El buscavidas del norte, el Hobo del sur

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«Cuando una sociedad tiene miedo a sus poetas se teme a sí misma»

Leonore Kandel


 

La presente reflexión aspira a develar la importancia del nadaísmo en la cultura colombiana y, asimismo, encontrar las posibles relaciones con otra importante manifestación cultural ―más prematura que el nadaísmo y, por algunos, difícilmente considerada como vanguardia―: la Generación Beat o la matriz de la contracultura norteamericana.

Para llegar a esas conclusiones es imperativo dilucidar quiénes eran, qué representaban y qué pretendían dichas corrientes literarias.

Se hace necesario entonces un recuento de los aconteceres de la época que involucren importantes características tanto sociales como literarias, toda vez que solo así pueden entenderse estos fenómenos que impactaron de manera tan profunda a la sociedad colombiana y norteamericana.

Es importante aclarar que, para interés de esta disertación, esos recuentos primarán sobre la trayectoria vital de los nadaístas y la relación que sostenían con su medio.

Entre los beat y los nadaístas medió el espacio, el tiempo, el idioma y la cultura, sin embargo hubo entre ellos intersecciones inevitables. El decenio de los sesenta una de éstas: década que recoge todo tipo de fenómenos que hicieron ebullición frente a diversos malestares sociales, políticos y espirituales,

En Europa y en América ocurrieron las mayores transformaciones, sendas generaciones no se mantuvieron por mucho desinteresadas ante los fenomenales sucesos que acaecían en sus distintas realidades: avances tecnológicos sin parangón, la puesta en marcha de la carrera espacial, la liberación sexual atizada por los métodos anticonceptivos, el rechazo casi unánime al intervencionismo norteamericano en los conflictos del sudeste asiático.

La liberación beat y nadaísta, en ambas orillas, permitió decir y hacer cosas que antes estaban al mismo nivel de un crimental orwelliano, es decir, sus respectivas sociedades  acusaban una fuerte sensibilidad por cualquier ejercicio intelectual o artístico que se pudiera salir del estado de control (estas manifestaciones culturales, se movían en la esfera de la escritura, la pintura, la música y la escultura; decididamente el enfoque beat y nadaísta cifró su ruptura en la producción literaria), valga observar dos ejemplos para entender esta idea:

En América, acampar se considera un deporte saludable para los Boy Scouts pero un crimen si se trata de hombres maduros que han hecho de ello su vocación […] En América pasas toda la noche en el calabozo si te encuentran vagabundeando sin un mínimo de dinero (hasta donde supe eran quince centavos, ¿cuánto será ahora? (Kerouac, 1960)

Aquél, un solo ejemplo del emprendimiento policivo norteamericano. El caso de Colombia no es en mucho diferente: una nación conservadora que tuvo predisposición a escandalizarse por minucias y a insensibilizarse y familiarizarse con la barbarie.

Recluir a rebeldes y disidentes, era lo usual en un medio donde tener cabello largo, vestir camisas rojas, o decir algunas palabras soeces en sociedad era considerado un crimen:

Motilar a la fuerza a los melenudos en los calabozos, acusados de atentar contra el orden social y las venerables “virtudes de la raza” […] La justicia, por falta de grandes causas que defender, estaba pendiente de un pelo, o de un kilo de pelo, da lo mismo. (Arango, 1993, pp: 126–137)

Diez años antes, los delitos de los beat se comprendían entre su liberación y orientación sexual, consumo y venta de alucinógenos, la confesa simpatía por la raza negra, entre otras cosas.  La transgresión norteamericana nacía en el seno de escritores que escribían en las cocinas de sus casas paternas, a la sombra de sus diligentes madres y al calor de las marmitas (Mcnayll, 1979).

Del lado colombiano se suscitó una mayor virulencia y compromiso por un cambio social y estado de ánimo cultural; la plantilla responsable de esta violación a la buena conducta estaba compuesta por singulares personalidades:

Jóvenes que desertarían de empleos y seminarios para solicitar su ingreso en la nueva religión. Jóvenes que en muchos casos habrían de conocer reformatorios y clínicas psiquiátricas en aras de su nueva fe […] Las drogas y los tímidos intentos de amor libre figuraban en el decálogo de estos rebeldes ahora con causa. (Cobo Borda, 1995)

 

Los subterráneos

La historia intensa de los beat, la antípoda del american way of life, se puede rastrear desde los primeros años e influencias de Jack Kerouac, entre la muerte de su reverenciado hermano Gerard, la adoración casi mariana de su madre, el alcoholismo de su padre y el crack del 29.

