Estampas de la cuarentena: esos ricos momentos que el coronavirus nos arrebató

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Kepi o kibe a la boliviana, el último banquete al que asistí.

¿Recuerdan cuándo fue la última vez que se reunieron de manera grupal, en formato de pequeña manada si quieren,  para disfrutar de una comida? ¿Así haya sido entre colegas de trabajo, entre amigos o entre familiares? Hace… ¿uno? ¿dos? ¿tres meses o más? En cualquier caso, no parece que fue ayer sino hace toda una vida. Sinceramente, no puedo precisar hace cuánto me ocurrió a mí. Pero recuerdo nítidamente que fue en el cumpleaños 25 de una de mis primas, de un sábado cualquiera en el calendario, al que fui invitado de improviso, sin mayor protocolo como cabe entre gente de bien y, ya saben que, cuando me convidan a un ágape u otro acontecimiento parecido yo jamás me hago de rogar. Podría hasta curarme de una úlcera estomacal en un pestañeo por momentos así.

Un bufett sin gente alrededor ya no tiene sentido.

Desde entonces no he vuelto a probar nada parecido. Y no me refiero al menú precisamente. Pude haber compartido una simple comida ancestral o celebrado la ocasión con un chocar suave de copas para luego acariciar el vino, mientras todos decíamos colectivamente ‘¡salud!’ Asimismo, rematar la faena con una porción de frutas a manera de postre, las que hubiera a la mano y, de fondo, el sol que desparramaba sus hilos de luz sobre las macetas del patio. Da igual, eso es lo de menos, decimos. Pero ese rato conjunto, ese murmullo de voces en torno de una mesa, esa complicidad de sonrisas y demás ingredientes era invaluable, no encuentra sabor parecido al día de hoy.

Un almuerzo ancestral: ¿será que podremos volver a disfrutar de estas estampas?

Por entonces no lo sabíamos. Quizás estábamos sueltos, alegres, despreocupados, como suele ocurrir en todo evento compartido, donde tercia un plato de comida y su correspondiente trago de compañía. Sin excesos, sin prisa, sin pausa. Como buenos animales satisfechos, ajenos al futuro. Con cada bocado con que nos deleitábamos estábamos palpando el presente, nos hacía sentir vivos.

‘No hay nada menos mudo que las mesas sin nadie’ sentenciaría un Galeano de la gastronomía.

Por entonces no lo sabíamos ni lo sospechábamos, pero cada gorgoteo del vino bajando a nuestra copa inclinada era la antesala al momento culminante: ese brindis, esa comunión con nuestros amigos o seres queridos nos hacía sentir, quizás por un instante, la eternidad. 

El autor (de gorra), ejerciendo el noble arte de gorronear, con su copa de vino, por supuesto. Tiempos sanos, tiempos vividos, otros tiempos.
**Pueden ver más contenidos de este autor en: Bitácora del Gastronauta. Un viaje por los sabores, aromas, y otros amores

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