Cuarentena en México o el sabor de las lágrimas

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Por: Carlos Ernesto Martínez

6 de julio del 2020.- Como lo marca mi agenda, mi primera actividad del día fue llorar de 8:30 a 9:00. Es  algo que llevo realizando desde hace más de cien días, desde que estoy encerrado en casa; pero hoy me costó emprender esta acción.

En las últimas dos semanas de marzo y en todo el mes de abril, podía llorar de manera holgada: en posición fetal, abrazando una almohada mirando el techo, con la cara hundida en un almohadón, en el balcón mientras escuchaba a Armando Manzanero, no hubo posición de llanto que no probara pero desde hace unas semanas, aunque repita posición o lugar de mi casa, de pie o en la ventana, no fluye, no escurre bien.

Antes de ir más allá, dejaré constancia de que no he tenido una vida mala o triste: al contrario, mi familia y gente cercana ha procurado que sea feliz (lo he sido) y he tenido malos ratos, como todos. Sin embargo, entendería que alguien plantee ¿cómo es que pudiste llorar casi 90 días de manera ininterrumpida en un horario tan exacto? La respuesta es fácil, creo, soy un coleccionista de motivos tristes.

No hay más.

Foto por formulario PxHere

La felicidad es muy dicharachera, es como ver a alguien por la calle bebiendo una Coca-Cola de lata o a alguien tomando una cerveza que parece tobillo de albañil: se antoja. Y fácil te puedes apropiar de la felicidad ajena y que se note en una sonrisa.

Pero la tristeza no es igual, a la tristeza se le rehuye como a mendigo en crucero “ahorita no, gracias”.

Y creo que por eso, uno se encuentra con escenarios donde es necesaria la tristeza pero no sabe qué hacer, cómo comportarse o qué decir. He visto a los grandes extrovertidos de mi generación petrificarse ante la tristeza como zarigüeya ante un depredador. Yo era igual, pero de años para acá me he dedicado a recopilar motivos tristes para darles una utilidad, una segunda oportunidad de existir.

Me explico. Hace unos años comencé mi vida de “activo funerario”. Cuando era menor de 14 años, cuando alguien fallecía me llevaban a la misa solamente, a los servicios fúnebres, bueno, me tocaba quedarme en casa de alguien o solo en mi hogar. Pero pasados los 15, y a la fecha -mínimo una vez por año-, es que si se muere alguien y lo van a velar, tengo que ir. Y no me mal entiendan, puede que quizás la urna o el ataúd me sean indiferentes o no me generen tristeza, pero la tristeza de las demás personas “los que se quedan” me provoca algo, siento en verdad su pérdida, considero que soy empático con su dolor.

Pero entramos en un problema ¿cuándo fue la última vez que escucharon decir “mira, esa persona de ahí se ve empática”? Estar pensando puede llevar a tomarse la barbilla. Dudar a fruncir el ceño. Estar feliz a sonreír ¿Y la empatía qué?

Es por eso que ser coleccionista de motivos tristes resulta útil, uno puede traer algún motivo/recuerdo a la memoria y llorar, lo que lleva a abrazar con mayor sentimiento a la persona y hacerle sentir que no está sola.

Pero ahorita no es el caso, estoy encerrado en mi casa, privado de experiencias y estímulos, tuve que recurrir a mis reservas de motivos y se me están acabando. He tenido que apelar a motivos sintéticos que solo dan tristeza falsa que se manifiesta como lágrimas con sabor extraño.

Foto por formulario PxHere

Hoy, por ejemplo, al abrir los ojos, miré por mi ventana y entraba un sol abrasador, sentí mis manos encallecer y me llené de sudor; así uno no puede ponerse triste. El calor, al menos en mí, inhibe casi cualquier emoción y sentimiento, solo me queda la repugnancia a cualquier temperatura más allá de los 23 grados.

Pero aún así lo intenté.

Vino a mi memoria mi acto académico del kinder, mi mamá, para festejar que había terminado ese tormento (nadie me advirtió que vendrían más años de escuela…) me regaló (quiero pensar que como compensación) dos megazords de los Power Rangers y al que era mi mejor amigo de aquel tiempo no le dieron nada. Traté de que ese motivo fuera suficiente para llorar con tristeza genuina, por la tristeza que debió sentir él, pero estaba siendo hipócrita.

Nota: Si un día ven a alguien llorar pero dudan de la veracidad de su llanto tomen una lágrima y pruébenla, saboréenla, juéguenla en la boca como si de vino se tratará. Deben de percibir un sabor salado con notas de hierro y un ligero vigor a glóbulo blanco. Por el contrario, si sienten un sabor a Tajín y jericalla, esas lágrimas son falsas; llevó más de diez días con ese sabor en la boca.

Y alguien podría preguntarse :¿por qué quieres llorar todos los días? Y la respuesta ya no es tan sencilla, solo se siente bien; el planeta sigue girando pero pareciera ser que la vida humana se ha detenido y lo que es peor, para muchos se detuvo inclusive desde antes de la pandemia.

El confinamiento no solo está quitándome mi cotidianidad y las experiencias de una vida sino que, peor aún, hasta se está llevando mi colección de motivos, ¿qué pasará en el día cuando ya no tenga motivos para llorar? Solo espero que pueda sobrellevar lo que resta de la pandemia. Cuando pueda salir de aquí, recolectaré motivos con más ahínco, no vaya a ser que de nuevo a alguien se ocurra comerse un estofado mal hervido de un animal sin identificar y tengamos que repetir el ciclo.

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