Diana Alzate: una maestra y guitarrista colombiana en la Ciudad de la Música en París

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Diana revalida cada mañana esa convicción: La razón de que todos los humanos necesitemos de la música


 

 Lo primero es el ritual

 

Cuando el avión cruza la mitad del océano  Atlántico rumbo a Colombia, Diana Alzate siente que un aroma la recorre cuerpo adentro y la llena de un sentimiento parecido a  la dicha terrenal: es el olor de la arepa caliente que la acompaña desde la temprana infancia como una suerte de vaho protector.

Entonces se anticipa en imágenes el ritual completo: el abrazo con Guillermo, su padre; con Isabel Cristina, la madre; Marcela, su hermana y con él consentido de todos: el pequeño Martín, su sobrino.

Veterinario el primero, funcionaria pública la segunda, arquitecta la tercera y experto en pilatunas el último, todos acuden con igual dosis de afecto al encuentro de la muchacha que un día empacó un par de juegos de ropa y cruzó los mares siguiendo una vieja consigna aprendida en la infancia: voy donde la música me lleve.

A partir de ese momento, Diana Alzate, guitarrista, maestra de música y etnomusicóloga se consagrará a acumular recuerdos que le servirán, una vez regrese a Francia, para mantener el contacto con su tierra y los suyos sin sucumbir a las trampas de la nostalgia.

 

Foto: Diego Val

 

Para eso recorre sin afanes las calles de Pereira. Se detiene frente a una de esas vitrinas donde ofrecen golosinas de sal que se le antojan una estampa viva de la infancia. O se da un par de vueltas por el Lago Uribe un domingo por la tarde, cuando el lugar, invadido por niños y adultos que juegan a serlo recupera su viejo aliento de pueblo pequeño.

Si le queda tiempo, emprende la breve cuesta que lleva del centro al barrio Corocito y se regala la visión impagable de los atardeceres que arden allá al fondo, en el Valle del Cauca.

 

Como un Pentagrama

 

Foto: Diego Val

 

Después de que las pugnas politiqueras condujeran al cierre del conservatorio de Armenia, ciudad donde vivían por esos días, sus padres, alcahuetas siempre con el talento de sus hijas, las matricularon en un centro de formación en Pereira conocido como La tía Mónica. En ese lugar, Marcela y Diana desarrollaron sus destrezas con la guitarra. Años más tarde Marcela decidió seguir el camino de la arquitectura, con sus particulares formas de la belleza: las sinuosidades y los ángulos.

 

“Yo sí tenía claro que atendería al llamado de la música y mis padres siempre respaldaron mis decisiones. Eran ellos los que buscaban las mejores escuelas y los maestros. Sobre esto último debo decir que en mi camino se cruzó un hombre sabio cuyo nombre de pila olvidamos porque todos lo conocíamos como El maestro. Maestro por aquí y maestro por allá. Fue él quien me guió en la decisión de partir a estudiar música en la Universidad del Cauca, donde me quedó más claro que nunca que lo mío sería la investigación y la pedagogía. A eso estoy dedicada hoy en una institución francesa denominada La ciudad de la música, una entidad enorme en tamaño y calidad, que cumple entre otros objetivos con la conservación de los instrumentos y la difusión del patrimonio musical del mundo enero.

“En esa tarea me acostumbré a ver el mundo como un pentagrama en el que todos los seres humanos escribimos las notas negras y blancas de la propia existencia. Por algo se ha dicho desde el comienzo de los tiempos que todo tiene música. Eso se vive tanto al interpretar las composiciones de los viejos maestros de la guitarra como al incursionar en la gama infinita de las músicas tradicionales. Lo mismo en los ritmos rurales de Latinoamérica como en las nuevas corrientes forjadas por los habitantes de las grandes ciudades.

“Si uno les presta atención no tardará en descubrir que, tal como lo vienen haciendo hombres y mujeres desde hace siglos, las nuevas generaciones buscan en la música alguna clave para conectarse con algo muy esencial de sí mismas. Una historia hecha con dosis iguales de dicha y dolor, como le pasa a todo el mundo”.