Pero para ser más justos, sería en la América inmersa en la recta final del conflicto bélico más portentoso de la Historia cuando se darían cita las primeras cabezas tutelares de uno de los grandes fenómenos culturales del siglo XX, y cuando la rueda del destino seguiría su curso hacia acontecimientos fatales que forjarían lealtades y nuevos visionarios a la luz mortecina de los bares donde galopaban las notas festivas de las Big Band y resonaban las tertulias de tópicos simbolistas, surrealistas, políticos y mundanos.

Sería entonces, en 1944, cuando Jack en el West End Café  conocería a Lucien Carr, «el hombre más bello» que hubiera visto entonces, el insospechado adonis homicida[1]. Una semana después de Lucien se les unen Allen Ginsberg, William S. Burroughs y el atormentado David Kammerer cargado de neurosis por los favores de Carr.


[1] David Kammerer de 33 años había dejado su puesto de profesor titular en San Luis (EE.UU) para seguir obsesivamente a Lucien Carr de 19 años. En el verano de 1944 los titulares de los periódicos neoyorquinos arderían con la noticia de los homicidas y prospectos de literatos, uno de los primeros titulares saldría en el Daily News. Carr apuñaló a Kammerer repetidas veces, tras una caminata nocturna en Riverside Park que terminaría en una disputa, y, creyendo que estaba muerto, amarró sus extremidades, llenó sus bolsillos de piedras y arrojó su cuerpo a las frías corrientes del Hudson. Fue un  publicitado “crimen por honor” que, de alguna manera, fue encubierto por Jack Kerouac y William S. Burroughs.


 

Nace entonces una historia de intensos pulsos emocionales, intelectuales y espirituales; las primeras páginas de una crónica de viajes, mística, decadencia, bencedrina en el café y jornadas maratónicas ante la máquina de escribir (Mcnally, 1979).

Pero aún no eran los beat, eran el cuarteto de la Nueva Visión —los mencionados exceptuando a David Kammerer—: una pequeña ruptura preconizada por Lucien Carr que simpatizaba con el misticismo de William Butler Yeats. Aún no habían sido bautizados con el remoquete de toda la vida; no eran los parias, los “comunistas”, o los implacables destructores de la moral, tal como los veía esa sociedad uniformada.

Es en el 48 cuando el banderazo de salida se da para la verdadera aventura beat: Jack ya había leído buena cantidad de literatura surrealista, había estado preso, probado las mieles del auto stop y el vagabundeo, había quedado huérfano de padre, había escrito su primera novela (The Town And The City) y había conocido la materialización del sueño americano: Neal Cassady, con el que realizó su primer gran viaje de costa a costa; Burroughs se aficionaba a la morfina, Ginsberg rompía relación con Carr quien ya había purgado su pequeña condena por el asesinato de David Kammerer, y la pandilla entera empezaba a deleitarse con el jazz de Charlie Parker y Thelonius Monk; al grupo se unía Carl Solomon (a quien Ginsberg dedicaría su Aullido), Herbert Huncke y John Clellon Holmes, estos dos de crucial importancia para publicitar la leyenda beat; faltarían dos años para que a bordo de un Hudson Hornet plateado del 49, Kerouac y Cassady iniciaran su segunda y mítica odisea por América y para la llegada de otras importantes personalidades beat: Corso, Snyder y Ferlinghetti (Mcnally, 1979).

Entretanto, ese mismo año del 48, en el país más septentrional de esa otra América, ultimaban al líder liberal Jorge Eliecer Gaitán. Pero los beat, ya en el camino de la gloria y la perversión, nada tenían que saber de ello.

Los beat, que se anticiparon una década al latido y al pulso del nadaísta, fueron los pioneros de la contracultura americana (Hugo Ball, Tristán Tzara, Jean Paul Sartre, Albert Camus y André Bretón en Europa ya habían abonado el camino en lo que respecta a la ruptura literaria y la transgresión social), aventajaban en esto a los nadaístas, de eso no hay sombra de duda.

Sus particulares búsquedas iban estrechamente ligadas a nuevas asunciones: un marcado interés por el misticismo oriental, una nueva perspectiva de la sexualidad humana, la experimentación con sustancias alucinógenas a tenor de la creación literaria y una abierta animadversión contra el statu quo o el componente axiológico imperante.

De esta escritura experimental y ampliamente estudiada nos queda, de lo muy prolijo de la obra de diversos autores beat, una triada que se constituye en baluarte de la tradición literaria norteamericana de la segunda mitad del siglo XX, a saber, On The Road de Kerouac, Howl de Ginsberg y Naked Lunch de Burroughs.

