El culo

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Tuvo que llegar el tiempo conspirativo de la pandemia para que yo adquiriera una nueva conciencia y no propiamente ambiental o de género. Es algo más básico y ergonómico y surge de una pregunta, que en mi caso es nueva: ¿cuánto tiempo de nuestras vidas permanecemos sentados? A fuerza de hacerlo todos los días y de combinar esa postura con mover la cabeza, frotar los ojos, acostarse, caminar, comer, el hecho de estar sentados, de pensar en lo que esto implica, suele pasar inadvertido.

Ahora que asumo la mayor parte de mis obligaciones laborales frente a la pantalla del computador, que el círculo de amigos puede desaparecer con un simple click y el de enemigos imaginarios puede ir en aumento en facebook, el pasado lunes en la mañana me sucedió algo extraordinario: casi por descuido, por intolerante frente a un emoticón monstruoso que alguien me envió al whatsapp, desvié la mirada hacia mi propio cuerpo, observé mis manos arrugadas por el alcohol, mis pies con uñas partidas, mis rodillas peludas, mi estómago en aumento y descubrí algo que me tiene fascinado: tengo culo, estoy  agradecido de saberlo allí, de palparlo, de comprobar que, en estricto sentido metafórico, es “Tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos”.

Debieron sumarse muchos abriles en mi vida de profesor para declararme orgulloso de su forma y su funcionalidad, de la manera como atiende, silencioso, a una compleja red nerviosa de huesos, articulaciones y músculos.

El culo es, en su realidad trasera, un héroe anónimo. No apaga incendios, no atiende infectados en las Unidades de Cuidados Intensivos, no da la vida en campos de batalla, pero sí nos permite, en su discreta disposición, acomodarnos, sentarnos, instalar el cuerpo de un modo adecuado para pensar, para mirar hacia el horizonte, para hablarle a una cámara y para imaginar qué nuevas aventuras habrán vivido las familias del Fiscal y el Contralor en la desierta isla de San Andrés. ¿Habrán ido a Providencia? Porque solo sentado puede uno imaginar este tipo de aventuras, propias de La isla de la fantasía.

Me dirán que lo de su anonimato no es cierto, que el culo se exhibe con morbosidad en los medios, que define tendencias de moda, que existe un culto a su personalidad, en especial por nuestra cultura mafiosa; de ahí que sea sometido a peligrosas cirugías plásticas para agrandarlo con biopolímeros y hacerlo más atractivo en el intercambio sexual, a menudo prepagado. Me dirán que el culo está en el centro de la libido y de nuestras más selectas obsesiones eróticas. No puedo refutar ese cuadro de costumbres, solo que del culo al que me refiero, del que me ocupo mientras escribo sentado, es el natural, el más cercano a “Platero y yo”, el que está ahí, imponiendo su carácter inclusivo. Con él llegamos al mundo y ocurre la primera epifanía: nuestras madres angelicales, con amorosa emoción, le untan Crema Cero, lo preparan para la pantomima de la infancia. Lo protegen de sarpullidos y picazones, mientras una tía melosa, más angelical aún, cierra la pureza de la escena con este poema: “Mírenlo, qué belleza, se parece al culito del Niño Dios”.

Mi gran desencanto de adulto inquieto, inicia cuando consulto en el diccionario la definición de culo: “Conjunto de las dos nalgas”. No hay derecho que una institución tan seria, tan antigua y barroca como la RAE despache el asunto de este modo tan pudoroso, con un binomio elemental. ¿Y qué es una nalga? Bueno, ahí sí se amplía el contenido y se da paso a la corrección política: “Cada una de las dos porciones carnosas y redondeadas situadas entre el final de la columna vertebral y el comienzo de los muslos”. Estarán de acuerdo conmigo en que hablar de porciones carnosas nos lanza al mundo de las vacas. Por eso no me sorprende que la RAE recoja el significado de nalga en Argentina: “Corte del cuarto trasero de los vacunos, de la parte interna del muslo”. Con lo cual redondeamos, a quienes somos carnívoros, un asunto de gustos culinarios –léase con terror esa palabra–, caros a la antropofagia.

Sin tetas no hay paraíso, lo supo el filósofo pandillero Gustavo Bolívar. Pues sin culo no hay teletrabajo, lo sabemos a causa del confinamiento. Con todo y esta certeza, considero que los colombianos no hemos sabido darle a esta porción de nuestro cuerpo el lugar que le corresponde, como sí lo tiene en los cortes de las famas o carnicerías. Por eso es común escuchar esta expesión en nuestro medio vulgar: “Me importa un culo”. Una de dos: quien la enuncia tiene nexos con la aduana de los Ambuila y se trata de una importación ilegal de tráfico de órganos, o se trata de una expresión de menosprecio y, desde luego, del más profundo desconocimento orgánico. Ni una ni otra: ni los culos se importan como se importa un Ferrari ni importan poco. Acomódese, disfrute ese placer de estar sentado sobre un cojín mullido, nada artificial y haga lo que le convenga.

El culo es el centro más cómodo de nuestro cuerpo. No es el cerebro, que es elitista y acostumbra dar órdenes. Tampoco es el estómago, que nos induce al exceso. El culo, en cambio, es prudente y si nadie te lo mira, no existe, porque ya sabemos que lo esencial es invisible a los ojos, como lo aprendió el alquimista Coelho en El principito. En su autonomía solo da bienestar y si le tocara dar órdenes diría: ¡Siéntate! O como enseñan los españoles sabios en tono imperativo y cervantino: “Pon tu culo ahí”.

2 COMENTARIOS

  1. Qué maravilla de culopopeya , mi querido Rigo. Don Francisco de Quevedo estaría encantado de incluir algunas citas tuyas en su justamente célebre “Gracias y desgracias del ojo del culo”. No sé por qué, tu texto de hoy me llevó a evocar estos versos procaces de autor anónimo:
    ” El vicio de meterlo por delante/ lo inventó Genoveva de Bravante,
    El vicio de meterlo por la cola/ lo inventó san Ignacio de Loyola”.

    Mejor dicho, con tu entrada de hoy quedamos, como quien dice, con el culo al aire.
    Un abrazo y mil gracias por alegrarnos el día… iba a decir el culo, pero puede prestarse a interpretaciones maliciosas.
    Gustavo

  2. Querido Tavo, uno siempre tan culipronto agradece tarde tus evocaciones literarias. De seguir así iré de culos al estanco.

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