#CiudadaníaActiva. El paisaje del paseante

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Todos los días al amanecer en esta tierra del café se dibuja una familia de gigantes, aunque a veces las nubes los esconden por un rato, para hacer que los extrañemos, algo le falta al cielo sin su presencia. Esa línea en el panorama separa el mundo de los humanos del de los dioses y del universo que entraña maravillosos misterios.

Cada mañana, desde la ventana, esperamos con ansias que la luz delinee su figura, las ondas de su silueta son definidas por el agua, los ríos caen de ellas con un fluir delicado y calman la sed de las ciudades. Nuestros paseos por la ciudad siempre están acompañados por el paisaje de las cordilleras y aunque juguemos a serpentear calles, a escondernos bajo los árboles de los parques o resguardarnos dentro de nuestras casas, su ostentación, contraria a cualquier necesidad de artificio, no nos abandona.

Serranía del Alto del nudo, vista desde mirador turístico. Tomada de turismo.dosquebradas.gov.co

Soñamos que acompañan nuestros paseos, que hay un coqueteo constante con el Alto del Nudo. Una seducción con el alto de Monserrate, una mirada amorosa al recorrer la avenida Santander y ver el imponente Nevado del Ruiz o transitar Granada bajo la custodia del Cerro de las Tres Cruces

Estos perfiles imponentes son las líneas en el cielo, skyline de nuestros municipios y ciudades. Si Nueva York tiene los rascacielos en Manhattan o Madrid la torre de Cristal, que separa el rastro humano del cielo, las ciudades en el eje Cafetero tienen la imponencia del Parque de los Nevados y su cordillera.

Pero ahora ellas pueden dejar de estar allí para nuestro encuentro, para aprender de tiempos remotos, para tener la seguridad que nuestra existencia sólo es una pequeña pieza de tiempo en el mundo. Es evidente que nuestros paisajes urbanos y rurales, aquellos que nos orientan y que han inspirado a poetas y artistas están en riesgo de desaparecer.

Salto del Tequendama, tomado de colombia.com

Es tal la amenaza sobre ellos, que hemos creado leyes que los protejan de nosotros mismos, y eso que es un gran avance para muchos, también es el testimonio de que no ha primado nuestra sensibilidad hacia la vida, sino nuestras ansias de hacer todo a la medida y el privilegio del hombre, y por ello hemos tenido que idear fórmulas para defenderlos de nosotros mismos.

Bajo esta realidad se encuentra el Parque Natural de los Nevados, el río Atrato, Dagua, Cauca, Otún, el Salto de Tequendama y Santurbán, las cortes han decidido declararlos “sujetos de derechos”, que es el lenguaje legal para decirnos que deben subsistir, que no están allí sólo para nuestro usufructo, sino por los procesos naturales que hacen posible la vida de las otras especies. 

Los paisajes naturales y los culturales confieren a nuestras ciudades el deleite estético y si se quiere, en tiempos de aislamiento, la tranquilidad mental de la contemplación.  Así como una gran obra de ingeniería o un maravilloso edificio procuran encuentros agradables al recorrer la ciudad, a nosotros nos fueron dados por la naturaleza y la cultura, volcanes, cumbres nevadas, farallones, paramillos, los cultivos del café, que podemos ver desde kilómetros de distancia, desde muchas ciudades al mismo tiempo, en una comunión de las miradas que refleja lo inconmesurable de la naturaleza y lo pequeño de nuestro andar.

Esa comunión, ese rito colectivo de miradas que se encuentran y se embelesan en el amor hacia la madre, no debería requerir de leyes que protejan el paisaje de nuestro actuar. Porque, como muy sabiamente dicen nuestros hermanos indígenas: el amor a la madre y a la vida es nuestro primer y gran amor.

4 COMENTARIOS

  1. Que buen artículo sobre nuestros paisajes tan hermosos y tan olvidados por todos así como lo enuncia la escritora, que sea un llamado a cuidarlos, preservarlos y a sentirnos orgullos de tenerlos…felicitaciones

    • El olvido, tal vez nace de no alzar la mirada, a veces caminamos sin maravillarnos por nuestra mirada lejana que se escapa para soñar. Los paisajes son extraordinarios y un gran tesoro que tenemos la obligación de conservar.

  2. Lo más hermoso de este privilegio es que sea democrático, todos somos iguales ante el paisaje, está allí para quien quiera apreciarlo y soñar con él.

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