#CiudadaníaActiva: El año aplazado

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Este año aplazado ha sido, en su inmovilidad aparente, más agotador que sus frenéticos congéneres anteriores.

Mi sensación es que hasta febrero de 2020 vivíamos una carrera sin tregua, todos con la lengua afuera yendo de un lado para otro, como una especie de hormiguero en pleno derrumbamiento. Y luego, un marasmo, pero no uno atolondrado, sino expectante, ansioso, lleno de inquietud. Así se vivieron los primeros días, tal vez meses, del confinamiento obligatorio.

Encerrados, algo inédito, mirando por la ventana unas calles sin tráfico, vacías de ruido y de polución, eso nos hizo soñar, y mitigar en algo el miedo a lo incierto del porvenir.

Foto por formulario PxHere

Surgieron tantas preguntas en esos días de obligado recogimiento: ¿Habrá escasez de alimentos y suministros?, ¿Se incrementará la violencia?, ¿Cambiará nuestro estilo de vida drásticamente?, ¿Desaparecerán reglones completos de la economía? ¿Volverán a ser las ciudades como las conocimos antes de la pandemia?

Todos esos cuestionamientos nos los hacíamos en el recogimiento provocado por la cuarentena, y hasta guardamos un espacio para el optimismo y para pensar que las cosas podrían ser distintas a la manera cómo hemos pensado que deberían ser, sin hacer mayor cosa para lograrlo.

Sería tal vez un compendio de sentimientos instigados por el miedo, de culpas que se agolparon en ese momento y buscaron redención. Aunque, como estas emociones no se concretaron en nada realmente útil, quiere decir que no se hizo nada, y no se hace ahora, para remediar ninguna de las situaciones que claramente se vislumbraron como irregulares en ese tiempo detenido de la cuarentena.

La realidad es que todo seguirá igual, o, peor.

Mientras el distanciamiento social nos obliga a obrar con una disciplina personal que no conocemos, al tiempo que intentamos por todos los medios retomar el pasado como si nada, y que hacemos conejo a las normas e imposiciones, otros graves problemas aumentan. La anomia, por ejemplo, que se hace evidente en el desacato deliberado de las normas ciudadanas. O la corrupción. O la desinstitucionalización de toda nuestra sociedad. O las trampas a la democracia que derivan en marcados autoritarismos amparados en los decretos de emergencia. Y, uno de los aspectos más preocupantes de toda esta situación, la pérdida de la confidencialidad, la disolución de la intimidad.

Es decir, pongámonos de acuerdo en aceptar que ninguno de nuestros gloriosos sueños de cambio tiene pinta de suceder. No disminuirán ni las congestiones ni las emisiones de carbono. Todo lo contrario: aumentarán, amparadas en la necesidad de evitar el contacto social que se da en el uso de transportes masivos, por ejemplo. Igual, las industrias contaminantes seguirán emitiendo sus desechos y ahora aún más, puesto que el mandato de salvar la economía se impone.

Foto por marcello migliosi formulario PxHere

La desigualdad va a aumentar drásticamente, lo están advirtiendo todos los organismos multilaterales como la ONU o la CEPAL. Y estas inequidades, ahora serán aún más odiosas, puesto que los que tienen con qué pasan el encierro en sus viviendas de lujo, mientras que, por lo menos en América Latina, la mayoría se encuentra confinada en escasos metros cuadrados, con la gravedad de que lo están como siempre sujetos a una carencia dramática de espacio público.

Y esto vale no solo para los estratos más bajos de la población. Es igual para todo aquel que hoy habite en la ciudad y no en los perímetros suburbanos.

De la corrupción ni hablar. Ya en el inicio de la cuarentena nos arrasaron las noticias de los alcaldes que, por todo el país, usaron los recursos de la emergencia para hacer sus tradicionales “torcidos”.

Los últimos meses nos han llevado ya a escenarios delirantes, lejanos de nuestras antiguas y reflexivas preguntas. Basta solo con recordar las multitudes apiñadas a las puertas de los grandes almacenes, intentando llevarse de primeros un televisor de muchas pulgadas, solo porque ese día el gobierno, en una medida que sólo puede calificarse de irreflexiva, intentó echarle la mano a los comercios de gran escala, que en general son propiedad de multinacionales, para que vendieran copiosamente productos importados.

Con ese ejercicio en lo económico poco o nada se logró; y en cuanto a su contribución a la expansión de la epidemia, no creo que exista trazabilidad posible, aunque podría considerarse evidente. Pero lo peor de ese episodio fue la triste revelación que recibimos acerca de nosotros mismos, de nuestra inmediatez, de nuestro grado sumo de ignorancia y alienación.

Y no podemos olvidar el extremo del delirio: el registro exhaustivo de los datos personales, la toma interminable de la temperatura corporal, la desinfección de los contornos del mundo. Al mismo tiempo la población intenta escapar, se pone mal el tapabocas o no lo usa, y se arroja a las compras y a la calle a rescatar algún reducto de estabilidad sicológica en el consumo y el esparcimiento social, actividades que por demás son superfluas en este momento desde la perspectiva de cualquier mente sensata.

