Esquizofrenia colectiva o la lógica del falso dilema

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Estamos ante la proximidad de un colapso, y el falso dilema entre dos posiciones radicales.


 

La violencia se ejerce de muy diversas maneras, aunque las formas violentas que más destaquen sean aquellas que acarrean consecuencias físicas: una buena golpiza o un asesinato. 

No obstante, las agresiones más frecuentes se presentan revestidas de lenguaje, uno que pretende convencernos o someternos a una situación, tomar una determinación o realizar una acción, y que apela a algo que existe internamente en nosotros: baja autoestima, sentimiento de culpa, miedo o desesperación.

De esta manera, quien ejerce la tiranía frecuentemente cuenta con la colaboración sumisa de su víctima, lo que le facilita el abuso de poder, fuerza o superioridad, pues es precisamente la mansedumbre del agredido, que se pliega al dictamen sin oponer ninguna resistencia, la otra cara de la moneda de este tipo de violencias.

Cuando una distorsión de la realidad se mezcla con el ejercicio de un mando despótico, lo que se obtiene es el sometimiento de las audiencias a encrucijadas falsas, caminos con salidas únicas, en las cuales el sometido se ve obligado a optar por supuestas soluciones que sólo contribuyen a aumentar el mal premeditado, la atmósfera de riesgo apremiante, resultante de la alteración de la realidad, de la confusión y las creencias delirantes.

Combinación entre una esquizofrenia colectiva inducida por un relato que ha manipulado la percepción de la realidad de tal forma que muchos ciudadanos coinciden en que estamos ante la proximidad de un colapso, y el falso dilema entre dos posiciones radicales, cada una apegada a su reconstrucción de la catástrofe.

 

Fotografía extraída de: Las2orillas

 

La forma que se nos presenta para resolver el escenario prefabricado del cataclismo es, como en toda falacia del tercero excluido, de única y errónea salida, ya que no apegarse a una de las soluciones extremas implica, en el ejercicio de esta falsa lógica, en convenir con la ocurrencia inmediata del desastre anunciado por ambos extremos.

Aunque tal situación límite, preludio de la desgracia, no esté sustentada en la realidad objetiva, se ha generado ya un entorno en el que la inminencia de su ocurrencia no se discute.  Es el estado de ofuscación común el que lleva en sí mismo inoculado el potencial del desastre, puesto que los miembros de la sociedad se han visto forzados a sumarse a uno u otro extremo, y de esta manera han ingresado, tal vez sin posibilidad de retorno, a un ambiente de tensión y de exacerbación de las diferencias en cuyos bordes solo es posible afirmar: si no estás conmigo, estás contra mí.

Así, en este estado de alucinación, nos debatimos en la proximidad de la segunda vuelta de las elecciones en Colombia.  Dominados por las voces de los profetas de izquierda y derecha, nos sentimos apabullados con las calamidades que nos pronostican desde una y otra orilla, y en relación a las cuales se nos obliga a tomar una decisión, a afirmar una de las dos posturas en contienda, so pena de convertirnos en cómplices de la más segura adversidad.

Oímos voces, como cualquier esquizofrénico, pero no son las voces interiores que nos impulsan a tomar conductas desadaptadas socialmente; los gritos que colman nuestro mundo por estos días son los chillidos de los partidarios de los bandos en disputa, que primero intentan seducirnos o persuadirnos, y al vernos titubear, al encontrarnos reacios a instalarnos en la falsa dicotomía, nos agreden y nos acusan de cohonestar con quienes, para ellos, serán la ruina segura de nuestro país.

No nos ha sido posible siquiera sentarnos a debatir de manera argumentada las posiciones de unos y otros, sólo se nos permite establecernos en la dualidad amañada, aceptar sumisamente el exceso que se nos impone en relación a que nuestra única posibilidad es optar por una u otra salida quedando, efectivamente, plegados a la voluntad de la facción así elegida, pasando a ser sus esclavos en virtud de haber suscrito automáticamente un enfrentamiento con aquellos que hayan optado por la resolución opuesta.

