El racismo se aprende en la infancia

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¿Qué consecuencias trae el que a una niña se le diga que si come todas las verduras se le pondrán los ojos verdes?


 

Cuando la fotógrafa brasileña Angélica Dass (Rio de Janeiro, 1979) tenía seis años, tuvo que realizar un dibujo de sí misma en el colegio. La maestra le dijo que usara el crayón “carne”, el cual era rosado, para colorear su tono de piel. La fotógrafa recuerda que al no poder explicar que su tez no era del color del crayón, esa noche rezó para despertar como una persona blanca.

 

Angélica Dass. Foto extraída de: aprenderdegrandes.com

 

Más doloroso resulta el caso de la compositora Victoria Santa Cruz (Lima, 1922-2014), quien en el poema Me gritaron negra narra un amargo episodio que vivió durante su niñez. La poeta recordaba que cuando no tenía ni 5 años, llegó a vivir a su barrio una niña de piel y cabellos claros. Con displicencia, la nueva vecina advirtió a las demás niñas: “Si esa negrita juega, yo me voy”. Grande sería la sorpresa de Victoria Santa Cruz al ver cómo quienes fueran sus amigas la dejaban de lado. “Una puñalada es una caricia comparada con aquello que me pasó”, señalaba la poeta.

 

Victoria Santa Cruz. Foto extraída de: img.discogs.com

 

Es también desgarrador escuchar al actor peruano Reynaldo Arenas (Cusco,1944) recapitular cómo en el colegio sus rasgos indígenas eran motivo de burla y violencia, o conocer la historia de la actriz Anaí Padilla (Lima, 1989), quien relata que cuando no sabía la respuesta correcta en clase, alguien en el salón vociferaba:

“Es que ya son más de las doce, profe. Y los negros son tan brutos que solo piensan hasta el mediodía”.

 

Reinaldo Arenas. Foto extraída de: peru21.pe

 

El racismo, entendido como un cruel sistema de jerarquización y dominación que al determinar la superioridad de una “raza” garantiza el sometimiento de ciertos grupos humanos, se aprende en la infancia. En el ensayo “La cuestión racial: espejismo y realidad”, el sociólogo Gonzalo Portocarrero advierte que desde muy temprana edad, los seres humanos asimilamos ciertos códigos de valoración estética que nos llevan a catalogar la diversidad de rasgos físicos en términos de mayor o menor prestigio.

Así, en una sociedad que pondera la piel, el cabello claro y el rostro caucásico como ideales de belleza, aquellos seres que incumplan tales requisitos resultarán antiestéticos, indeseados.

¿Qué consecuencias trae el que a una niña se le diga que si come todas las verduras se le pondrán los ojos verdes? ¿Qué ocurre cuando los adultos califican de inocente ocurrencia el que un niño pequeño manifieste que “no le gustan” las personas de color marrón? ¿Qué implica que un niño, esta vez no tan pequeño, se sorprenda por la presencia de una “negra” en una fiesta de cumpleaños, y que además respire aliviado al enterarse de que se trata de “la empleada”?

A la niña, evidentemente, se le está enseñando a apreciar un fenotipo en particular por encima de otro, y se le está intentando convencer de realizar una acción en específico en aras de  alcanzar un prototipo de belleza –no habría necesidad de incurrir en una mentira; se le podría decir que si come todas las verduras, será una persona más saludable–.

El niño pequeño, por su parte, crecerá pensando que es legítimo expresar su desprecio hacia el otro, y que la validez del rechazo se fundamenta en la tonalidad de piel. El niño no tan pequeño hace rato ya que ha interiorizado el modelo de una pirámide estamental que ubica en sus eslabones más bajos a las denominadas “personas de color”.

 

Marco Avilés. Foto extraída de: soloparaviajeros.pe

 

A partir del recuerdo de un episodio familiar, el periodista Marco Avilés (Abancay, 1978) afirma que a los 3 años de edad, él ya sabía que no todos éramos iguales, y que había seres de naturaleza inferior a quienes se podía doblegar apelando a su tez o a sus rasgos físicos. Entonces se pregunta si acaso había aprendido ese comportamiento en casa, al escuchar cómo se trataban los adultos entre sí, o al advertir cómo su abuelo se refería a los indios y a los negros.

Hay, efectivamente, una serie de prejuicios racistas en torno a ciertos grupos humanos que se manifiestan en las creencias, actitudes y comportamientos que reproducimos, sin cuestionar, a diario. Se trata de un arsenal de ideas preconcebidas que se filtran en nuestra cotidianidad bajo la forma de refranes, chistes y lugares comunes que consideramos inofensivos.

Los niños, como esponjitas, absorben; y entonces naturalizan y normalizan el que en un almuerzo familiar se exprese abiertamente el desdén hacia los “memes”, o se comente en tono jocoso que tocar el cabello de un negro da buena suerte. De esta manera van construyendo su mundo, y así como se entrenan en menospreciar a ciertos seres por su apariencia física, se educan para venerar cabelleras, pieles y rostros anglosajones –aquellas imágenes que priman en la llamada publicidad aspiracional–.

Si nos pusiéramos en el lugar del discriminado, si nos colocáramos en los zapatos del vilipendiado, si fuéramos nosotros los receptores de aquellas estigmatizaciones racistas que hieren como un proyectil, tal vez los estereotipos no nos serían indiferentes ni los chistes nos resultarían tan divertidos. Puede que conozcamos a alguien que ha sido maltratado, o puede que alguna vez nosotros mismos hayamos experimentado el rechazo por causa de algún rasgo en nuestro aspecto físico.

Está en nuestras manos indagar en nuestros muchas veces soslayados prejuicios, someterlos a duda, y no perder la oportunidad de explicar a los más pequeños que el color de piel no determina el valor de una persona.

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