Este rollo no es antiguo: reseña de “A la sombra de un Naranjo”

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Por, Daniel Ramírez Orozco

A la sombra de un naranjo, Juliana Muñoz Toro

Ilustraciones de Mohammad Barrangi

Colombia, 2020

Editorial Tragaluz

La literatura tiene algo de etérea porque su material no es algo tangible. Un escultor no puede trabajar sin el mármol o la arcilla, pero un poeta, a menos que sea víctima de una afasia, siempre tendrá sus palabras y no habrá forma de evitar que trame un verso como no sea con la inconsciencia o la muerte. A pesar de esta circunstancia, no se puede negar que el soporte de la escritura puede entregar algo extra a la lectura. Por eso pueden encontrarse lectores que reniegan de los e-book y reivindican cierta mística en el contacto con el libro físico. A quienes piensan esto hay que concederles que, efectivamente, si se logra compenetrar el formato del libro con la historia que cuenta puede cambiarse la experiencia lectora radicalmente. Esto es precisamente a lo que le ha apostado la obra “A la sombra de un naranjo”.

Es bien sabido que lo “retro” está de moda desde hace un tiempo y la editorial Tragaluz ha decidido llevar esta tendencia al extremo sacando un libro en formato de rollo, como los que se producían en el antiguo Egipto hace milenios. Esta novedosa y a la vez arcaica idea surgió de las ilustraciones de Mohammad Barrangi, quien ganó en 2017 el IV Premio Internacional de Ilustración Tragaluz con sus trabajos de inspiración persa. La editorial, al ver estas obras que transportan a otro tiempo y otra cultura, decidió poner en marcha un proyecto que hiciera honor a la sensación que despertaban dichas imágenes. Para ello pidió a la escritora Juliana Muñoz Toro que escribiera un relato inspirándose en las ilustraciones de Barrangi y de este trabajo conjunto resultó está particular obra que debe medirse en metros y no en páginas como los demás libros.

Aunque seguramente no es fácil el trabajo de escribir una historia partiendo de dibujos ajenos que no buscan narrar algo concreto, el esfuerzo de la autora dio como resultado un cuento cuya lectura nos regresa a la infancia, cuando el juego y el sueño eran extensiones de la fantasía que inundaba nuestra mirada y sin saberlo creaba metáforas hermosas allí donde se posaba.

La protagonista del relato es Layla, una niña que al cavar cerca del naranjo de su vecino encuentra una botella con el siguiente mensaje:

Mi nombre es Mahnún. Soy descendiente de un clan de aventureros y he crecido escuchando las leyendas de sus hazañas y sus descubrimientos y cómo nunca tienen miedo. Cuando grande quiero ser tan honorable como ellos, pero se acerca una terrible batalla y tengo miedo porque perderé mi libertad. Tal vez cuando yo crezca el Gran Dragón haya caído, aunque entonces habrá llegado otro más feroz y su fuego solo nos traerá oscuridad”

A partir de allí a la imaginación no le queda sino volar, porque el fragmento no ofrece contexto alguno, y Layla vivirá cada noche en sus sueños una fantástica travesía en busca de Mahnún, a quién imagina como un niño de su edad. El naranjo será un punto de unión entre el sueño y la vigilia, ya que esta última también forma parte del relato y se nos muestran trozos de una cotidianidad que, gracias a la magia de la mirada infantil, deja que el sueño se inmiscuya un poco en la realidad.

La experiencia de leer este cuento no es como cualquier otra. La historia es de una sencillez hermosa y aunque por sí sola no sea una obra maestra, la conjunción con las ilustraciones y la sensación de estar desenrollando poco a poco un manuscrito antiguo la hacen inolvidable. Hay que decir, no obstante, que la historia hubiese ganado bastante si se hubiese narrado de forma continua en lugar de separarse en fragmentos cortos, los cuales en algunos casos no tienen mucha cohesión. Este es un proyecto que sin duda ha buscado la unidad entre el fondo y la forma, pero este formato que se va desenrollando invita más a la continuidad que a la fragmentación. Puede que la decisión de separar el relato de esta manera se deba al carácter poético con que es narrado (la brevedad se aviene bien con la poesía), o quizá se pretendía ligar la forma de la narración al hecho de que todo parte de un fragmento de papel encontrado en una botella. Sin embargo, si se trataba de esto último, no es la impresión que se logra dar, mejor hubiese sido enterrar botellas con los distintos fragmentos del cuento alrededor de un jardín y que el lector, con la pala en mano, tuviese que encontrarlos y ordenarlos, lo cual desde luego sería un fiasco como formato de publicación, pero como ejercicio de literatura ergódica sería como mínimo interesante.

Aun así, lo anterior no opaca la mayor virtud del libro: Las imágenes poéticas que Layla sabe percibir tanto en su sueño como en la realidad; La estatua del pescador que parece buscar algo en la oscuridad de los charcos, el naranjo que se convierte en cielo formando constelaciones de azahares y lluvias de pétalos, la visión del silencio como un pájaro incomodo que a veces hay que espantar y a veces hay que atraer lanzando migajas en secreto, peces enormes que fungen como barcos encaminados a lejanos reinos del sueño. Estas son solo algunas de las maravillas que aguardan en el rollo.

Es destacable el trabajo que hay detrás de la narración, no es un texto que se haya escrito de buenas a primeras, dejando solo la ocurrencia como guía, sino que ha sido revisado y planeado. Esto se nota en algunos elementos que al principio parecen superfluos pero que resultan ser indicios que más adelante develan su razón de ser, aunque esto se hace sutilmente y es posible perdérselo en una primera lectura. Aquí sobresale otra virtud del cuento: que, a pesar de ser tan corto, invita a la relectura y al visitarlo otra vez se encuentran detalles nuevos y valiosos, como el hecho de que hay ciertos paralelos entre Layla y Barrangi, el ilustrador, pero sobre esto es mejor no decir más para que cada lector tenga el gusto de descubrirlo por sí mismo.

“A la sombra de un naranjo” es, en conclusión, un cuento para los viajeros de la imaginación, para quienes quieran recordar esa mirada imaginativa que tenían de niños, para quienes les gusta hacer de la lectura un ritual. En realidad, las singularidades que acompañan esta obra hacen de su aparición un evento que los amantes de los libros no deberían perderse.

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