Los beat eran hombres y mujeres, que en muchas de las estaciones de sus vidas no tuvieron ni para pagarse un tiquete de metro o un hot dog de cinco centavos, fueron los auténticos hobos y tramps[2] de su generación; pernoctaron en reformatorios, sanatorios, centros de  reclusión para adultos; vivieron de la caridad de sus propias madres y de las subvenciones estatales hasta que la fortuna empezó a sonreírles, para luego dilapidar su capital cuantas veces les fue posible (Mcnally, 1979). Con todo y ello, su legado es incontestable.


[1] Términos del inglés para referirse a personas que gustan de la vida al aire libre, vagabundeando y obteniendo uno que otro trabajo para su mera subsistencia.


 

Dignos de mención en cualquier historiografía literaria norteamericana, la Generación Beat es el hito cultural de posguerra, tan poderoso y seductor que dejó a su paso una fuerte conmoción en personajes como Bob Dylan, Lenny Bruce y Jim Morrison, por solo mencionar algunos.

 

El “inventico” de Gonzalo Arango

Adolescentes eran los nadaístas cuando estalló el grito de «¡Mataron a Gaitán!». Para entonces la Iglesia católica era la censora del material intelectual que se producía en Colombia y el que entraba de ultramar: lo que se leía y lo que no se leía pasaba por los ojos de avejentados arzobispos que nacieron en el siglo XIX y que reflexionaban como hombres del medioevo, contando siempre estas providenciales decisiones con la anuencia social y la descarada y deliberada aprobación del Estado (Alvarado Tenorio, 2014).

En el marco de este poco auspicioso panorama, un manifiesto fue el invento de Gonzalo Arango, un rebelde de estirpe nieztcheana que bajó de las altas entrañas de un pueblo llamado Andes a Medellín, en busca de camorra, fama y con el firme propósito de agitar algunas conciencias.

Vargas Vila, Henry Miller, Jean Paul Sartre, Tristán Tzara, André Bretón, Fernando Gonzáles, entre otros, fueron su verdadera escuela: la sensualidad, el existencialismo, el surrealismo, el viaje y el misticismo. «La Nada es el principio de todo» donde unos vates ungidos por la tradición peninsular  eran tardíos en entender los vientos de cambio que sacudían las estructuras de la poesía latinoamericana.

Con ese clima, el nadaísmo ofreció la posibilidad de un debate inédito en el marco de la literatura y la cultura colombiana. Gustavo Cobo Borda señala a Germán Arciniegas como uno  de los primeros en sentarse frente a una hoja en blanco y elaborar un juicio de valor sobre el fenómeno en ciernes:

Escribía en julio de 1958, en su columna de El Tiempo, luego de asistir a una reunión nadaísta en Medellín: El nadaísmo es un producto natural dirigido por analfabetas. Entre nosotros, es la consecuencia inmediata de las dictaduras. Por el momento me atrevería a definir el nadaísmo -y que los nadaístas me lo perdonen- como un movimiento de los que van en busca de algo. (Cobo Borda, 1995)

Aún sin ser muy halagüeño, este primer enjuiciamiento periodístico esboza la atención mediática que con rapidez se abate sobre el grupo. Pero el asunto no se queda allí: el filósofo colombiano Estanislao Zuleta, citado por Gustavo Cobo Borda en su historiografía poética, también se toma el trabajo de arrojar una primera impresión sobre el movimiento emergente:

Estanislao Zuleta, en La Calle, y también en julio de 1958, pronosticaba algunos de los riesgos que podrían correr: “Para creer ser el mal de la sociedad burguesa es necesario creer que ésta es el bien, de la misma manera que el sacrílego reconoce la religión cuando le da puñaladas a la hostia, porque nadie profana una galleta de soda. En resumen: uno cree descalificar al juez cuando en realidad le concede todo.

El nadaísmo pretende oponerse a la sociedad burguesa con los valores de la soledad, la intuición irracional, la arbitrariedad, la calavera y el ‘motilao’ (cortarse el pelo al rape). La sociedad burguesa no lo considera su antinomia. Ella tiene razón: su antinomia no es ese hijo descarriado”. (Cobo Borda, 1995)

Con escándalo, mayor publicidad y virulencia los nadaístas contestaron a las constantes críticas;casi diez años después Jaime Jaramillo Escobar ofrece otra interesante respuesta en su Manifiesto amotinado:

No se puede criticar a los nadaístas porque no hacen tal o cual cosa. Ellos son sólo artistas y pedirles otra cosa distinta de su arte sería como criticar al carpintero porque no hace el pan. Pero en Colombia es así. A cada uno lo quieren poner a desempeñar un oficio que no es el suyo.

