Con las manos en la masa

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Con el horno a punto, ch’allamos (brindamos ritualmente) alrededor con cerveza, como se suele hacer con las cosas nuevas, para que esta y las siguientes horneadas sean exitosas. Pocos placeres hay en esta vida como el aroma que va escapando del trigo transformándose en pan al pasar por un horno de leña


 

El último domingo, después de más de un año volvimos a realizar pan en casa, perdonen pero eso de ‘realizar’ se ha puesto tan de moda que resulta pan de cada día.

No hace mucho, recorriendo una calle me topé con un cartelito que decía “realizo techos en policarbonato y calaminas”. En el periódico no es raro hallar anuncios que digan “se realizan tepeados, jardines y paisajismo” así como “realizamos todo tipo de eventos: bodas, bautizos, cumpleaños, etc”.

Todo es cuestión de realización, ya ven. Estaba pensando que debería decirle a mi chica que realicemos el amor,  a ver qué cara me pone.

 

Horno casero. Foto por José Crespo Arteaga

 

Pero mejor volvamos a nuestros asuntos que ya estábamos extrañando ese pan casero elaborado con nuestras propias manos, valga la aclaración. Era momento de estrenar el nuevo horno construido en una esquina del patio.

Los planes estaban dados para la inauguración, en año nuevo a toda fanfarria, pero por los ajetreos que implican esas fechas no hubo espacio para tales menesteres. Con los festejos ya apaciguados y un ambiente relajado, pusimos manos a la labor.

Era tiempo de ir en busca de la batea de madera que languidecía en el depósito. ¿Qué puede ser más auténtico que una batea tallada desde el seno mismo de un tronco, a golpe de azuela, fea por sus desiguales proporciones pero maciza y dura como ninguna?

 

Masa madurando. Foto por José Crespo Arteaga

 

El marido de mi prima, maestro arquitecto del horno y panadero oficial, todo en uno el hombre, preparó la mezcla de levadura y agua tibia, esperando que la alquimia de la naturaleza entre en acción. Posteriormente, con harina negra traída de las colinas trigueras de Ayopaya y manteca vegetal derretida, sus manos firmes como de artesano se hundieron en la masa con determinación.

Era ver y creer lo que significa eso de amasar, aporreando, estirando, de lado a lado, dándole vueltas a la masa cual si fina arcilla destinada a ser moldeada. Para luego despedazarla en bolas a ojo de buen cubero, como hacen todos los que saben del oficio. Que maduren los futuros panes un buen rato.

 

Panes a punto. Foto por José Crespo Arteaga

 

Entretanto fui a pegarle una buena siesta como manda la tradición. Llegué retrasado a la siguiente etapa, los panes crudos ya se habían hinchado lo suficiente como para proceder a aplanarlos.

Mis dedos torpes no se habituaban a la tarea, me había vuelto lento como una tortuga por falta de práctica. Ni siquiera los círculos me salían uniformes, y a veces los apretaba tanto que resultaban demasiado planos. Pero batallaba por recobrar mis antiguas habilidades de ayudante.

No fue posible del todo y tuve que dar una mano de manteca y pinchar con un tenedor para que los panes no se hincharan dentro del horno. Menos mal que me queda el puesto de probador o degustador, me dije con resignación.

Con el horno a punto, ch’allamos (brindamos ritualmente) alrededor con cerveza, como se suele hacer con las cosas nuevas, para que esta y las siguientes horneadas sean exitosas. Pocos placeres hay en esta vida como el aroma que va escapando del trigo transformándose en pan al pasar por un horno de leña. Como seguramente sentían, muchos siglos atrás, los antepasados.

 

Pan casero – tablitas. Foto por José Crespo Arteaga

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