El libro de las mil recetas para arreglar el mundo.

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En la más reciente obra de Guillermo Zuluaga Ceballos, se evoca el restaurante Versalles  de Medellín. Su propietario: uno de los tantos argentinos que jamás encontraron el camino de regreso hacia el Río de La Plata. ¿Quiénes lo visitaban y qué hablaban entre sus mesas?.


 

 

La  vida pasa en Versalles

Guillermo Zuluaga Ceballos

Sílaba Editores

2017

Pág. 157

 

 

Sopa criolla

Empanadas argentinas

Empanadas chilenas

Crema de camarones

Vino tinto

Café

Sopa Carolina

Pastel de papaya

Milanesa

Churrasco

Fríjoles

Panaliñado

Pandanés

Pan de 2.800

La carta de un buen restaurante es lo más parecido a una convención de invitados de todo el mundo cuyo centro de actividades es la cocina.

 

 

Allí se reúnen los productos de la sierra y del llano, del mar y del río, para emprender una silenciosa discusión de la que no pocas veces salen maravillas para el paladar.

 

 

Y también están, claro, los anfitriones de la convención. En este caso son los cocineros, panaderos, pasteleros, meseros y mensajeros consagrados a velar por que a los invitados no les falte nada.

 

 

 

Al frente de esos intérpretes están el dueño y el administrador.

Con todos esos ingredientes está cocinado el libro  La vida pasa en Versalles, escrito por el periodista y profesor universitario Guillermo Zuluaga Ceballos y publicado por Sílaba Editores en 2017.

Este Versalles no es el de los jardines que vieron pasear la soberbia y la decadencia de los Luises que gobernaron  a Francia hasta el siglo XIX.

Pero algo tiene de  eso, porque sus mesas han sido ocupadas, década tras década, por figurones de la vida pública regional, nacional y hasta internacional.

Por aquí pasaron mitos del fútbol como José Manuel “Charro”, Moreno, Raúl Navarro, Oswaldo Juan Zubeldía y Omar Orestes Corbatta.

 

Raul Navarro. Foto archivo particular
Raul Navarro. Foto archivo particular

 

En alguna mesa dejó reposar su furia el escritor Fernando Vallejo.

Desde  sus salones emitieron sus programas periodistas deportivos tan reconocidos como Wbeimar Muñoz Ceballos y Julio Arrastía Bricca.

Se trata del restaurante y salón social fundado al despuntar los años sesenta del siglo anterior por el argentino Leonardo Nieto Jardón, uno de los tantos que llegaron seducidos por el mito de Gardel y se quedaron para siempre en Medellín.

 

Don Leo, un nieto de Argentina. Foto: Robinson Sáenz Vargas
Don Leo, un nieto de Argentina. Foto: Robinson Sáenz Vargas

 

Una suerte de santuario para futbolistas en trance de retiro y cantores de tango que un día llegaron a cantar en los grilles y ya no encontraron el  camino de regreso hacia el  Río de La Plata.

Ubicado en la carrera Junín, una arteria por la que circula buena parte de la vida de  la ciudad, Versalles se convirtió con el paso de los años en punto de encuentro, lugar de celebración, sitio de meditación  y centro de negocios para sucesivas generaciones de habitantes y visitantes de Medellín.

 

 

Es uno de  esos lugares donde la gente se sienta a arreglar el mundo animada por un café amargo o una botella de vino.

Sin  estos sitios  aquí y en cualquier lugar del mundo la vida sería muy triste.

Por eso don Leo se dedicó un día a forjar Versalles con el ahínco del peregrino que levanta una ermita en medio de un erial.

La gente le respondió, lo hizo suyo y gran parte de la vida de Medellín empezó a latir a su alrededor.

 

Apoyándose en un amplio abanico de fuentes, empezando por el de los empleados y clientes del lugar, Guillermo Zuluaga Ceballos recupera a lo largo de ciento cincuenta y siete páginas fragmentos perdidos de la historia de la ciudad, entrelazados con las vidas anónimas  de parroquianos que en los días de dicha o  infortunio encontraron siempre en el restaurante un lugar para llorar o festejar.

Valiéndose de las mejores técnicas de la crónica, el autor nos  invita a un paseo de ida y regreso que va de los secretos de cocina a los avatares de la vida en un territorio asaltado no pocas veces por los horrores de la guerra.

 

 

En medio de todo ese tejido se desenvuelve la vida de Don Leo, el fundador, amante de los caballos como buen argentino de su generación, que un día volvió a Buenos Aires y lo encontró tan cambiado que decidió quedarse para siempre en Medellín.

 

 

En su finca de La Estrella, un municipio vecino, se consagra al cuidado de Camilouno de sus caballos, y de Faraona, una yegua preñada.

En esas anda Don Leo, evocando viejas glorias del fútbol y recordando los esfuerzos que hizo para traer a Medellín a dos de sus escritores amados: Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato.

De eso y mucho más nos da cuenta Guillermo Zuluaga Ceballos en su libro. Un texto que además tiene otra cosa en común con la filosofía de Versalles, resumida en esta frase:Un negocio tiene que ofrecer una razón para volver”. Y un buen libro también.

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