Así vemos a los escritores tratados como sirvientes, y a las amas de casa laureadas como escritoras. Y vemos a algún pesado crítico literario descalificando al nadaísmo porque no hace la revolución comunista. ¿Por qué no la hace él si es tan guapo? (Jaramillo Escobar, 1967)

Algunos otros dirían, y aún dicen, que solo eran una asociación  de amigos que desde los años cincuenta compartían conversaciones e intereses que se tomaron muy en serio.

Los nadaístas no contribuyeron a desvirtuar en mucho estas primeras pobres impresiones. Sus respuestas ante la necesaria e insistente pregunta de «¿Qué es el nadaísmo?» se paseaban entre la burla, la improvisación y la antinomia. De todas las descripciones una de las más lúcidas, con igual carga de ironía, recae por cuenta de X-504, quien le diría a Gonzalo Arango: «El nadaísmo es el segundo movimiento más importante del país y con más seguidores, el primero fue la Violencia con 400.000 muertos» Iáder, A. (1963, 20 de enero): Reportaje a Gonzalo Arango. Magazín Dominical de El Espectador. p. 4F.

Sin embargo, al margen del cinismo y la ironía de sus representantes, el nadaísmo es una respuesta a la existencia humana, suscrita en diferentes lapsos colmados de avatares sociales y culturales, tanto en el ámbito nacional como internacional, como en el caso de los beat, también es malestar espiritual de posguerra: bien sea la posguerra mundial, la posguerra de Corea, o la posguerra de los Mil Días y uno de sus vástagos malditos, la guerra bipartidista colombiana.

Media docena de meses y escándalos después, el nadaísmo ampliaría su plantilla a un ritmo trepidante. Entre 1961 y 1962  alcanza uno de sus mayores picos de difusión:

Jotamario Arbeláez y Elmo Valencia coordinaron las acciones del grupo de Cali, Gonzalo Arango se convirtió en el gestor del movimiento en Bogotá desde 1961, Eduardo Escobar fue el vínculo entre Medellín y Pereira, mientras que Álvaro Barrios y Jaime Jaramillo Escobar lo fueron en Barranquilla. (Llano Parra, 2016)

El nadaísmo llega a Bogotá en conferencia  con Gonzalo Arango quien se toma el templo bohemio de León de Greiff, el café El Automático; sus panfletos, cuentos, poemas, andanzas y actos contra la moral son publicados en revistas latinoamericanas como O’ Cruzeiro, Venezuela Gráfica, Eco Contemporáneo, Pucuna, el Corno Emplumado, sin mencionar innumerables participaciones en programas radiales, conferencias al aire libre y decenas de entrevistas brindadas a los medios locales (Romero, 1986).

En su trayectoria se calzó de todo: surrealismo, simbolismo, existencialismo, un poco de budismo zen, etc., fue «un cuerpo heterogéneo de ideas», a decir de Armando Romero.

El aparente declive de este experimento o «inventico»  se da con el inesperado viraje de Gonzalo Arango hacia el misticismo católico y el cambio de narrativa virulenta y un tanto incoherente por un  tono sentencioso y mesiánico, en lo que respecta a lo literario.

Gonzalo Arango funda e intenta clausurar el nadaísmo: en su insospechado giro desprecia el nihilismo surrealista y busca una especie de reconciliación con Jesucristo y Bolívar.

Por ende, rendiría verdadero tributo nadaísta a la sociedad, al arte y a la vida a través de «La creación y no de la alucinación», « ¡No más el navío ebrio de Rimbaud» afirmaba en 1963 (Cobo Borda, 1995).

Aún con la suma de todo lo anterior, al nadaísmo no se le puede imponer una fecha de caducidad. Si bien muchos de sus militantes renegaron de su filiación, otro buen número aún se declara nadaísta. Bien sea que ya no haya una carta de trabajo colectiva, que el “fuego en el altar” se haya apagado y que la  producción literaria se haya acentuado en las individualidades, el nadaísmo sigue editándose y redescubriéndose. Asunto que será tratado en la recta final de este trabajo.

 

Entre la vanguardia y la generación

La calidad de vanguardia de los beat o  su naturaleza de mera generación con marcadas personalidades da mucho para discutir.  Al respecto, la Nueva Visión de Lucien Carr, de la que hicieron parte brevemente la terna fundacional, no se considera vanguardia: su calidad de efímera y vagabunda la convierte en anécdota, si bien funge en su trayectoria como abrebocas adicional para estimular la necesidad de ruptura individual de los beat. Y decimos que ruptura individual considerando que la triada beat, si bien compartía gustos  y estilos de vida, más parecía un vital Cut Up, recurso tan socorrido por Burroughs en su obra maestra[3]:

Desde un punto de vista literario, no se distingue a primera vista qué pueden tener en común un Ginsberg, un Burroughs, un Kerouac, un Corso, un Snyder, un Ferlinghetti, etcétera. Al contrario, cada una de sus obras muestra tal singularidad y tal originalidad que no se pueden englobar todas en una única denominación.  (Duval, 2013, p.19)


[1] Naked lunch (El almuerzo al desnudo), publicada por vez primera en el 59 en París, es la obra más lograda de Burroughs. los críticos literarios  Lev Grossman y Richard Lacayo la han incluido en la lista Time de las mejores obras en habla inglesa escritas desde 1923.