 

Fotografía extraída de: Static01.nyt.

 

Y es posible que, a ese escenario de la existencia deformada, acción realizada a conciencia y necesidad de quienes así han obrado en virtud de que es precisamente esta desfiguración la que garantiza el emplazamiento a plenitud de la mayoría de los ciudadanos en su dilema falsificado, muchos hayan arribado por la desesperación, inducida a partir de la coacción ejercida para obligarlos a adoptar una posición.

Cuando menos lo pensamos, terminamos suscribiendo tesis que en condiciones normales abominaríamos.  Y lo que sucede es que tenemos los nervios a flor de piel, estamos sobre excitados, nos han impuesto el terror como única forma de existencia. Tan acostumbrados vivimos a la violencia que nos hemos sometido, nuevamente, sin mayor oposición.

Otra vez, los impetuosos nos han dominado, esta vez a partir de la palabra, a partir de la recreación de un mundo que, aunque no se pueda comprobar en el presente, se ha asumido como un hecho inevitable en el futuro.

Somos los animales cuya vida social está cimentada en relatos. Las narraciones nos hicieron humanos y de su mano hemos creado las maravillas de la cultura universal, y también a partir de ellas, en ocasiones, hemos logrado unirnos para realizar actos atroces, para legitimar con nuestra adhesión las peores barbaries.

De una manera tan radical, y con inigualable fuerza, somos producto y estamos condicionados por las narraciones, que parecemos estar repitiendo, para gozo eterno de nuestro nobel de literatura que nos contempla enternecido desde su no-lugar: “Algo muy grave va a suceder en este pueblo”.

 

Fotografía extraída de: EFE/ARCHIVO/Ballesteros

 

Así, cuenteados, caminamos decididos rumbo a afirmar con nuestro humilde voto a uno u otro extremo, sin tener la capacidad para detenernos por un instante a reflexionar si efectivamente podemos suscribir y responder por el resultado de tales aventuras, por el ejercicio del poder que desde ambos extremos se anticipa excedido, poco tolerante, avasallador de esa otra media sociedad a la que han rechazado hasta el punto de llegar a negarla.

Para los fanáticos de uno y otro borde estará bien, su pensamiento no albergará crítica alguna a las acciones de su líder.  No obstante, existe una gran masa de votantes que no tienen esa disposición del adepto, cuyas mentes conservan una independencia de juicio que les pasará una cuenta de cobro cuando comiencen los desafueros de uno u otro, cualquiera que resulte ganador. Actitudes y acciones sectarias llegarán irremediablemente, y la propia conciencia reclamará al implicado que esos desafueros se están llevando a cabo con su ínfima, pero no por ello menos íntima, complicidad.

Es por esta razón que bien vale la pena considerar no plegarse a una u otra voluntad excesiva, pues ninguna de las dos dará garantías de respeto por el Otro, ese indeterminado ser social que piensa y siente diferente de nosotros, pero que persiste como un ser cuyos derechos de pensamiento y acción debemos respetar, así no coincidan o incluso difieran ostensiblemente de los nuestros.

De eso se trata la democracia, y así sea tan solo por conservar las apariencias, hay límites que no se deberían vulnerar impunemente. O, peor aún, podría ser que observemos los desmanes previsibles, y que no podamos decir que no hemos acompañado esas vulneraciones, aunque solo haya sido contribuyendo de manera poco consciente a que una de los grupos en contienda se impusiera sobre el otro.

Y lo más lamentable será que a ello habremos llegado instigados por el temor a un indeterminado futuro que, querámoslo o no, ha sido meticulosamente elaborado para inducir en nosotros este estado de esquizofrenia colectiva y el falso dilema que hoy enfrentamos.

 

Fotografía extraída de: El Heraldo

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