El camino de la venganza: Matar a Jesús

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Porque Matar a Jesús nos muestra ese panorama sombrío e infértil de la desolación. De la misma que acude o nos invade por el malestar de un crimen del pariente más cercano, y nos toca, o nos queda un enorme desierto existencial.


 

Ficha Técnica

Año, país, duración 2018, Colombia, 95 minutos
Director Laura Mora Ortega
Guion Alonso Torres, Laura Mora Ortega
Fotografía James L. Brown
Música Sebastián Scofet
Actores Natasha Jaramillo, Giovanni Rodríguez, Camilo Escobar, Carmenza Cossio, Juan Pablo Trujillo, José David Medina, Juan Camilo Cárdenas.
Productor  Diego F. Ramírez
Productora &4 A Films, Az Films
Género Drama- Violencia

 

Extraída de: Epimg.

 

El cine colombiano ofrece cada vez más un recorridos por las historias que nos definen. Matar a Jesús es una forma de condenarnos al dolor e intentar exorcizarlo. Es un vericueto moral sobre la perdida del otro, del padre, de quién amamos y le profesamos nuestras energías, para luego saberlo asesinado, presenciar su ida, no saber las razones de su muerte y sin embargo, intentar doblegar el vacío. Vi esta trama como si fuera un exiliado en mi propio ser. Es decir, como si estuviera viviendo en una isla donde no hay más horizonte que el extenso e infinito mar de desvaríos, angustias; como si lo que flotara fuera una serie de pesares, de puestas en dudas, de paréntesis, de nostalgias, como si yo mismo quisiera matar a Jesús, o estuviera en el borde de las encrucijadas.

Porque Matar a Jesús nos muestra ese panorama sombrío e infértil de la desolación. De la misma que acude o nos invade por el malestar de un crimen del pariente más cercano, y nos toca, o nos queda un enorme desierto existencial. El resultado, luego es una especie de espejo, de montaña rusa, porque se da el encuentro entre lo que podríamos enunciar como víctima y luego como victimario. Ambos en el mismo desierto, los dos en las mismas penumbras, esos mismos enfrentados en sus propias agonías, esa pareja en su propia resequedad: silencios, desenfrenos, posterior, la calma, lo sombrío.

 

En Matar a Jesús se nos cuenta la historia de Paula (interpretada por la actriz natural Natasha Jaramillo), una joven de 22 años estudiante de fotografía, quien es testigo presencial del asesinato de su padre, un docente universitario. Extraída de: Rollingstone.

 

Si el cine es un espejo por donde nos asomamos, Matar a Jesús nos devuelve una imagen del abismo, donde debemos cavar para encontrar su fondo. Se trata entonces del frío asesinato de un padre, de un profesor, y de una familia que queda a la intemperie. Su hija, es la testigo directa de ese momento culmen de no retorno, y su vida gravita en medio de circunstancias del azar, que la conduce hacia el propio verdugo. Ese encuentro, es la muestra más bella pero también insidiosa, crujiente en sentidos, y a veces hasta inverosímil por ponernos como en el filo de un cuchillo. Un paralelismo, una huida en la propia llaga.

Lo que ha hecho Laura Mora Ortega, su directora, es ponernos en la intersección justa para volvernos más asesinos o comprender un poco, como si fuera una gota del rocío, ese objeto de lo que implica vengarse, de quizás la estocada moral con la cual acercarnos a un tema tan lleno de incógnitas como el de querer cobrar justicia por las propias manos. El contexto de una ciudad como Medellín, pero que pudo ser cualquiera de Colombia, le ofrece unos toques de conexión con la cruda realidad de los sicarios, de esos universos recreados y contados por el padre del cine de actores naturales: Víctor Gaviria. Allí en el fondo, vuelven las imágenes de Rodrigo D No futuro, se establecen de nuevo las partituras de Yo te tumbo tu me tumbas, asisten los escenarios de La vendedora de rosas: esos barrios laberínticos, por donde, se mezcla la extrema pobreza con la ferocidad de quienes deciden el camino de la danza de violencia.

 

La antioqueña Laura Mora (co-directora de la serie de televisión Escobar: El Patrón del Mal y del largometraje Después del Fuego), nos presenta Matar a Jesús, una cinta de suspenso acerca de la particular relación que se produce entre una joven y el asesino de su padre. Extraída de: Cromos.

 

Ver un cine como el de Matar a Jesús, es recordar que ya se han hecho películas con un sentido de la perdida: La Sirga de William Vega (2012), Heridas de Roberto Flórez (2006), Retratos de un mar de mentiras de Carlos Gaviria (2010)…  se anuncia como un calmante para los dolores y estragos de tanta violencia. No veo en el cine una extensión o traslado de esas situaciones trágicas, sino un tratamiento único y hasta con matices psicológicos. No nos ayudan a salir del vejamen de la injusticia, ni nos dan las pistas con qué enfrentarnos luego de una sequía de emociones o de haber masacrado la esperanza. Pero sí, nos dan una imagen de intercambio, de forcejeos, de retorcijones, de sacudidas sobre los efectos de querer hacer venganza.

Me pareció estar viendo Old Boy, y a ese duro director Chan Wook Park, quien filmó una tetralogía sobre la venganza, lo que ocurre es que en esas películas se activan unos códigos culturales muy diferentes a los nuestros, y cuando digo nuestros, ni siquiera sé, cómo hemos hecho nosotros para enfrentarnos a esos entramados y desbordantes hechos de asumir el dolor y la perdida por otros que decidieron y siguen decidiendo la vida ¿tenemos códigos para la barbarie?, ¿existe un modo de enfrentar el horror colombiano?

 

Estos son los premios nacionales que ha ganado la película: PREMIOS NACIONALES – Premio del Público EGEDA, Competencia Oficial Cine Colombiano, 58 Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias -FICCI-, 2018. Extraída de: Proimagenescolombia

 

El cine colombiano transita por historias muy esenciales y sus directores, como Laura, han encontrado formas para comunicar muy contundentes. Lo que me apabulla en esta trama, es la sutileza para manejar un drama tan complejo; todavía, luego de haber salido de ese recinto oscuro, mis ideas no logran ubicar un sitio, y eso, puede ser una de las situaciones apremiantes, cuando nos enfrentamos a las pérdidas: incertidumbres y desazón. Aunque, siento la pesadumbre de esa joven, inquieta, rebelde, con su corta y emotiva edad, a quien le cercenaron el horizonte, luego está el traqueteo de esa moto, donde el verdugo se moviliza siendo el vehículo, de otros que lo han usado como una máquina de guerra.

 

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