De los dolores de Colombia y la salida del síndrome post traumático.

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Tomado del periódico: www.unpasquin.com

Es evidente que los colombianos vivimos un profundo estrés post traumático. 

O, tal vez, no es tan claro para todos los que estamos involucrados, y menos para quienes administran y han estado por años al frente del poder político y del sector público, en donde se toman las decisiones que nos rigen como sociedad. 

Psicoanalistas como Boris Cyru-lnik han trabajado ampliamente este tema. Cyrulnik es conocido mundialmente por la difusión relativa a la resiliencia. Pero este concepto, que es en mi opinión muy potente, ha sido manipulado indebidamente, manoseado sería más justo decir. 

Este postulado, que tiene que ver con los traumas profundos y la manera de salir de ellos, se presenta como una opción de sanar las heridas psíquicas, para no quedarse eternamente orbitando en lo que sucedió. 

Esto último es lo que, en mi opinión, nos pasa en Colombia, volvemos una y otra vez sobre el dolor, innegable por supuesto, sobre la rabia y el terror, que son sentimientos asociados a la violencia que hemos vivido y que están totalmente justificados ; pero no estamos trabajando o estructurando una salida colectiva del estado traumático. 

Este tipo de proposiciones las han hecho otros psicoanalistas, como Viktor Frankl, quien narró su experiencia, desgarradora y límite, como prisionero Nazi en los campos de concentración. El Hombre En Busca De Sentido es un libro que no niega el dolor, pero plantea justamente cómo los seres humanos tenemos la capacidad darle sentido a nuestra existencia, aún en condiciones desesperadas. 

Estas dos propuestas conceptuales, que provienen del psicoanálisis, difieren en que para Frankl el sentido está en el interior de uno mismo, y para Cyrulnik está afuera, en una especie de guía que el autor denominó en su último libro La Nuit J’ecrirai Des Soleils como el hecho de tener “una estrella de belén”. Un propósito que, si bien nos involucra, es relativamente externo, y consiste en tra unas metas u objetivos, si se quiere ambiciosos, pero que nos van remontando, sacando del hueco, y aligerando el esfuerzo de la salida porque, en todo caso, se tiene en el horizonte ese faro que es guía, ilusión y esperanza.

En último término, la vida es eso. Somos nosotros mismos quienes a través del lenguaje damos forma al vínculo social. Es a través del lenguaje, origen de la existencia de lo humano, fundamento y vehículo de nuestro pensamiento y nuestra convivencia, que nos otorgamos el sentido de vivir.

Por tanto, nos convendría reflexionar sobre este aspecto, que va desde la política hasta las artes, de las decisiones públicas que rigen nuestra convivencia a la narrativa expresada en nuestra literatura.

Y sí, estoy convencida, nos hace falta emprender un camino de sanación masiva del trauma relativo a la violencia que hemos sufrido durante tantos años. 

Me dirán los que se apostan en todas las esquinas empuñando sus caucheras que la violencia sigue, que no hemos salido de ella. A ello podría responder sí y no. 

Porque en mi opinión es innegable que el proceso de paz con las FARC ha significado un cambio, un punto de quiebre, un corte con la lógica exclusiva de las armas y una proyección hacia el debate político, y aunque con muchos tropiezos, un paso adelante, en todo caso. 

No quiero por ello afirmar que esta nueva etapa sea irreversible, al contrario, es frágil y podemos ir fácilmente hacia atrás. 

Justamente, para garantizar que el proceso continúe, no basta llamar a la unidad, a un supuesto “cambio”, a una identidad nacional que apenas si se sostiene, o la construcción de una autoestima que, claramente, nos falta. 

Ningún ser humano sumido en el trauma y que no haya sido capaz de darse o encontrar poderosas razones para salir de él, está listo para tener auto estima o para cambiar. Nos encontramos como nación en un modo de supervivencia sicológica, de delicada inestabilidad psíquica. 

Y no nos llamemos a engaños, es justamente esa debilidad mental, socialmente compartida, a la que siguen apelando los extremismos de todas las orillas, instigándola con el combustible que le es más propicio: una mezcla calculada entre rabia y miedo. 

Salir de ahí requiere darle forma a un nuevo relato, que sustente una etapa diferente de nuestra historia como sociedad. Pero el primer paso sería, sin duda, una sanación psíquica colectiva, consciente y bien dirigida, acompañada y voluntariamente asumida. 

Sino se encara esta necesidad con el debido rigor y el compromiso de llevarla a cabo, el riesgo de volver a un escenario de guerra generalizado, con más y poderosa presencia en los centros urbanos, estará siempre vigente; ya sea como realidad, o como justificante, espectro que causa indignación o pánico. Justo sería comprenderlo y recordarlo: no existe instrumento más rendidor para los populismos de todos los extremos que explotar este estado de ánimo colectivo en el que hoy sigue sumida la nación colombiana. 

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