El mito de El Arriero

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Escultura: El Arriero
Autor: Hernando Hoyos Baena
Técnica: Bronce
Año: 1994
Dirección: Carrera 8 con Calle 15 esquina.


 


Escuchar a la gente cuando se refiere a esta escultura es como encontrar un mito traído de la misma Greci
a, como una vida que camina con la misma pulsión y vigencia con la que surgió.

 

En el lugar:

María es una mujer que lleva más de 18 años trabajando como vendedora de dulces y tintos. En 1999 la Alcaldía la re ubicó. Su puesto quedó posado junto a El  Arriero, una escultura que ha evocado  varios sentimientos en la gente del lugar.

Nos tomamos un tinto, y mientras ella le echaba más leche al filtro de café, contaba su historia con El Arriero: “Esa escultura la mandó a hacer un viejo tacaño mala persona, era el dueño de todo esto por acá. A mi me echaba todo el tiempo, y me trataba muy mal. Nadie lo quería. La mandó a hacer para él, para que no se nos olvidara que ésta era su calle y el nombre del Arriero lo pusieron unos estudiantes de la universidad que se vinieron a hablar mal de mí, diciendo que yo la daño ¡qué tal pues!”. Muy indignada al respecto, continuaba evocando recuerdos,  mientras terminaba de echar leche a un pocillo.

 

Para María, que ha estado al pie de esta escultura durante 18 años -cuando llegó se cumplían  5 de haber sido puesta en este sitio- la figura se ha convertido en su compañera; la cuida, la limpia y no permite que le pase nada: “Yo estoy acá desde las 5 de la mañana hasta las 7 de la noche, y en ese paso del día, la voy limpiando como puedo. Además le pago al celador pa´ que me le eche ojo al puesto y por ahí derecho Al Arriero”.

Lo del tipo mala leche, además de María, también lo dicen otros vendedores ambulantes que habitan el lugar: “Era bien grosero, y se creía el rey del mundo. Aunque harto billete sí tenía”, dice un vendedor de discos piratas que se hace junto al puesto de María.

 


Desde la academia y en el taller: 

El Arriero es una figura que en su composición es rígida, hecha en bronce. Lleva consigo un bastón y hasta hace un tiempo, un machete, que le fue arrebatado de sus manos, se lo robaron. Posada en un pedestal, en donde queda midiendo alrededor de 10 metros.

Según algunos expertos del arte que han reseñado esta escultura, está hecha a la  ligera: “Carece de un sentido estético pronunciado y cae en la ingenuidad de una técnica poco trabajada que choca con su principal propósito: el rememorar el sentido del campesino, y  además está muy alta, en un pedestal, perdiendo fuerza.” , algo en lo que coinciden la mayoría de ellos.

 

 

 

Hernando Hoyos es quien con sus manos trazó y modeló El Arriero, el artista de la obra: “Esa esquina era una casa vieja, un centro comercial, Álvaro Zapata, el dueño, me llamó con tono preocupado, diciéndome que se habían acabado los arrieros, la tradición estaba muriendo. Me dijo que hiciera una escultura en homenaje a ellos. Así que lo hicimos”.

La historia del proceso de esta escultura es como la de la mayoría, donde los artistas viven los desagravios de los presupuestos y las promesas.

En un principio El Arriero tenía buen  presupuesto, y además, el lugar donde iría posado sería una piedra del Río Otún. Pero  por asuntos de dinero y de permisos, Álvaro le pidió a Hernando que lo resolvieran con un pedestal tradicional, y fuera puesto  en la que para él, era su calle.

“Nos tocó hacerlo así”, me dice Hernando, ”Muy a mi pesar, el concepto original de El Arriero se vio afectado y tocó dejarlo de tal manera que se sacara rápido” me lo dice con algo de nostalgia y tristeza, pues así le ha pasado con muchas obras, las de  arte público que le encargan y que por presupuesto le toca re acomodar  a retazos.

 

Fotografía de archivo suministrada por Hernando Hoyos.


Esto, claro, se ve reflejado en el resultado:
“A mi me da hasta vergüenza en ocasiones, porque creamos algo y así esperábamos  que quedara materializado, ¡algo bien hecho!, pero por razones ajenas nuestra obra se ve disminuida, afectada” , concluye Hernando.  

Como si le hubieran cortado las alas, a este arriero lo dejaron como se pudo, para cumplir el compromiso, más allá de la calidad o el concepto.

Pero después de tanto conflicto en su creación e instalación, se ha levantado un mito alrededor de ella.  Y más allá de un sentido estético, la escultura ha tomado fuerza a partir de la cultura popular: las voces y miradas de quienes la ven y conviven con ella a diario;   vendedores y transeúntes, y el movimiento particular del lugar, han permitido  que permanezca en la memoria de algunos y sea un elemento  representativo que da identidad a dicha esquina, por lo regular abarrotada de cosas y personas

Aún ahí, cuidada y vigilada por los lugareños, a  pesar del recurrente abandono, en el que por lo regular, se encuentra la mayoría de esculturas instaladas en calles, parques y edificios.

La idea del homenaje no estuvo tan perdida, de alguna forma ha logrado que resuene, por lo menos de boca en boca , el mundo de los arrieros. Se ha podido posar en una de la calles comerciales más populares  de Pereira, por donde pasa todo el mundo, de afán, o a su paso, percatándose o no de tan alta figura.

Un rumor, una leyenda de lugar, una constante  palabra -que trae tras de sí- una tradición que nuestra cultura ya no contempla como antes, pero que gracias al capricho de un viejo cascarrabias y su fama, se reconoce y no pasa desapercibida.   

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