Degustar: cuando la vida te sabe a pura delicia

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Una nota para disfrutar salivando


 

No hemos venido a la vida para pacer como herbívoros, para pasar la mayor parte del tiempo masticando hierba y más hierba. O para devorar carne cruda hasta el empacho como las fieras 

¿Saborearán los animales?

Cuando un león se relame las patas cubiertas de sangre de alguna presa, ¿lo hará por placer o por puro instinto? Los biólogos marinos afirman que la sangre incita a los tiburones, ¿será un rastro de sabor lo que hay en el agua o sólo obedecen a su increíble olfato? ¿Serán capaces de distinguir y decirse: “humm, este olorcito sabe a atún, mi platillo favorito” o “este aroma me recuerda a pierna humana, un bocado exótico pero delicioso desde todo punto de vista”? Tantas veces hemos oído decir que algún tiburón parece haberse cebado con carne humana por sus puntuales ataques a bañistas. Lo mismo de algún solitario león que siembra el terror en ignotas aldeas de África.

 

 

Pero dejemos a los científicos con sus divagaciones temáticas mientras nosotros nos concentramos en tareas más mundanas, y más suculentas, desde luego. Hay momentos que uno se reconcilia con la vida, después de tantos sinsabores que ocurren a cada rato. Puedo uno estar con la moral por los suelos y viviendo experiencias amargas, cuando de pronto un peculiar aroma, un sabor evocador, acuden imprevistamente al rescate. En los momentos que uno más se aburre, un plato de comida o un simple bocado pueden ser la salvación. Personalmente, cuando más me agobia la existencia y más me pesa el cuerpo como un plomo, una cucharada de una sopa caliente obra como magia, guardada quizá en un rinconcito de la memoria.

 

 

Puede ser que en un intervalo dado la apatía esté haciendo mella en el espíritu, cuando de repente una probada a una insignificante lámina de salmón ahumado nos trae recuerdos de tierras impensadas, de bosques boreales con dejos musgosos y colores otoñales. Una explosión de sabores que dejan nuestra mente casi enloquecida. Paladar y cerebro parecen danzar en perfecta comunión, a la velocidad de un relámpago.

 

Ensaladilla de salmón, olivas negras y pimientos en escabeche.

 

Es ahí cuando caemos en cuenta de que habíamos estado vivos, de que no sólo somos una máquina de tragar, sino que hay algo más detrás de ese proceso llamado alimentación. Si no me creen, vean estas imágenes de los pequeños placeres que he ido acumulando a lo largo de este mes sin publicar en el mundillo del Internet. Si la sola vista o contemplación de las fotografías provoca sensaciones y reacciones diversas en los lectores, con mayor razón llenaron de dicha el alma de este afortunado; peleado a menudo con el mundo que le rodea, pero singularmente salvado por estos pequeños regalos que le concede la vida. A disfrutar salivando, entonces.

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