¿Cuál es el colmo de un chef?

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Ja, no existe amistad entre fogones. Que al igual que en el gremio de los escritores, la envidia o mezquindad se cocinan a fuego lento ¿O ustedes creen que los cocineros o chefs comparten, así por así, sus recetas?


 

Probablemente el ser chef sea una de las profesiones más ingratas e irónicas del mundo y eso que, a primera vista, pareciera envidiable desenvolverse entre tantos  elementos agradables y ser el primero en probar o degustar  tantas cosas sabrosas que, naturalmente, se juntan en la cocina.

Un chef casi siempre es el primero en llegar a su lugar de trabajo y el último en retirarse, porque siempre debe estar pendiente de todos los detalles. Aunque puede delegar funciones, eso no lo exime de responsabilidades; un plato, un cocido que salga mal no será por culpa del pinche o ayudante, el desprestigio es para el jefe.

Un chef que se respete a sí mismo no puede ser lento ni displicente, sino ya puede dedicarse a cazar mariposas o estudiar la genealogía de los caracoles.

Para los chefs no hay horarios ni días feriados. Cuando todo el mundo descansa o se va de fiesta, la gente de la cocina es cuanto más trabajo tiene, aunque suene obvio.

 

 

Los chefs, en todo ese maremágnum de ingredientes y cacharros de cocina, seguro que hasta se olvidan de su propio cumpleaños. Y llegado el caso, ¿cómo celebra un chef su aniversario u onomástico? Cocinando, desde luego.

Podríamos decir que debería ser sencillo llamar a un chef amigo para que se encargue de todo. Ja, no existe amistad entre fogones. Que al igual que en el gremio de los escritores, la envidia o mezquindad se cocinan a fuego lento ¿O ustedes creen que los cocineros o chefs comparten, así por así, sus recetas?

Así le sucedió a mi prima la chef, el último fin de semana, que entre ollas y manteles pasó la jornada de sus 24 primaveras y, aun más, desde la víspera estuvo yendo de compras y preparando minuciosamente los materiales para el almuerzo del día siguiente, como si los homenajeados fueran los invitados y no ella.

Es fácil imaginar que gran parte de la mañana estuvo metida en la cocina, horneando y realizando otras actividades en la mesa.

 

 

Entretanto, nosotros, íbamos llegando y tomando asiento, todos muy cómodos, gorrones y badulaques algunos que sólo atinamos a estirar el brazo, a la par que iniciábamos el banquete bebiendo fernets como aperitivos.

A la hora de la comida, por supuesto que la chef se puso a servir, y eso que se había cambiado de ropa y puesto elegante, fiel a sus principios de profesión, pues estaba en juego sus habilidades y, por sobre todo, su orgullo personal.

Sobra decir que se lució con el plato que nos había preparado.

Por primera vez la carne, un apetitoso bife chorizo a la parrilla que uno de los hermanos había asado a modo de alternativa, me decepcionó un tanto: ni la más suave de las terneras puede competir con un lechón jugoso que se deshace en la boca al primer mordisco.

 

Cerdo al horno en su jugo, adobado en salsa soya, vino y pasas de ciruela. Foto por José Crespo Arteaga

 

Mágica salsa agridulce, con regusto de vino y ciruelas, completaba ese mar de sensaciones divinas, a ratos dulce, a ratos agrio, a ratos indescriptible.

 

Ensalada de zucchini con queso rallado. Foto por José Crespo Arteaga

 

La frescura de la ensalada, como perfecta antítesis, nos transportaba hacia otros límites, mientras unos bocados de arroz chaufa añadían su toque neutral.

 

Cerdo agridulce con arroz chaufa, suculento a primera vista. Foto por José Crespo Arteaga

 

Rematamos la faena con ron caribeño, pura evocación de caña morena, y unos peces de hielo para acompasar la tarde calurosa.

Cantamos el cumpleaños feliz y sirvieron el postre: una oportuna torta helada que todos hicimos desaparecer en un santiamén. Menos mal que el pastel alguien tuvo el tino de encargar.

 

Postre de Torta helada con chispas de chocolate. Foto por José Crespo Arteaga

 

Si lo hubiera elaborado la cumpleañera, hubiera sido el colmo de los colmos.

 

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