Estampas de la cuarentena: limones que son vida

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Mi rutilante cosecha otoñal: trilogía dorada para un buen trago o una pulcra limonada

Dado los tiempos que corren -lo cual es un decir, porque precisamente hallándonos en medio del confinamiento pareciera que el tiempo transcurriera lentamente-,  la cuarentena,  nos ha obligado a ver las cosas que nos rodean de otra manera, aunque sea en el reducido cubículo de un departamento. Justo en este momento me viene a la mente un lúcido cuentito de un polaco y quisiera, por un instante, revolucionar este rincón que habito, poner las cosas patas arriba o reacomodar los objetos una y otra vez, hasta el agotamiento.

Pero no soy de quedarme, como dice la canción, “sentado aquí en el aburrido cuarto…/desperdiciando mi tiempo… / y no sucede nada / y me pregunto” prisionero de cuatro paredes buscando cómo matar el tiempo de cualquier manera. Es preciso huir, más que del encierro físico, del aletargamiento mental que suele producirnos un prolongado encierro. Por tanto, salgamos al jardín (uno de los más preciados bienes en esta inesperada coyuntura) u otro sitio verde mientras podamos. ¡Qué regio había sido sentir por fin la suave textura del pasto, cuando antes sólo nos interesaba pisotearlo!

Debajo de un limonero se puede decidir el destino del mundo, ¿a que sí?

Ya tener un puñado de árboles alrededor debiera ser sinónimo de buena fortuna, y si alguno está a punto de brindarnos su cosecha sería el colmo de la dicha.  Hallándonos en el cono sur en pleno otoño y a puertas del invierno, los cítricos son los frutos llamados a alegrar la fría estación. Como cada jornada, he salido con los primeros rayos de sol a contemplar los árboles de la casa. Digo bien, contemplar, desde el respeto silencioso, desde la quietud que concede la pausa, desde la efímera y profana apreciación de mis ojos; desde luego, no con la mirada de un Tarkovsky y su críptica poesía de imágenes, ni la de Terrence Malick eterno enamorado del paisaje y cosillas afines.

Si Malick contemplase esto en vivo, se quedaría petrificado

Deslumbra el limonero, mejor dicho los tres limoneros, tan verdeantes y apacibles, amos de la mansedumbre. Toda su luminosidad expresada en jugosos frutos, fragantes obsequios de la naturaleza, pródiga hoy de repente cuando el peligro acecha en las sombras, en la invisibilidad. Cuando la incertidumbre aumenta la sensación de zozobra, miro compulsivamente el limonero, el de pasmosa calma, el que deja caer sus circulares y amarillos dones a un palmo de mi rostro. Se hace menester frotar su rugosa piel, y luego su espíritu fresco y corrosivo que empapa los dedos surte el efecto de un bálsamo primitivo.

Chsssst, no son una enormidad de naranjas o toronjas, aunque lo parezcan

Donde haya espacio para cultivar un impensado huerto, acaso un remanente del paraíso perdido, ahí no habrá espacio para pandemias y otros oscuros avatares. Así que, ¡a vivir el día!, aunque sea de limonadas y otras ácidas emociones.

**Pueden ver más contenidos de este autor en: Bitácora del Gastronauta. Un viaje por los sabores, aromas, y otros amores

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