El mal gusto

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Si algo ha descubierto el teatrino de la pandemia es el mal gusto que se impone en la vida privada. El mal gusto está en los detalles –el color de la pared, un techo caído, una cortina granate–, en las pequeñas cosas –una artesanía de San Agustín rota y recién pegada con colbón, un llavero de Sanandresito– y es tan fiel como el mal aliento.

Tras bambalinas, lo vemos en tiempo real cada vez que abrimos Zoom, Meet, Webex y un etcétera de plataformas que han señalado la ruta monótona de unas vidas conectadas a un link, nuestro respirador orwelliano: una versión parlache de Matrix, sin teléfono de disco, sin agente Smith, sin aventura.

Sus protagonistas no lo pueden evadir, porque el mal gusto habita allí, entre nosotros, como un paisaje natural, como un remordimiento, como una pared con humedades antiguas. Como un gato que rasguña el sofá de la sala y orina en la matera. Como un corrupto que sube de peso y exuda en las audiencias. Se enquista en la rutina y con el tiempo se aglomera y define, con agresivo interés, rasgos de nuestra personalidad, para solaz de los discípulos de Freud que sabrán empaquetar con remoquetes lo que en verdad somos: obsesivos compulsivos, megalómanos, bipolares, acumuladores de baratijas.

El mal gusto tiene la consistencia de las telarañas y la adherencia de los ácaros. Crea su propia naturaleza salvaje, ahora que una nueva enfermedad coronavírica grita con su megáfono dictatorial por calles desoladas: Quédate en casa y lávate las manos con jabón de coco cada veinte minutos.

Obedientes frente al dictamen de la distancia social y condenados a exhibir encuadres del mundo de la casa por la contingencia del teletrabajo, nos convertimos en youtubers, quién lo creyera, después de viejos. Sin ningún atractivo físico, sin ninguna habilidad oratoria, nos toca improvisar, armar un escenario, volver a los domingos de Animalandia, en sesiones espiritistas con gente conectada y sin rostro: “Gregorio, ¿aún estás ahí? Di algo”. Seleccionar un buen escenario implicaría contratar a Silvia Tcherassi, a Hermanos a la obra, a No te lo pongas. Pero ya es tarde y no hay recursos, solo impuestos y decretos a causa de la emergencia sanitaria.

En esta intimidad pública las bibliotecas personales aparecen como una fachada; son hologramas del deseo. Quizá, debajo de las capas de polvo, se esconde un mal lector. Si nos pusiéramos a discriminar el tipo de libros que tienen los youtubers emergentes podríamos decir algunas cosas: las bibliotecas de las presentadoras de televisión contienen temas de moda: el taichi, los nuevos platos de MasterChef. Las de los intelectuales de izquierda son deplorables: es como si aún la antigua Unión Soviética les siguiera enviando las obras completas, sin costo, de Vladimir Ilich Ulyanov, Lenin. Las bibliotecas de los ministros son lamentables: libros de encuestas y estadísticas y una que otra biografía sobre un vitalicio y anacrónico mandatario cargado de tigre. Las de los profesores emanan el olor a guardado de la naftalina: el Manual de gramática española de Rafael Seco, el Diccionario Panhispánico de dudas y los libros feos y descuadernados impresos por La Oveja Negra que tenían de gerente.

Para nadie es un secreto que el mal gusto empieza con las alocuciones del actual presidente, emitidas desde el Palacio de Nariño. ¿Alguien puede explicarme qué vemos detrás del cuerpo del mandatario cada vez que le da por hablar como un gerente de hospital subsidiado, a eso de las seis, cuando ya no hay esperanzas de vida? Yo logro ver el pedazo de algo que parece ser el lienzo antiguo de una pintura triste, mañé. No faltará el crítico de arte que me llame la atención y me diga que ese pedazo que vemos allí hace parte de una pintura que recoge, pongamos por caso, el instante en que el virrey español Sebastián de Eslava medita en la manera en que defenderá la ciudad amurallada del ataque de los ingleses. Lo siento, yo solo logro ver un emplasto, unas recinas que envejecen mal. Lo que sí se ve bien, y siempre en el mismo lugar, es el frasco de gel, con pitillo naranja, que al parecer el presidente nunca usa. Sabemos que en las obras teatrales, en la puesta en escena, domina lo falso, incluyendo la escenografía, sobre todo en tiempos de la economía naranja podrida.

El mal gusto sabe cómo presentarse. Eso sí, opta, vanidoso, por colgarse en las paredes a modo de trípticos impresionistas. Tiene forma de esculturas compradas a crédito en Falabella, de tapetes persas en promoción, de porcelonas kitsch y bisuterías adquiridas en las ferias artesanales de neohippies ambientalistas. Tiene, además, y no es poca cosa, la forma de los rostros vacilantes capturados en un primerísimo gran plano, donde es imposible escapar a los detalles: la abundancia de pelos en la nariz; la falta de dientes sin leche, las orejas grandes, la caspa, el estrabismo infantil, la calva grasosa, el tic nervioso. En fin: el ojo brillante de la cámara, Google calendar, captura una parte de nuestra realidad íntima, quebradiza; y me aflige decir esto: al tornarse pública, esa realidad es inmodificable.

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Coda: Souvenir, réplica de las llaves de la celda donde el ganster Alcapone estuvo recluido entre 1929 y 1930. Eastern State Penitentiary de Fhiladelphia.

3 COMENTARIOS

  1. Es la herencia del barroco en su fase más decadente, mi querido Rigo. Situados en las antípodas geográficas y mentales de los japoneses de antes, con sus casas sobrias y despobladas de objetos, nosotros sentimos horror del vacío y el silencio.
    Por eso somos ruidosos y atiborramos nuestras casas de chucherías compradas en un Todo-a-mil o en Miami, dependiendo del estrato social.
    Así las cosas, aturdidos y confundidos, no disponemos ni de espacio ni de silencio para la meditación, ese inalienable camino hacia el conocimiento de uno mismo y del mundo.

    Mil gracias por los textos de los domingos.
    Un abrazo y hablamos.
    Gustavo

    Un abrazo y muchas gracias por los textos de los domingos.

  2. Rigoberto
    Saludos.
    Muy acertada la reflexión en tiempos de cuarentena, donde salen cientos en videoconferencias con bibliotecas de fondo como escenario. Muchas de ellas, se ha comprobado, son fondos de pantalla digitales, donde figuran obras clásicas de la literatura mundial, con Paulo Coelho y Carlos Cuauhtémoc, a bordo. Mejor dicho, las verdaderas clases sociales se ven en estos tiempo de pandemia donde la gente saca sus cachivaches a relucir.
    Un abrazo

  3. Gracias, Tavo por precisar la enfermedad de estos tiempos: el horror vacui. No me quiero imaginar las consecuencias de estos días sin IVA.
    Y gracias a Diego Firmiano por la complicidad de siempre. Es verdad, la bibliotecas como fondo. Lo bueno es que en su estatismo desvelan cosas. Un abrazo para ambos

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