 

El beat, indistintamente, buscaba un enfoque temático sin un acuerdo programático o colectivo, por lo menos no deliberado: Jack Keroauc pujaba contra sus memorias, lo bucólico, la mística católica, el encuentro de los nuevos espacios; Allen Ginsberg se batía a muerte en una lucha directa contra el «Moloch»[4] de la época y William S. Burroughs se sumergía en las cavernas más abyectas de la marginalidad y la adicción.


[1] Ginsberg consideraba que la sociedad y todo aparato de control se había convertido en el bíblico dios canaaanita, el falso ídolo  que destruía los jóvenes de su generación.


 

Dicho todo lo anterior, se colige que la cofradía de los beat, en los años cincuenta, se consolida más en fenómeno cultural que como vanguardia debido a su amplia y discutida heterogeneidad:

La generación beat, como movimiento literario, no ha existido nunca. Sin embargo, esta inexistencia –¿Es que no procede todo del Gran Vacío?, se preguntaba Kerouac– ha permitido la construcción de una ficción verdadera, que hoy llamamos convencionalmente «generación beat» y cuyos actores, lejos de formar un «núcleo», como se ha dicho, nunca han representado sino una nebulosa muy dispersa. (Duval, 2013, p. 19)

No hay que olvidar que los beat no tenían pretensión de instaurar un nuevo modelo literario y estético, por lo menos no como colectivo, cosa que de plano se denota en la ausencia de un manifiesto, que se sepa, no tenían uno solo. Los elementos esenciales de la prosa espontánea (1954), una prescripción de técnica literaria elaborada por Jack Kerouac y a pedido de Cassady y Burroughs, era lo que más un beat se hubiera acercado a un manifiesto o programa.

En ésta hay un notable sesgo místico, onírico y musical, sus más destacados puntos tienen una gran similitud con los presupuestos de creación instaurados en el Manifiesto Surrealista (1924) y el acervo de la «escritura automática» consignado en La Inmaculada Concepción (1930).

Mencionada la ascendencia surrealista en ambas cofradías, vale la pena señalar que en la obra del investigador rumano Stefan Baciú, Antología de la poesía surrealista latinoamericana, encontramos interesantes y esclarecedoras definiciones sobre el surrealismo, a continuación una de ellas: «Surrealismo es automaticismo psíquico puro por medio del cual se desea expresar, sea verbalmente, sea por escrito, sea de cualquier otra manera, el funcionamiento real del pensamiento» (Baciú, 1974, p. 11).

La similitud entre «automatismo» surrealista y «prosa espontanea» beat es innegable, además a ese «funcionamiento real del pensamiento» Jack Keoruac anteponía la necesidad de «relatar la verdadera historia  del mundo». Por otro lado, el beat, como el nadaísta, se encontraba también poderosamente influenciado por el existencialismo:

Podríamos detenernos incluso a analizar la filiación de este conjunto de fenómenos con el auge del existencialismo francés, surgido justo después de la guerra en el barrio de Saint-Germain-des-Prés. Kerouac así lo escribe en Esquire, en marzo de 1958, a propósito del núcleo original de los beats: «Lo mismo sucedía más o menos en la Francia de posguerra de Sartre y Genet, y, además, nosotros lo sabíamos.»

E incluso Ken Kesey (véase la entrevista más adelante), pope de la psicodelia durante los sesenta y sumo sacerdote del LSD junto a Timothy Leary, reconoce esa deuda cuando afirma: «No se pueden comprender los movimientos beat y beatnik sin relacionarlos con el existencialismo.» (Duval, 2013, p. 16)

En ese mismo sentido se delinean importantes influencias existencialistas en la obra nadaísta, primordialmente en la producción de su líder:

El influjo erostrático de Sartre, a través de El muro, había llegado hasta la capital de esa lejana provincia colombiana. Pero era en realidad Camus, a nivel de sensibilidad y escritura, la presencia más detectable en la prosa de Arango a todo lo largo de su trayectoria. (Cobo Borda, 1995)

Sin ahondar más en estos influjos veamos algunos de los apartes de la técnica redactada por Jack Kerouac que, como habíamos mencionado, es lo que más se acercó un beat a un manifiesto: «Soplar las palabras» como un jazzista, sin interrupciones, solo pausas para tomar aire; evitar la selección de las ideas «Nadar los mares de la mente» en una asociación constante de imágenes; eliminar los convencionalismos de la lengua (normas ortográficas y furor sintáctico); escribir en estado casi lisérgico o en trance, prescindir de la conciencia y la edición, etc. (Mcnayll, 1979).

