En el fondo del mar la vida

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Desde esta casa, en lo alto de la montaña, las faldas se desprenden en cascada hacia la ciudad. En las mañanas, una paz de angustia acompaña el río de gente que se despide y se persigna al pie de las puertas del inquilinato, del garaje, del hueco del barranco que le sirve de salida de emergencia. Se van y hacen espuma. Chocan contra los muros de las avenidas, pierden la cabeza. Aún no ha sido creada una ley, una moral, un arte para el barrio donde vivo. En su mayoría son vendedores ambulantes, amas de casa, jíbaros y ladrones, gente ordinaria y sucia que parece siempre la misma. Aquí es imposible distinguir una puerta de una ventana, tan apiñados conviven que, al parecer, solo los colores primarios permiten hacer una división justa entre casa y casa.

Ya los sepulta la noche, ya llegan con su pan al hombro y su café. Mañana volverán a arder con el sol –beso amargo-  y todas las noches el sueño será la muerte. Volverán a partir platos y huesos y ventanas… Arriba del segundo piso de la casa donde escribo, el niño, el fantasma de un niño no tendrá aire para llorar… dos, tres, cuatro de la madrugada… cómo ascienden del abismo. Ayer mi vecino mató a su esposa a golpes y la dejó tendida en el filo de la escalera. En la radio el gobernador insiste, insiste en que “en el departamento no existe presencia de ninguna banda criminal o actores armados”. Poco se merece o se espera de una vida por la cual hay que pagar para morir, ¿quién liquida o transfiere la deuda de esta vida de horror, de esta vida cuyo origen puede no ser divino, sino de espasmos y quejas…? Mañana, sí, mañana iremos a parar con nuestros huesos al desbarrancadero al otro lado de la montaña en bolsas negras ¿Quién dice que tuvo un nombre y su madre lo recuerda en aquel rincón de Soacha? Con las manos que borró el petardo, tengo fiebre y escribo.

Las líneas invisibles de la droga, las líneas invisibles de la madrugada son ahora las fronteras de la muerte. Cuando mueren dejan sus zapatos colgando de los cables eléctricos… La ciudad ruge bajo la centella, bajo la metralla… Son innumerables las casas de bahareque y guadua en donde no se puede prender una vela a ningún santo a riesgo que arda la comunidad ¡Es nuestro infierno el paraíso en la tierra! Hoy, el carro de la basura dejó de pasar. Chulos, perros, gatos, gusanos y hormigas se disputan las sobras… luego la lluvia de las dos de la tarde barre las calles y nada.

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