Estampas de la cuarentena: cuando tu casa se convirtió en tu restaurante favorito

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Estos lujitos no dan para tiempos de cuarentena

Malos tiempos para la gastronomía. Peores para quienes hacían del arte de salir su afición favorita. Los fines de semana se han borrado del calendario y de nuestras vidas a causa del confinamiento. Ahora no hay quién halle la diferencia entre un miércoles y un domingo cualesquiera. Todos los días son rutinarios, indistinguibles e intrascendentes. Los fines de semana por lo menos había fútbol, baile en la discoteca, conciertos, visitas al cine, excursiones al campo y, para los amantes del buen comer, el delicioso ritual de acudir a sus sitios preferidos donde practicar ejercicio, por lo menos el de paladear.

Bien nos engañamos todos, creyendo que en unas cuantas semanas se acabaría todo, alimentando la idea de que saldríamos rápido de la cuarentena y de sus consiguientes restricciones.´Ya habrá tiempo para meterle un platito con sus cervezas frías’ prometíamos, mientras nos frotábamos las manos de auténtico placer, cual viejo hábito pavloviano. Cuántos cumpleaños, bodas, aniversarios y otros agasajos habremos suspendido con la esperanza de que íbamos a festejar el doble cuando todo el fenómeno del coronavirus pasara, cual triste canción de moda.

Echados de sopetón de nuestros cafés, snacks, heladerías, restaurantes y otros lugares predilectos, fuimos a hallar refugio en el sitio menos insospechado. Lo que antes nos parecía rutinario, eso es, todo aquello de sentarse a la mesa, desayunar a toda prisa, almorzar tarde o con desgano, por culpa del acelerado ajetreo de la sociedad actual; todo ese cúmulo de situaciones vertiginosas ha parado en seco. Como si la máquina del tiempo se hubiera ralentizado de repente. Pasan las horas, los días, a un ritmo endiabladamente lento. Tiempo de sobra hasta para masticar bien los alimentos. Y, cómo no, para desempacar los manteles que se tendían en ocasiones especiales. Y darle vida al comedor del salón que parecía olvidado y que casi siempre se alistaba para cenas navideñas, a lo mucho.

Paulatinamente el comedor, inevitablemente, se ha convertido en el lugar menos aburrido de la casa. Al final de cuentas, comer casi nunca es aburrido, mucho menos en épocas de crisis o carestías, al extremo de que a veces hasta un duro pan nos sabe a bocado de dioses. Así que, las fuerzas de las circunstancias nos han hecho ver las cosas desde otra perspectiva; nos hemos visto forzados a apreciar cada almuerzo, cada plato fuerte, cada postre. Y la sobremesa, con siesta incluida.

He aquí un compendio de un recorrido por la ruta gastronómica de algunas regiones de Bolivia, aunque sea de manera virtual y no estrictamente apegada a las recetas tradicionales, sino más bien por la vía de la creatividad, la disponibilidad de recursos y otros elementos, condicionados por la encerrona. Nunca el confinamiento había sido tan auspicioso, aunque sea por breves momentos.

1.- Ensaladilla de atún, que bien puede ser el platillo entrante en cualquier ocasión, no apto para veganos y otros bichos herbívoros. Tan fácil de hacer que hasta un gato la prepararía si pudiera.

2.- Guiso de garbanzos con aros de cebolla. El exultante picor del ají es muy bien coronado con los adictivos vahos del cilantro picado. Una experiencia olfativa que llega a lo más profundo del cerebro primitivo.

3.- Fettucini con pollo al pimentón. Una combinación de sabores agridulces, tan buena que hasta me olvidé de mi poco afecto a la carne emplumada.

4.- Ají de plátano con chuño blanco. Un experimento culinario que resultó una maravilla: el dulzor del plátano de cocina no resulta empalagoso cuando media el picante. Casi como comida oriental en tierras andinas. El sabor acidoso del chuño blanco, con leves regustos térreos, ofrecía un raro pero suculento contraste.

5.- A veces, meterse en un berenjenal puede salir deliciosamente de la hostia. Milanesa de berenjena con puré de papas imillas. Solo un sibarita curtido podría darse cuenta de que la milanesa no era de carne.

6.- Oye, chico, esto no es plato cubano aunque lo parezca. Eso con pinta de arroz es quinua real, el ‘arroz’ del altiplano, tan nutritivo como para llevarse a Marte para comida de los astronautas. Ya pueden sentir envidia los bolivianos del llano con este ‘Majadito colla’, tan suculento que ni falta hicieron los platanitos fritos de compañia.

7.- Frijolada valluna, un experimento que salió mitad ‘feijoada’, mitad ‘bandeja paisa’, por pinta, no otra cosa. Muy comestible y llenador, en cualquier caso.

8.- Un plato que nunca puede salir mal es un ‘picante de pollo’, sobre todo cuando toda la energía del chef se condensa en la sazón alquímica del caldo, que se notará en la textura suavecita de la carne, definitivamente.

*Pueden ver más contenidos de este autor en: Bitácora del Gastronauta. Un viaje por los sabores, aromas, y otros amores

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