Por su parte, la epopeya nadaísta toma forma unos cuantos años después, justo cuando la literatura beat se encuentra en su clímax y cuando su irradiación es inevitable a muchas plumas de la periferia americana.

Pero al contrario de los beat, los nadaístas sí tenían un manifiesto[5] (Manifiesto nadaísta, 1958). A mediados de los años cincuenta, en la plazuela San Francisco de Medellín, Gonzalo Arango y algunos de sus iniciados correligionarios lanzarían un manifiesto al que denominarían el Primer manifiesto.

Se trataba de una actitud escandalosa, que hundía sus raíces en el Manifiesto de los surrealistas franceses, en los poetas malditos, en los nuevos apóstoles que, como Jack Kerouac y Allen Ginsberg, comenzaban a manifestarse en Norteamérica, y en la rebeldía parroquial de Fernando González, llamado el “filósofo de otraparte”. (Tirado Mejía, 2014)


[1] La necesidad de un manifiesto en una vanguardia es incontestable; este resulta ser la  carta de navegación: da cohesión a los presupuestos de un grupo y marca los derroteros de toda actividad. De hecho, los nadaístas fueron muy prolíficos en la elaboración de manifiestos: Manifiesto al Homo sapiens (1965), Terrible 13 manifiesto nadaísta (1967), Manifiesto amotinado (1967). 


 

El historiador Álvaro Tirado Mejía tiene mucha razón en mencionar la influencia surrealista en el manifiesto, tan afín en gran número de corrientes literarias del primer tercio del siglo XX, incluyendo a los beat, como ya se pudo observar. Sin embargo, no huelga hacer una aclaración: el surrealismo encuentra particular y parcial interpretación en los nadaístas.

Ya que existe una marcada diferencia entre el surrealismo europeo y aquel de Latinoamérica. Este último no puede ni debe ser considerado como una sucursal o expresión lateral del europeo  por razones que se expresan de manera orgánica y natural en las obras literarias y en el arte  de los surrealistas latinoamericanos. (Baciú, 1973, p. 11)

Ahora bien, el Primer manifiesto nadaísta. Impreso en la tipografía Amistad de Medellín, entre otras cosas declaraba:

El Nadaísmo nace sin sistemas fijos y sin dogmas […] La poesía Nadaísta es la libertad que desordena lo que ha organizado la razón, o sea, la creación inversa del orden universal y de la Naturaleza […] Partimos de la base de que la sociedad colombiana está urgida de una impostergable transformación en todos sus órdenes espirituales […] La lucha será desigual, considerando el poder concentrado de que disponen nuestros enemigos: la economía del país, las universidades, la religión, la prensa y demás vehículos de expresión del pensamiento.

Y además, la deprimente ignorancia del pueblo colombiano y su reverente credulidad a los mitos que lo sumen en un lastimoso oscurantismo regresivo a épocas medievales. Ante empresa de tan grandes proporciones, renunciamos a destruir el orden establecido. Somos impotentes. La aspiración fundamental del Nadaísmo es desacreditar ese orden. (Arango, 1958, Primer Manifiesto nadaísta)

En el puntual caso del nadaísmo, para develar la posibilidad de adscripción del movimiento en la vanguardia, se hace muy necesaria una retrospectiva literaria: tarea ya realizada exhaustiva y pormenorizadamente por Armando Romero, Gustavo Cobo Borda y Harold Alvarado Tenorio,[6] por solo mencionar algunos, pero que es menester aquí refrescarla nuevamente, a grandes rasgos.


[1] De los autores respectivos y para mayores luces historiográficas de la literatura colombiana: Las palabras están en situación (1986), Historia portátil de la poesía colombiana (1995) y  Ajuste de cuentas (2014).


 

Nos remitimos entonces a los años veinte: la República de Colombia dictaba un recetario inquebrantable que debía  sustentar y perpetuar, en los imaginarios colombianos, la imagen de un país culto, que no deformaba la lengua y que seguía rindiéndole pleitesía a los señores de la península (es posible que de ese arrodillamiento naciera el tan cacareado mito del “mejor español del mundo”); dicho sea de paso, el colombiano de a pie tomaba hasta la más peregrina decisión bajo mandatos programáticos, prescriptivos, clasicistas, clericales, decimonónicos, etc.