Foto por ContentAl formulario PxHere

 Pero la sensatez, como las vacunas y los tratamientos para contrarrestar la Covid 19, aún no nos llega.

En todo caso, mucho de lo que temimos aún no se ha presentado. Hasta ahora no parece haber escasez de alimentos; por el contrario, si a algún reglón de la economía le ha ido bien en este periodo es a los supermercados y, en general, a quienes venden comida y suministros para el hogar. Tampoco se ha incrementado la violencia, aunque esperamos lo peor cuando empezaron a circular esos videos de desplazados venezolanos y otros grupos sociales amotinados frente a la Alcaldía de Pereira, que exigían atención al grito de “comida, comida”.

Tal vez el miedo funcionó en alguna medida, y la compra y repartición de mercados que se dio masivamente en los primeros días de esta emergencia, palió en algo la situación de los miles de trabajadores informales que se quedaron sin el poco sustento diario que antes se rebuscaban en las calles de la ciudad.

A lo mejor no todo ha sido malo y nos quedarán algunas lecciones, aunque por ahora no se vean claramente. Lo que sí es cierto, es que lejos de cambiar, nuestro insostenible y exaltado estilo de vida continúa inmutable y en ascenso, ahora con la novedad de que mucho de ello sucede en la virtualidad.

Irremediablemente sujetos a la pantalla del ordenador, mientras nos disolvemos como individuos en el hiper registro de nuestros datos, y en la trazabilidad total de nuestra cada vez más virtual vida cotidiana, perdemos la lucidez intentando hacer como si nada de esto hubiera sucedido, lo que retrasará, quién sabe hasta cuándo, la necesaria toma de conciencia colectiva de esta nueva realidad que nos ha llegado.

14 COMENTARIOS

  1. El artículo me muestra unas realidades que existían y ahora se acentúan. El panorama no es muy alentador , pero podemos resistir.

  2. Hola Martha, me encanta ésta lectura matutina de los viernes y ésta de hoy porque plasma mis sentimientos y los comparto. Es que somos seres humanos en medio de una pandemia también globalizada con seres humanos sin Dios

    • Cuando llega la tormenta salen a flote todas las complejidades de nuestra sociedad. Es decir, ya estaban ahí, pero la crisis las hacen más evidentes.

  3. Resistir sí, en la consciencia de lo que está pasando, ojalá. Es la única manera de modificar las realidades que se nos presentan. Y sí, podemos incidir y transformar nuestro entorno. Hay muchas cosas que podemos hacer , pero hay que entender mejor lo que pasa. Lindo día. Gracias por los comentarios.

    • Muchas gracias, entre más rápido comprendamos lo que ha cambiado, más pronto podremos buscar mejores maneras de adaptarnos.

  4. “Cuesta abajo en su rodada” el sistema continúa su decadencia, con pandemia o sin ella. Eso sí, se han hecho mas visibles sus llagas y han rozado un poco la tersa piel de las clases acomodadas. Estos sufrimientos siempre los han padecido los de abajo. ¿Temor a la falta de alimentos? Si es el pan que cada día almuerzan aquellos en la informalidad. ¿Violencia desatada? Díganle eso a los desplazados que abandonaron sus tierras y enfrentan día a día los operativos de desalojo de sus ranchos desvencijados. ¿Confinamiento? ¿Encierro? Ya quisieran los presos los cómodos encierros, incluso de pequeños apartamentos. A las mujeres no hay nada nuevo que anunciarles: los hogares seguirán siendo el lugar extremadamente peligroso que siempre han sido. ¿Voracidad del capital y sus burócratas? Crisis como éstas siempre han sido para ellos una “oportunidad de negocio” tan ciega y desalmada como cualquier otra.
    La ilusión de creer que el sistema se derrumba con una crisis, ya sea en su conjunto o en la mentalidad de la gente, quedó plasmada en la crisis pasada (2007-2008) cuando hasta los tiburones de Wall Street hacían grandilocuentes declamaciones por el cambio. Nada, con mayor ferocidad continuaron su programa neoliberal.
    All sistema hay que derrumbarlo, no se derrumba solo. Pero si finalmente se derrumba – ante la anomia mencionada – será para arrastrarlo todo, sin remedio, como en el título de una pesimista novela colombiana.

    • Lo de las mujeres es aterrador, la violencia se incrementa cuando las condiciones se tornan extremas. En general todas la opresiones se incrementan cuando las contradicciones del sistema se agudizan.

    • No creo que hayamos borrado ningún comentario. Cuál era ? Qué era lo que querías decir ? Adelante , es un espacio para debatir abiertamente.

    • Gracias Carlos. Recibo temas como sugerencia para las próximas columnas. Cuéntame y cuéntenme qué temas les inquieta que les gustaría que tratáramos en esta columna semanal.
      Saludos,
      Martha A

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