Día de la Pereiranidad: La piel de las calles

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El escritor argentino Martín Caparrós definió una vez al buen cronista como “Un gran mentiroso”. Pero no se refería al acto de falsear los acontecimientos, sino a la voluntad inalienable de contarlos a su manera, es decir, con el sello de su estilo.

A pesar de su corta edad- un siglo y medio apenas- son muchos los autores que se han ocupado de contar la Historia de Pereira. Desde profesionales como Jaime Jaramillo Uribe, hasta maestros de la anécdota como Euclides Jaramillo Arango, pasando por cronistas  de la índole de Ricardo Sánchez o Luis Carlos González. Todos  ellos nos relataron a su modo las transformaciones experimentadas por la ciudad, desde su segunda fundación en 1863 hasta los años setentas del siglo XX. Mientras que al autor de  La Ruana esos cambios le generaban una amarga nostalgia por tiempos que consideraba mejores,  Jaramillo Arango los interpretaba en clave de ironía. No podía ser de otra manera: su formación y su visión del mundo eran muy distintas.

Entre todas esas voces, destaca una ignorada hasta hace poco. Se trata de la obra de Lisímaco Salazar, rescatada en buena hora con motivo de  celebración de los 150 años de Pereira en 2013. Pedacitos de Historia, es el título del libro, precedido de una juiciosa presentación por parte del poeta, ensayista y periodista Mauricio Gómez Ramírez. El prólogo nos ubica en la ciudad que le sirviera de materia y pretexto de escritura a Salazar: aquella que empezó a verse a sí misma en las transformaciones llegadas de otras latitudes entre los años de 1905 y 1930.

Edición de Luz Adriana Carrillo, José Fernando Marín & La Buhardilla, Ricardo Montoya, Mauricio Ramírez, Héctor Salazar, Jován Salazar, Nelson Salazar y Joel Valencia
Pereira, 256 páginas
ISBN 978-958-46-3545-7

Como el de todo buen cronista, el trabajo de Lisímaco Salazar se soporta en una lucha por conjurar los designios del tiempo cuya única vocación, bien lo sabemos, es el olvido.

Con un lenguaje limpio y despojado de cualquier intención retórica el autor nos lleva, a través de una sucesión de nombres y situaciones, a las pocas calles de una ciudad que, recién fundada, tenía que habérselas con el impacto de las convulsiones políticas y los desarrollos tecnológicos que cambiarían para siempre la visión del mundo de unos hombres acostumbrados hasta entonces a complacerse en la contemplación del propio ombligo.

Pero lo suyo no es un simple inventario de personajes y  sucesos. Cada capítulo es un detallado viaje a la entraña de quienes dejaron su impronta en la historia de la ciudad. Hombres como Ignacio Torres Giraldo, cuyas ideas de izquierda sacudieron las conciencias de una aldea conservadora, o el poeta Julio Cano Montoya, piedra fundacional de lo que después sería una tradición: la escritura de versos que con Luis Carlos González Mejía cerraría un ciclo en el quehacer literario de la ciudad, para dar paso a expresiones más propias de la modernidad.

En Pedacitos de Historia recorremos  unas calles donde reina la quietud… hasta que irrumpe con su estrépito un monstruo de metal como heraldo de los tiempos por llegar: es un automóvil conducido por el mecánico Colaco, expresión física de un antes y un después. El antes de  la aldea de agricultores, mineros y tratantes de ganado y el después de los comerciantes y pequeños industriales, cuyas actividades habrían de marcar algo así como una seña de identidad de Pereira y sus habitantes, hoy cuestionada por quienes ven en ella un concepto bastante estrecho. Son en total 252 páginas a través de las cuales nos asomamos a la aventura vital de hombres como el médico Santiago Londoño o las señoritas Pérez, al tiempo que presenciamos los primeros contactos con la cultura universal- global, le decimos ahora- a través de las presentaciones de ópera en el Teatro Caldas. Con esa materia, con la piel de las calles, se tejieron estos  Pedacitos de Historia que hoy nos devuelven  a una parte esencial de nosotros mismos

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