 

Rumor de hojas

 

Foto: Diego Val

 

Un rumor de hojas acariciadas por el viento. O un rumor de viento envuelto en hojas. Eso es lo que conserva su memoria temprana de los primeros dos años de su vida, transcurridos en Santa Rosa de Cabal, la población donde nació. Luego sus padres andariegos emprendieron una aventura que los condujo a Pereira, a Armenia y a Ibagué.

Para entonces Diana ya había aprendido a volar sola.

 

“Como le decía, fue el maestro quien me convenció de que la siguiente etapa de mi formación estaba en Popayán. Al tiempo que mejoraba mi interpretación de la guitarra, adquirí los fundamentos pedagógicos que me han permitido compartir la enseñanza de la música con personas de todas las edades y, sobre todo, con los niños”.

 

Entre esas experiencias está su trabajo con la Fundación Batuta, una propuesta musical cuyo impacto ha trascendido las fronteras de Colombia.

 

“Fue a través del maestro Farid Lozano como logré contactarme con Batuta en Pereira. Ese modelo no solo me permitió poner en práctica lo aprendido en la universidad sino que me dio la visión de lo inabarcable de la música y, por lo tanto, de ampliar todo el tiempo los horizontes. Estructuras como las preorquestas, los Batubebés, los juegos, las dinámicas de iniciación y el trabajo colectivo me permitieron mantener viva la disposición de estar siempre remitiéndome a las fuentes primigenias de la música que están a todas horas latiendo en el interior de nuestro propio ser”.

 

Tambores en la noche

 

Foto: Filarmónica París

 

El centro de ese latido está en el propio corazón. Los tambores de todo el mundo se conectan con esa esencia una y otra vez. En La Sala de Conciertos Filarmonía de París, Diana revalida cada mañana esa convicción: La razón de que todos los humanos necesitemos de la música alienta allá en lo profundo de nosotros mismos: en el rumor de la sangre al correr, en el aire tibio que surca los pulmones y en el latido de ese tambor universal llamado corazón.

 

“Cuando participo en los talleres de tambores Sabar, de Senegal, o con los percusionistas llegados de Brasil, así como con los cantos de Colombia siento que algo muy antiguo se expande y cobra vida. Algunos lo llaman el espíritu de la música y creo que les asiste toda la razón.   Y aunque mi formación básica está en la guitarra clásica todos esos sonidos del mundo se me antojan una corriente de muchos ríos que al final se juntan en un mismo mar: el de la música toda”.

 

La canción de la tierra

 

Foto: París Bohemio

 

Para eso, para comprender y compartir la esencia de todas las músicas de la tierra, ya instalada en París, Diana Alzate estudió etnomusicología.

 

“En Colombia no había oportunidad de ahondar en esos terrenos. Para suplir esa carencia, frecuenté disciplinas como la antropología y la sociología. Remitirse a las raíces, conocer el entorno en el que se da la creación musical siempre ha sido algo esencial para mí. Cuando se me dio la oportunidad de estudiar musicología ya tenía las bases y eso me permitió profundizar con mayor seguridad. De ahí en adelante, más que un compromiso académico, el estudio se convirtió en una aventura. Incursionar en lo que los anglosajones llaman Work Songs, resultó una revelación. El mundo de las mujeres recolectoras de manzanas en el País Vasco.

El de los trabajadores en las minas de diamantes en Sudáfrica. El de los plantadores y recolectores de algodón en el sur de los Estados Unidos. El de los vaqueros en los llanos venezolanos y colombianos. Bueno, uno podría recorrer todos los países del mundo y, de acuerdo al lugar, encuentra cantos y ritmos relacionados con las actividades de la gente. Las canciones del trabajo y las del descanso. Las de la alegría y las de la tristeza. Mejor dicho: los relatos y sonidos de que está hecha la vida”.

 

Y dale alegría a mi corazón

 

Foto: Primera Edición

 

Cuando no anda en plan de trabajo, Diana le da vía libre a otros amores musicales. Entre estos ocupa un lugar especial el rock del sur del continente, en especial el del viejo Luis Alberto Spinetta. En otras ocasiones frecuenta el jazz, los ritmos caribes, la samba, el bolero.

