El trapo rojo, el candidato Fico, y el uso del lenguaje.

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El pasado sábado en la Plaza de Bolívar de Pereira, el expresidente César Gaviria Trujillo, hijo de esta tierra, se subió a la tarima todo vestido de rojo, y en posesión de un desnutrido discurso intentó agitar el “trapo rojo” que representa las banderas del partido que dirige hace ya demasiados años.

El expresidente, desperdició no sólo su presencia sino la ocasión, usando el tiempo en el micrófono para avivar una vieja disputa con otro expresidente, Ernesto Samper, y reclamarle públicamente por unas declaraciones en las que éste llamó a Fico “el candidato de los victimarios”.

Pobre eco tuvo este monólogo que desarrolló Gaviria desde la tarima, porque el expresidente Samper es un personaje tan desprestigiado que entrar en un debate de este calado no aporta nada en términos políticos, y más bien rebaja la estatura del orador que lo interpela.

El otro tiro fallido de Gaviria fue acusar al expresidente español Rodríguez Zapatero de ser “el aliado de Maduro”, criticando de esta manera su reciente acercamiento a la campaña de Gustavo Petro. Estos temas generan escaso interés y son distantes para la muchedumbre, porque no guardan ninguna relación con sus problemas cotidianos.

Al final, el tono desgastado, los temas poco efectivos para una tarima pública, el alargue de la intervención, y hasta la lluvia, obligaron a Gaviria a cortar de tajo su discurso.

El candidato Fico arrancó su intervención diciendo que él era de estas tierras, de madre pereirana y padre quindiano, y, en actitud de cantante, intentó animar a los asistentes exclamando: “¿cómo está Pereira?”.

En su discurso, por lo menos en esta plaza pública, no hubo propuestas concretas, sólo lugares comunes, llamados a la unión, acusaciones sobre el riesgo para la democracia que representa la otra campaña, y reiteradas alusiones a la pobreza y al sufrimiento de la población, remarcando que estas condiciones son inaceptables, e intentando vincular al público emotivamente preguntándoles: “¿sí o no?”.

Tímidas propuestas para los jóvenes, protección de las empresas, y referencias globales a la importancia de conocer las regiones. Y anécdotas, muchas anécdotas. Por ejemplo, traer a colación el decir de sus padres: “nosotros no tenemos plata, nuestra herencia es la educación”.

En general, un discurso flojo, no sólo desde el fondo sino en la forma, cortando las preposiciones, usando “pa” en vez de para: “echemos pa’ adelante”, “a la gente no le alcanza pa’ comprar la carne, pa’ comprar el mercao”; entre muchas otras expresiones coloquiales que muestran el uso de un lenguaje ajeno a la dignidad de una personalidad pública que aspira a ser el presidente de La República. 

Y es bueno aclarar que, si por la campaña de Fico llueve, en la otra orilla no escampa, porque la floritura y la demagogia de Gustavo Petro tampoco alcanzan a encubrir el mesianismo de sus propuestas, y el riesgo evidente de su instalación como autócrata todopoderoso que amenaza la estabilidad de nuestras débiles instituciones democráticas.

El lenguaje no es sólo una manera de comunicarse, el lenguaje es pensamiento, y en términos de su uso, la plaza pública en Colombia es cada vez más circo y menos pan. Las palabras vacías no alimentan ninguna emoción en las masas, por más que estén dichas en parlache y con entonación de animador callejero, o en el tono altisonante del que hacen uso los dueños de la moral y de todas las verdades.

La vieja y pragmática fórmula romana, hay que recordarles a nuestros políticos, funciona siempre y cuando esté compuesta por los dos componentes, no basta sólo el circo si la gente se muere de hambre, física y conceptualmente.

Contamos historias desde otras formas de mirarnos.

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