Crónica en marcha: la marcha por la paz a la que toca ir con cascos y con precaución

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Los hechos son claros, y no siempre hay que verlos desde la perspectiva de las causas, sino que a veces se dejan leer al revés, desde las consecuencias, como en este caso: la consecuencia más evidente es el reencauche de un discurso político que es, vive y se prolonga a partir del miedo.


 

El sol cae sobre los bellos cuerpos latinos de los asistentes en todo el país tropical, famoso por sus productos avícolas y campesinos.

Cerdos, gallinas y banano da este país, entre otras variedades de productos que suenan bien para comer con actos de fe antes de la primera cucharada.

Es un país curioso: prolijo en unas cosas y “muy unido” en otras. Utiliza 40 millones de hectáreas para 21 millones de cabezas de ganado, pero le dice con vehemencia NO a la restitución de tierras de unos campesinos que sólo reclaman lo que la guerra les quitó.

Entonces salen airosos los dueños de tierras (la mayoría de los que vociferan muy duro) que condenan como el peor de los crímenes el acto de pedir lo que era de ellos con el argumento, ya clásico, de que están impidiendo el desarrollo de la producción de trabajo y que esas leyes son la puerta de entrada del comunismo internacional, barbudo y marxiano.

 

Foto por Felipe Ospina

 

El país, que tiene bellos paisajes multicolores, que van desde inmensas extensiones de bosque, hasta otras inmensas dimensiones de desiertos, áridos y artificiales, producto de la minería, es tan variopinto como toda su población.

En él encuentra uno de todo, desde uribistas de todos los colores, hasta uribistas de todos los sabores. Porque en este país ser uribista no es un adjetivo, es un sustantivo que define el promedio nacional en sus muy distintos matices, ajustes y salpicaduras.

Creo que es algo fácilmente comprobable si tiene uno el tiempo de dedicarse a conjeturarlo a partir de pequeños actos cotidianos que van mostrando ese curioso perfil, pero pocas veces el país ha tenido una forma de demostrarlo de manera tan certera como en la pasada marcha del 20 de enero.

Aquí pasaron varias cosas que es importante señalar: por primera vez en casi 150 días de un quizás gobierno, el presidente se ha vuelto protagonista de algo, y parece importante, porque se han perdido sus rasgos infantiles, y menos gente se burla cuando lo ve por televisión.

 

Presidente de Colombia Iván Duque. Imagen extraída de Wikipedia.

 

Ya parece un hombre serio. También es significativo el uso político del miedo para la creación de la nación, y ha funcionado, pero también ha dejado al descubierto lo que Colombia es en sus tuétanos más profundos: un país que sigue pidiendo un papá que arregla todo a punta de golpes.

Un país de menores de edad que sienten miedo cuando les muestran los peligros de la libertad.

Los hechos son claros, y no siempre hay que verlos desde la perspectiva de las causas, sino que a veces se dejan leer al revés, desde las consecuencias, como en este caso: la consecuencia más evidente es el reencauche de un discurso político que es, vive y se prolonga a partir del miedo.

Y se aprovecha la coyuntura para un gobierno nacional que se rasga las vestiduras y ensalza las proclamas de unidad nacional.

El mensaje ha calado, pero lo interesante del asunto es ver los que acogen el llamado, pese al evidente sesgo político detrás de la amable convocatoria.

Los primeros en acoger el llamado son los uribistas de pura cepa. De esos que van a las marchas con una camiseta de la Selección Colombia, sombrero y poncho incluido.

 

Imagen extraída de Flickr, autor Medea_material

 

Luego los uribistas más tranquilos, aquellos que describe en una muy buena columna mi amigo Jairo Vera con una animada distinción entre uribistas, uribestias y uriburros.

Estos personajes, machos cabríos, hombres duros que se desgarran el corazón por la fuerza pública porque los necesitan para la guerra de Uribe, que prefieren, y no la paz de Santos, que detestan.

Pero luego, y posiblemente más interesante, se encuentran los del bando blando, light, que han acogido la convocatoria y han asistido sin mucha reflexión sobre el trasfondo de su presencia en un acto de semejante intensidad: lo que se demuestra es que el uribismo no es del colombiano promedio, sino que el colombiano promedio es bien uribista.

Resulta curioso en tal sentido ver a los militantes del Partido Verde en la marcha, esa especie de licuado social entre una izquierda que se llama progresista y una derecha que se avergüenza de decir su nombre.

Esa suerte de progresismo social que invoca el Partido Verde convocó, en esta marcha, una fuerza social que es mucho más compleja que su fuerza política, y es la del colombiano medio, que cede fácilmente, que es oportunista y que es débil intelectualmente.

 

Imagen extraída de Wikimedia. Autor Lucía Estévez

 

Los verdes, que dijeron sí al plebiscito, fácil y voluntariamente fueron llegando a las plazas de la convocatoria política, dando unos buenos argumentos humanitarios que no tenían nada que ver con el hecho político del que se hicieron subsidiarios y partícipes.

Pero lo que queda demostrado allí, es la profunda marca uribista que el colombiano promedio tiene en su corazón.

Son uribistas vergonzantes, que aún llevan en su espíritu la marca del mayoral, del patrón que manda a callar o hablar, del jefe del que todo depende y al que le debemos el agradecimiento por hacerlo todo bien.

Demuestra una profunda desconfianza en nuestras instituciones, que lejos de ser una actitud demócrata, es una natural simpatía por el poder concentrado en un individuo.

Qué lejos estamos de aquellos alcaldes europeos que sufrieron atentados en los años 80 y 90 quienes, que ante el dramatismo de las situaciones, y ante la ineludible pregunta: ¿qué hacer? contestaban, afligidos, pero con orgullo: la mejor respuesta contra el terrorismo es más democracia.

No, en este país curioso, lleno de vegetales y gente extraña, sienten que tienen la autoridad para pedir más guerra, pero no sufrir sus consecuencias, para mandar a la gente a morir, pero morirse de la rabia cuando el horror toca a su puerta.

 

Imagen extraída de PxHere.

 

Qué curioso país de uribistas de todos los colores, calañas, tintes, y acentos (a excepción del pastuso, que parece, a veces afortunadamente, fuera de la órbita nacional).

Desde sus más encopetados feligreses a los más vergonzantes demócratas, que aprovechan de vez en cuando para salir del closet y dar un paseo por la ventana, cuando este tipo de cosas suceden.

 

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