Entre alcachofas y jamones

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Esto me sirvieron de primer plato, y no es broma


 

Ya me huelo que este Viernes Santo me la pasaré sobriamente por no decir hambriento. De entrada, el postre tradicional de estas fechas no invita al optimismo: ¡arroz con leche!, que quizás guste a los niños y a los viejos. Yo que estoy al medio, no le hallo el gusto por ningún lado. Y si lo adornan con pasas de uva es doblemente aterrador, añadir dulce a un potaje dulce no debería tener perdón. ¡Pero qué le vamos a hacer, así había sido la tradición!

Todavía recuerdo con pavor el primer día que me sirvieron esa dichosa ¿flor? ¿fruto? ¿bola de hojas? llamada alcachofa. En la familia de mi amigo con raíces árabes me enseñaron a comerla con aceite de oliva, ¡lámina por lámina, uf, qué ejercicio más agotador! En la casa de mis tíos se la sirve como primer plato, así sin más, untando cada hojita en salsa golf. Sucede tan a menudo que supongo que la consideran un manjar. Cuando les caigo por allí tengo que hacer de tripas corazón para sumarme al “festín” sin rechistar; eso sí, murmurando entre los dientes y con ganas de decirle a la cocinera: primero me como mi segundo.

 

Extraída de Webdelgastronauta

 

¿Se han dado cuenta de que es el único alimento que deja más residuos que otra cosa? Cuando te la sirven así enterita, uno se imagina que aquello debe saber a dioses. Pero no, resulta que todo es una bolacha dura y desabrida, que hay que ir deshojando para apenas comerse la puntita y a lo sumo el corazón, que aunque tierno es más soso que una hostia. Ni de lejos puede compararse a unos corazones de palmito, por ejemplo. Ni hablar de la montañita de desperdicio que queda en el plato que haría temblar a cualquier ecologista que se respete.

El día que tenga hijos, prometo castigar su desobediencia mandándolos a un rincón a devorarse su alcachofa, hoja por hoja, pero sin aliños ni salsitas. No vaya a ser que al final los jabatos le pillen gusto al asunto.

 

Extraída de Webdelgastronauta

 

Hablando de jabatos, todavía recuerdo con vívida nostalgia esa noche de enero en que mi prima Patty me invitó a degustar una paleta de sabores gourmet y otras delicadezas que se trajo de Europa, combinándola espectacularmente con productos locales que tenían también su alcurnia. Aquella mesa valía una pequeña fortuna pues había una exquisita colección de quesos maduros,  speck (jamón alemán), prosciutto, y un rarísimo jamón del que se me aseguró que era de auténtico jabalí, que sabía un tanto áspero al paladar pero ese ahumado que tenía resultaba endiabladamente suculento.

Porque el tiempo apremiaba no alcancé a saborear el foie gras, ni las finísimas mermeladas de factura italiana que venían en potes minúsculos. Como soy enemigo declarado de lo dulzón, tampoco se me antojaba hacerlo. Con todo, tiempo hubo para regodearme con rodajitas de chorizo curado de variadas texturas hasta picantes, mis favoritos. Concluí la faena probando todos los quesos que ya los había devorado previamente con la mirada. Así me fue de bien esa noche única, rematada con el más excelso vino nacional, astutamente denominado Único,  para terminar de cerrar la ecuación. Aquello fue lo más alto que he subido en materia de degustación. Desde entonces todo ha sido cuesta abajo. Dan ganas de llorar por esos instantes perdidos.

 

Extraída de Webdelgastronauta
Esto tampoco es broma, pero apenas duró una exhalación

Menos mal que existe la metafísica popular para superar el mal trago, ¿dije mal trago?… perdón, quise decir mal rato.

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