El yoyo de la vida: ser adulto y trabajar en Colombia

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Esto recuerda Don Bernardo Ortíz ahora emplazado en el parque de el Lago Uribe Uribe. Su mirada es la de un niño y sus palabras se quiebran al referirse a su familia. Y no es necesario preguntarle más, basta con saber que hace sus juguetes para existir.


 

Cada mañana, un anciano de 84 años se sienta en el Parque el Lago Uribe Uribe de Pereira a vender yoyos de madera hechos por él mismo, y a cualquier comprador atento le es inevitable no oír la historia que viene junto con el juguete.

El vendedor, Bernardo Antonio Ortiz, un hombre enjuto, con tres dientes de oro, empachulado, con ojos de niño regañado, pero con voz firme, depende de la caridad de sus hijos y del Estado y a su edad engrosa las filas estadísticas de ese 74% de ancianos en el país que no tienen pensión, ni un sustento fijo.

Por eso Don Bernardo ha recurrido a las ventas callejeras.  Nació en Anserma Caldas, y de joven se dedicó a la agricultura. Vagó por varios trabajos: recogió maíz, sembró frijol y plátano, y finalmente se dedicó a coger café, pero no le iba bien, “era muy malo” dice, ya que según parece, sus dedos gruesos arrancaban junto con el maduro, gran cantidad de café verde.

 

Foto: Diego Val.

 

De esta experiencia “brincando” de finca en finca, aprendió a conocer los tiempos de siembra y cosecha.  Así fue que se enamoró de doña Bertha Salazar y tuvo siete hijos con ella.  Ya con una familia a cuestas, y como buen caldense, se resignó a dedicarse a su familia. Una resignación por amor, por supuesto. Ya los tiempos de ir de lugar en lugar debían esperar ante esta prioridad. Así es que para poder subsistir consiguió trabajo cortando arboles de 4 mts de largo para una empresa de madera de Caldas.  Allí, dice, fue que aprendió a querer la madera de día.  Mientras en casa, de noche, realizaba artesanías con su machete

Poco a poco comienza a enamorarse de la madera, de esa piel de la tierra, como le llama, y que según sus palabras, era “su mujer”. Y es por medio del olfato que comprende que cada palo, o tronco, es diferente, ya que cada una tiene un olor diferente. Unas mas finas que otras, según sus cálculos. Y en ese deleitarse con “su mujer”, que algunos clientes comienzan a ver su dedicación con el producto y empiezan a encargarle muebles, alcancías, bastones, y hasta una caja de madera pequeña para unos restos de un bebé.

Don Bernardo, en sus años mozos, llegó a afirmar con emoción que encontró un oficio. Ese que no pensó encontrar luego de que su padre le dijera en la montaña: mijo, vieja madera para arder, vino viejo para beber”.  Porque su progenitor trabajaba haciendo carbón, hasta que el negocio murió por falta de clientes y porque lentamente, la energía sustituyó el mineral. Además, de que su señor padre cayera en el aguardiente.

 

Foto: Diego Val.

 

Esto recuerda Don Bernardo Ortíz ahora emplazado en el parque de el Lago Uribe Uribe. Su mirada es la de un niño y sus palabras se quiebran al referirse a su familia. Y no es necesario preguntarle más, basta con saber que hace sus juguetes para existir. Y al preguntarle por estos, toma un yoyo entre sus manos gruesas y arrugadas por el tiempo.

“Yo me levanto a las 6 de la mañana a lijarlos. Uno a uno como un hijo. Así lo hago”  y como un niño meneando una hoja para todos lados, muestra como es que pule cada yoyo.

“Después los pongo uno detrás del otro. Y hay veces me parece que son niños que van para la escuelita. Pero ellos vienen para acá, conmigo, al parque. Solo pienso que alguno lo va a comprar y ya. No pienso más”.

Sobre la pintura, se refiere que una vecina llamada Luz Stella, le hace el favor, es decir, ella toma las pinturas escolares de su hija y con un diminuto pincel pinta de azul cada uno, le pone estrellas de colores y luego los pone en la ventana hasta que se sequen.

“Ella es muy amable. Ya pintaditos la gente se los lleva (los compra) para dárselos a sus hijos”.

 

Foto: Diego Val.

 

Don Bernardo cuenta que lo primero que hace es ir donde un amigo ebanista en la calle 7ª y él le obsequia pedazos de madera, de donde traza con un kilométrico los círculos (que en realidad no lo son, sino formas amorfas), y luego comienza a sacar las “tapas” para unirlas y así hacer un yoyo para vender.

Al ganar la curiosidad y preguntarle por su familia, Bernardo decide no hablar mucho. O mejor, habla muy despacio. y al fin nos dice que tiene varios hijos, algunos de ellos con hogares ya establecidos, pero ahora él vive con una de sus hijas, en el cuarto de “atrás“. Eso parece, por el momento, no importarle. Lo importante es no mojarse o tener donde refugiarse del viento y el frío. Solo sabe que toda la vida se ganó el sustento y esta etapa de la vida no parece ser la excepción. En horas de almuerzo, acude a la beneficencia de la iglesia católica que tiene unos comederos para personas de tercera edad en Pereira, cerca al centro.

Allá se ha hecho amigos. Sexagenarios y octogenarios, a los cuales les cuenta de sus manualidades y hablan entre ellos del país. Dice que la señora Paulina, una amiga del comedero, le encargó un yoyo para su hija Valentina. Pero que lo quiere de color rosado. Bernardo no dice nada. Solo desea vender sus productos, sus “hijos” como los llama. “al menos que mis hijos sirvan para algo” dice, en tono jocoso, no sarcástico. Es un hombre risueño, y muy pocas cosas lo alteran a su edad.

 

Foto: Diego Val.

 

Este hombre entrado en años, pero con la felicidad de un joven, sale cada día, llueva, truene o relampaguee, porque a esa edad, ya es difícil “ser una carga para sus hijos”. Sin embargo son palabras duras, porque aquello exime también al “estado” de una ley que solvente las necesidades básicas de esta población a nivel nacional.  Una cosa es cierta, y es, que Bernardo Ortíz es querido por sus vecinos del sector, es decir, los vendedores de chiclets, chorizos, lotería, y por los venezolanos que ya se están apostando en el parque El Lago Uribe Uribe, vendiendo sus arepas con carne desmechada y su guarapo.

 

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