 

“A fin de cuentas, por más distantes que parezcan las músicas del mundo entero se conectan en algún tiempo y lugar. Es como el Gamelán, ese formidable instrumento natural de Indonesia. Está ensamblado sobre una base de metal y bronce y se toca colectivamente. Ocupa varios metros cuadrados y para interpretarlo se necesitan, mínimo, quince personas. Creo que el Gamelán viene a ser un símbolo de la música: Por solitario que parezca el intérprete, siempre está conectado a una multitud, no solo en el espacio sino el tiempo. A la vez que nos conecta con otros lugares de la tierra, la música es, por definición, un viaje en el tiempo”.

 

París es una fiesta

 

Fuente: CDN

 

Delgada, cálida, buena degustadora de café, Diana Alzate escruta el mundo desde el fondo de unos ojos claros habituados a ver el paisaje como una suerte de pentagrama. Lo suyo es un presente perpetuo. Cuando cruza el Atlántico de vuelta a su trabajo aprovecha cada minuto para convertirlo en aprendizaje. Para ella, como en el título de la obra de Hemingway, París es una fiesta. Y trabajar en una entidad como la Ciudad de la Música es una forma de confirmarlo.

 

“Una de las grandes riquezas de estar en Europa es el contacto permanente con la migración y lo que ésta representa: diversidad cultural, etnias, gastronomía, religiones, creencias y, sobre todo, músicas, muchas músicas. Para que las personas se hagan a una idea pueden imaginarse miles y miles de instrumentos. En el caso de la música clásica podemos remitirnos al siglo XVII. Y en las músicas tradicionales ni se diga: estamos hablando de cientos de siglos. No por casualidad, distintas instituciones francesas celebran cada año por el mes de junio La Fiesta de la Música. Aunque insisto en que, dadas la diversidad y la fertilidad, debemos hablar siempre de La Fiesta de las músicas.”

 

En esto último coincide con sus colegas colombianos residenciados en Francia. Aprovechando las subvenciones que ese país le ofrece a la cultura, cada año llegan músicos y agrupaciones provenientes de todos los rincones de Colombia. Si usted recorre París un fin de semana se los encuentra en bares y pequeños teatros interpretando todos los ritmos imaginables: champetas de Cartagena de Indias, joropos de Arauca, Vallenatos de la Guajira, puyas del Magdalena, pasillos del Altiplano y alabaos del pacífico. Es como si un dios pródigo abriera de repente los grifos del delirio musical.

 

En la ciudad de la música

 

Foto: Diego Val

 

Un museo de instrumentos musicales. Dos salas de conciertos, una de ellas entre las más importantes de Europa. Un programa de conservación y difusión de las músicas tradicionales. Talleres de iniciación musical a los que llegan las familias con bebés de tres meses. Esto y mucho más encuentran los visitantes a La ciudad de la música, ubicada en el barrio 19, al noreste de la capital francesa.

Como si le tuvieran un lugar reservado desde los días de su temprana infancia en Santa Rosa de Cabal, Colombia, Diana Alzate entró un día a sus instalaciones y se dedicó a trabajar con el ahínco de quien sabe que ha encontrado su lugar el mundo. Compartiendo con esos grupos que exploran instrumentos poco antes desconocidos, admite que en cada uno de sus pasos hubo una persona, una institución que le ayudó a encontrar el camino.

 

“Los primeros, claro, fueron mis padres y mi hermana Marcela. Luego, en Armenia, me crucé con El Maestro, así a secas. Más tarde me encontré con el maestro Farid Lozano en la Fundación Batuta, en un convenio desarrollado con Comfamiliar Risaralda.

“Y ahora me encuentro en La ciudad de la música, todo un universo movido por relatos, instrumentos y ritmos que van desde Chile hasta México; de Portugal a Turquía, de Alaska a China. Estas y otras cuantas más son buenas razones para sentirme agradecida con la vida.

“¿El siguiente paso? Bueno. Será donde la música me lleve.”

 

Oír entrevista completa en Ecos 1360.

 

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