En ese sentido, puede decirse sin temor a la equivocación que los poetas colombianos eran tardíos en entender las transformaciones que tenían lugar en el acontecer literario mundial: modernismo, simbolismo, romanticismo, dadaísmo, surrealismo, creacionismo, ultraísmo, etc., muchas de las vanguardias mencionadas marcaron el ritmo de las plumas europeas, primeramente, para luego entrar en escena en los años veinte latinoamericanos.

Los ismos respondieron con una creciente perspectiva continental, a la iconoclasia de sus pares europeos negando radicalmente el realismo y la razón, la lógica, la estrofa, el metro, la rima  y la sintaxis, y adoptando nuevos motivos surgidos de la vida citadina: la velocidad, las fábricas, los obreros el cinematógrafo. (Alvarado, 2014, p. 121)

En contraste a lo señalado por Harold Alvarado Tenorio, en Colombia, los regionalismos y los falsos nacionalismos se convirtieron en los predilectos velos imbricados que contribuyeron a esta ceguera intelectual y espiritual.

Los únicos ismos plausibles de aquellos tiempos. Al respecto, Luis Vidales (1922), uno de los pensadores más destacados de Colombia y quien fundó Los Nuevos con León de Greiff y Luis Tejada, nos lega una inestimable opinión:

Este país es esencialmente conservador en todos los aspectos de su vida, pero singularmente en lo que se refiere a la literatura. Nadie experimenta aquí la inquietud del porvenir ni siquiera del presente. Todos son inmunes a los gérmenes de renovación, y preferimos encerrarnos en la contemplación del pasado, antes de adoptar una actitud de simpatía activa, incorporándonos a la agitada vida que transcurre fuera, uniéndonos por algún hilo vital conmovido  y maravilloso que va en marcha hacia adelante. (El Espectador, Suenan Timbres)

Luis tejada en nada se equivocaba. Y es que si se presta atención a la dedicada obra de Stefan Baciú sobre el surrealismo, podrá observarse que el rumano hace un recorrido por la importante influencia surrealista en Latinoamérica, desde el Caribe hasta el Cono Sur, sin mención a la realidad colombiana, cuando menos esta mención resulta tardía en su libro, con pocas líneas,  siempre que este germen vanguardista de los años veinte y treinta solo se observaría en los nadaístas con ya una diferencia de casi 30 años.

La susodicha mención, que pone en relieve el atraso cultural de entonces, se hace aún más interesante si observamos lo que tiene para decir sobre el surrealismo desarrollado en Perú:

«Es difícil encontrar en Latinoamérica un ambiente más hostil y cerrado hacia el espíritu renovador de la vanguardia que la ciudad de Lima en la década de los años de la formación del surrealismo: los 20 y los treinta» (Baciú, 1973, p. 111). ¿Acaso no son mejor ejemplo de atraso los centros culturales de la Colombia de entonces?  Queda al albedrío dicha elección, lo cierto es que esa Colombia padecía de un acusado estancamiento: desde el movimiento de El Centenario (intelectuales heridos por la pérdida de los valores de la república) pasando por Los Panidas (grupo demasiado joven y demasiado expuesto a un poder incluso más monolítico que el que enfrentaron Gonzalo Arango y compañía), hasta Piedra y Cielo (movimiento capitaneado por Eduardo Carranza y más concentrado en enfrentar al parnasianismo de Guillermo Valencia que en generar verdaderas rupturas), pocos cismas literarios se produjeron, por el contrario, primaba un engolosinamiento con las viejas formas legadas.

Aunque valga la pena aquí una aclaración: hubo rupturas, escarceos revolucionarios, «vates en sus islas», como menciona Armando Romero, pero, o desentendidos de un colectivo como forma de acción o dicho colectivo demasiado heterogéneo y poco cohesivo en un programa claro de intervención.

Así, de entre estos personajes avis rara se destacan Vargas Vila, Porfirio Barba Jacob, Luis Tejada, Luis Vidales, José Eustasio Rivera, León de Greiff y Fernando Gonzáles.

Asimismo, la revista Mito (1955), en cabeza de Gaitán Durán, supuso un hito en la cultura colombiana de la década de los cincuenta. «Mito cumplió con la alta misión de desacralizar la cultura colombiana, de pervertirla.

