Elogio a la ignorancia

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En todo caso es difícil imaginar que a esta ignorancia se le aplique la fórmula clásica de la manipulación, esa suerte de hilos invisibles que recortan las famosas entendederas, enturbian las miradas y cosen los labios de vez en cuando


 

En la sociedad colombiana es fácil decirse ciudadano, se presenta como un hecho consumado, como cuando se dice “estoy comiendo sancocho”, o “esta morcilla está muy buena”. Se da como una verdad evidente, sin necesidad de cuestionar mucho sobre su trasfondo, así como no se cuestiona demasiado lo que hay detrás de la morcilla deliciosa.

Los colombianos tienen esa rara fauna intelectual, ágil y descomplicada, de cuestionar todo lo que les resulta fundamental (como un acuerdo de paz, o el fin de un conflicto), y de aceptar en términos infantiles lo que debieran ser ejercicios de constante inquietud y perturbación mental, como por ejemplo la ciudadanía, el actuar bien, o el simple y cristiano llamado de hacer el bien para el mundo (Pax Bovis).

Esta actitud desobligada y descomplicada permite que aparezcan esos raros seres de luz solar que salen a las marchas por atentados terroristas que ellos mismos han propiciado a través de las tranquilas votaciones de un pueblo soberano.

No se podría considerar que lo hagan con mala intención, porque incluso el mal, en ese grado, exige un nivel de conocimiento del que ese pueblo carece y adolece, y goza de esa adolescencia.

No es un pueblo malintencionado, sólo es torpe, infantil y manipulable. Carece de la educación suficiente para darse cuenta de ciertas cosas, como de este principio físico y fundamental: “toda acción tiene una reacción”.

 

 

Lo curioso de este grado de ignorancia no es la ignorancia por sí misma; suave sofisma de los que por rocosas circunstancias no han podido encontrar una luz adecuada, pues de esta forma el ignorante lo es por sus circunstancias y siempre se le puede guiar con la luz conveniente.

Pero el caso colombiano es absolutamente distinto. Su ignorancia no parece perturbar su existencia en modo alguno. De hecho, parece sentirse orgulloso de ser su portador y la exhibe como un trofeo que se niega abandonar.

En todo caso es difícil imaginar que a esta ignorancia se le aplique la fórmula clásica de la manipulación, esa suerte de hilos invisibles que recortan las famosas entendederas, enturbian las miradas y cosen los labios de vez en cuando.

De ese tipo de manipulación que hacía, en todo caso, al ignorante portador de ella, un humilde y cobarde servidor, siempre dispuesto a escuchar otra voz.

La ignorancia que exhibe el colombiano vocifera por las calles, sale a marchar con un orgullo descarado, se viste de sombrero paisa y poncho, y pide bala, mucha bala, con gestos que pueden intimidar al más valiente defensor de la razón. La ignorancia colombiana camina con un paso orgulloso y sin agachar la cabeza, habla duro y grita cuando es necesario, defiende sus convicciones con una fe religiosa, y se niega al error con una fuerza sobrenatural.

Esta ignorancia que se exhibe sin descaros ni desmedros ha logrado colarse en todas partes, y ha permeado todas las capas de la sociedad, incluso aquellos espacios que parecían restringidos a los honorables ejercicios de la racionalidad: profesores, arquitectos, ingenieros, médicos.

 

 

No se salvan, es una cosa rara, cumplen sus funciones automáticamente, pero el pensamiento asociado a sus ejercicios se ha convertido en un fantasma que ya no se puede recordar.

La ignorancia, pues, ya no es cosa de clases, de dinero o de acceso al conocimiento, es un virus que lo infecta todo; un hoyo negro que ha absorbido todas las formas y escalones de la sociedad.

Su muestra más emblemática son esas marchas que hacen en nombre de la paz y en las que piden bala, y en las que se encuentran a una feliz distancia las señoras, encopetadas, mientras miran al otro lado la gentil servidumbre que grita el pánico de volverse como Venezuela o de dejar el estado en manos de unos bandidos.

La ignorancia allí va en una apoteosis de felicidad conjunta, se cogen de la mano los unos y los otros, no hay distingo de clase, ni formación, ni cuna. De esa forma la ignorancia terminó haciendo realidad el sueño fraterno de igualdad de la razón, que en este caso es la ausencia de ella.

Pero la cosa es más grave aún. Sus buenos representantes católicos y cristianos, muchos de ellos, buenos vecinos, según parece, se han apropiado de una retórica incendiaria que intimida en su sola presencia gritona y altanera, y no quieren ceder sus espacios a una racionalidad que miran con sospecha y con reserva en el prontuario.

 

A todo aquel que intenta hacer un ejercicio racional se le empieza a tildar con abusiva facilidad de terrorista, guerrillero, mamerto y anormal. Por supuesto, desde el punto de vista intelectual la racionalidad es terrorista, transgresora, rebelde, pues se revela contra la evidencia del mundo y explora sus causas profundas.

Pero hacer esto va contra el lugar privilegiado que la ignorancia parece tener en nuestra sociedad.

Más aún, todo aquello que tenga tufillo a pensamiento crítico representa una afrenta inmisericorde a todo aquel que decide creer en lo primero que ve y (que) escucha. La racionalidad nos vuelve más humanos, pero eso representa un peligro para el reino animal y vegetal de la ignorancia.

Es por ello que últimamente se han ido en ristre contra el gremio docente, al que tildan de castrochavista, narcoterrorista, y otros adjetivos cuya conexión, -no se puede desconocer- por lo menos, es imaginativa.

El problema entre el conocer y la rebeldía es que son comadres, se conoce por una rebeldía fundamental contra el mundo, contra el estado de cosas. La medicina se ha rebelado contra la enfermedad, los ingenieros se han rebelado contra las distancias. Ellos, por el solo uso de la razón, se pueden denominar intelectuales.

La intelectualidad es una insatisfacción permanente contra un mundo cuya evidencia parece funcionar en automático: “lo bueno es bueno, lo malo es malo, lo blanco es blanco y lo negro es negro”. En tal sentido el ejercicio docente ni es terrorista, ni es marxista, ni es castrochavista. Es simplemente crítico, pero la ignorancia ha sabido hacer un buen recaudo de ella asociándole groseramente a estos adjetivos.

 

 

El problema no es que se enseñe marxismo, o comunismo, incluso capitalismo… el problema, en sí mismo, es enseñar a pensar. De tal suerte que la ignorancia no está en contra de una ideología política determinada, está contra todo aquello que rompe su lugar en el mundo: el pensamiento mismo.

A ese pensamiento le han arropado de una ideología, de una determinada forma de ser, marxiana y barbuda, pero su problema no es ese. Pensar, por sí solo, pone en peligro el acto de su existencia.

¡Viva la ignorancia! La felicidad asociada a ella, los amigos entrañables que dan la vida por un partido, los patriotas cizañeros que pierden los estribos por un comentario, los hombres que dudan de su sexualidad ante un gesto amable, la sociedad que enloquece, cuando hablan de paz, mientras ella está acostumbrada al placer de los golpes.

 

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