El factor humano

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La obra y película que han evocado  al líder sudafricano Nelson Mandela,  nos recuerda la importancia de  reconocer al otro como interlocutor válido. Asunto en ocasiones tan ajeno a la forma en qué se maneja el  poder político  en Colombia.


 

Volví a leer el libro del periodista británico John Carlin El factor Humano, (llevado al cine por Clint Eastwood en Invictus), y  vuelven a tener relevancia y actualidad muchas de las cosas allí narradas.

 Los procesos de perdón y reconciliación que aplican no sólo para temas políticos, sino para la convivencia humana en general.

Es un tema de sociedad, o de construcción de ella.

Carlin, con el telón de fondo del campeonato mundial de Rugby (el deporte nacional de blancos en la Suráfrica de Mandela) y el proceso de jugadores y políticos, y por supuesto, del presidente negro y toda la sociedad.

Lo sucedido en Suráfrica no solo fue la tremenda segregación racial que dominó a ese país, sino también la muerte y los  crímenes de lesa humanidad.

 

Un periodo turbulento que llegó a su fin con el ascenso al poder de quien permaneció 23 años en la cárcel, no solo por ser el líder de la comunidad negra y una amenaza para los afrikáners (los descendientes de los holandeses que dominaron ese país por casi 50 años), sino que además significó la enseñanza para el resto de la humanidad de cómo se puede reconciliar una sociedad sin que nadie sienta que le están imponiendo nada.

Mandela fue el líder que fue, porque a pesar de haber fundado el brazo armado del CNA (Congreso Nacional Africano), luego de su encarcelamiento, y además por inteligencia y astucia gigantescas, entendió cómo manejar su poder sin humillar a sus enemigos o contrarios.

Ese deporte nacional que practicamos en Colombia y en esta parroquia, y que parece ya un distintivo sociológico:  no tener la capacidad de  reconocer al otro como interlocutor válido para una conversación.

Algo que nos tiene como nos tiene, gritando en leonera.

Y el que más grita o el que más espacios tiene para hacerlo es el que más destruye, el que menos edifica.

 Divide et impera, divide y domina, decían Julio César y Napoleón.

El bien humano, el bien social, debe ir mucho más allá de la posibilidad deliberativa.

Se jactan de lo que son en esa vida pública, donde se les tiene que rendir pleitesía, pero poco tienen para mostrar de ejecutorias, mucho ruido, y demasiado servilismo.

Y poca capacidad crítica de quienes los siguen.

La grandeza no la dan los cargos que se hayan tenido, sino la capacidad de convocatoria y el verdadero liderazgo construidos en el camino.

Y el trabajo en conjunto, por el factor humano, no por la paga ni por el poder, o por resistirse a dejarlo. Eso no es grandeza.

 

                                                            Foto de Walter Dhladhla tomada de El Venezolano

 

Durante 18 años la celda de Nelson Mandela fue un espacio de 2,5 por 2,1 metros, con una ventana de 30 centímetros. Dormía sobre un colchón de paja con 2 mantas.

Pero Mandela era libre, porque durante su proceso entendió que era con todos con quienes había que hacer la paz, hasta con los que podrían haberle dado un tiro al salir de la cárcel.

 

 

 

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