Podríamos decir que Mito fue el orden estructurador de una rebelión de la conciencia que posibilitó el desorden romántico vanguardista del nadaísmo» (Romero, 1988, pp. 24-25). Pero para el acerado crítico Harold Alvarado Tenorio los indeseables nadaístas figuraban en el lado más oscuro de la cultura de la nación, representaban la barbarie; en tanto el reparto de lujo de Mito ―Álvaro Mutis, Eduardo Cote Lamus, Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Charry Lara, Hernando Valencia Goelkel, Hernando Téllez  y el propio Gaitán Durán— representaba la cultura (Alvarado Tenorio, 2014).

Pese a que el también escritor y editor afirma, de modo casi peyorativo, que «El nadaísmo es el anverso de Mito», hay que advertir que entre el nadaísmo y Mito subyace una diferencia abismal: Mito es un movimiento de elite, fundado por jóvenes intelectuales que abrieron un nuevo panorama cultural desde la comodidad de las arcas de sus familias, cuando menos Gaitán Durán contaba con abolengo, prestigio, formación internacional, conexiones políticas, dinero y hasta editorial propia.

Los nadaístas eran, en su mayoría, hijos de campesinos, no poseían rutilante formación universitaria, casi todos eran testigos presenciales de los horrores de la Violencia y ninguno parecía ostentar una sorprendente herencia literaria, económica o política.

Y aunque el nadaísmo se anunciaba como una ruptura que a fin de cuentas no prometía nada, ésta había nacido como la primera, y real, vanguardia colombiana: «Es una actitud que trata de retomar el camino vanguardista que le correspondía a la cultura colombiana, sometida al oscurantismo de sus estructuras económicas, sociales y políticas […] El nadaísmo es a la vez una pregunta y una respuesta» (Romero, 1988, p.9).

Una respuesta que se haría eco por todo el país y que sería protagonista de no pocos escándalos y de innovadoras como desordenadas  propuestas literarias.

Sus pretensiones desviadas, sus escándalos y sus gritos incendiarios fueron vistos inicialmente como una mera anécdota que quedaría sepultada por el poder del tradicionalismo:

Un detonante manifiesto, seguido de un pestilente saboteo en contra de un congreso de “escribanos católicos”, tal el apelativo, congreso inaugurado con toda la pompa hispanizante que distinguía a Eduardo Carranza, motivó que Gonzalo Arango fuese detenido y encarcelado en el tercer patio, el más peligroso, de la cárcel de La Ladera, en Medellín.

Un acto sacrílego, más tarde, en la basílica de esta misma ciudad, al clausurarse la Gran Misión Católica que por aquellos años había recorrido el país -comulgaron y guardaron las hostias en un libro-, suscitó el furor de los fieles, quienes estuvieron a punto de lincharlos. Estos dos actos consolidaron su fama a nivel nacional y dieron pie a una serie de giras por todo el país: Manizales, Pereira, Cali (1960), Bogotá (1961). (Cobo Borda, 1995)

No obstante, el impacto de sus manifestaciones, las impresiones que generarían los trazos de sus panfletos[7] y los compases de sus notas mecanografiadas trascenderían más allá de la escena provinciana.

Los nadaístas, como ya insinuábamos, hicieron tabla rasa de la literatura colombiana, buscando otras fuentes en qué nutrirse, y tenían razón. En el suplemento “Esquirla”, del periódico El Crisol, de Cali, al cual estuvo vinculado J. Mario entre 1959 y 1962, publicaron tanto “Aullido” de Allen Ginsberg como apartes de la Antología de la poesía surrealista de Aldo Pellegrini -aparecida en 1961-, tanto a Vicente Huidobro como a Ernesto Cardenal, y establecieron intercambio con grupos similares de América Latina: los mufados de Argentina, los tzanticos de Ecuador, “El Techo de la Ballena” en Caracas y los redactores de El Corno Emplumado en México. Lo que Stefan Baciú en 1966 llamaría “la generación beat latinoamericana”. (Cobo Borda, 1995)


[1] La publicidad efectista era otro de sus métodos de batalla: «La Poesía colombiana ha muerto» rezaban carteles en los que invitaban a funerales simbólicos de la tradición lírica. El nombre de Gonzaloarango [sic] brillaba, al lado de la primera línea del cartel, en grandes caracteres  negros. Además,  muy a pesar de la crítica que pudieron recibir de los diarios locales más prestigiosos, los nadaístas, siempre que pudieron, se valieron de estos órganos de difusión. Los diarios de gran tiraje fueron elemento muy socorrido para la circulación de la teoría de cualquier grupo vanguardista en turno, el caso de Marinetti y su futurismo circulando en Le Figaro, puede considerarse uno de los ejemplos más elocuentes.


 

Aquella era la muy anticipada respuesta a décadas de letargo cultural, retraso literario y sumisión a los sagrados valores institucionales.

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