los aguarda un modelo de desarrollo económico cada vez más trunco, la indiferencia de sus coterráneos y un lema que define al lugar que los expulsó como “Región de oportunidades”.

Pero lo más grave es que muchos de ellos vuelven, después de varias décadas de trabajar lo suyo en los oficios más impensados, sin un peso en el bolsillo y, como en el poema de Gardel y Lepera, “con la frente marchita”.

 

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