El juego de paranoias y el trompe`l oeil del carro bomba

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La siguiente es una crónica de una falsa alarma de carro bomba en la ciudad de Pereira, un día después del atentado a la Escuela de Policía General Santander en Bogotá.


 

Parecía una escena de locos, preámbulo de alguna guerra mundial que quiebra sus dientes para no morir de risa.

En la ciudad de Pereira el pasado 18 de enero de 2019, un carro que solo sirve para dar lástima, rojo, como para acabar de completar, se quedó varado a mitad de calle en la Avenida Sur, frente a la imponencia de dos centros comerciales judíos y sin alma, y una central de policía que no era judía.

Los policiales, con la paranoia que hace parte de su equipamiento de dotación básica, despliegan el increíble arsenal de un hombre. ¡Un hombre! Con el debido material antiexplosivos para acercarse a la terrible carcasa con el material imaginado y peligroso.

Pero no, al parecer el carro no llevaba más que unos peligrosos cilantros y algunas cebollas terroristas que atacan directamente a los ojos de sus víctimas si estas van desprevenidas por la vida. El carro, un montón de latas rojas de esos que sus últimos usuarios condenan a recorrer la calle de barrios al ton y son de un señor con voz hosca que pregona los vegetales, con una voz que parece cancioncilla navideña y prolonga sus tonos al final de cada palabra.

Toda la ciudad se paralizó viendo la terrible imagen del valiente policía, solitario, y el gallardo carro, indolente en la carretera como si el paso del tiempo no fuera con él.

 

Imagen de RCN Radio

 

Cerraron toda una avenida, toda la sur, una pequeña vía de dos carriles que para los estándares de este pueblo resulta bastante cosmopolita. Cerrar esa vía es como si a la ciudad le taparan una arteria que va directo al corazón, y esta quedara a punto de sufrir un paro cardíaco. Las redes sociales se llenaron con la familiar intensidad que sentencia actas de muerte desde antes como para que no le quede ninguno por fuera.

¡Pilas! y la gente, efectivamente se asusta. Pero contrario al efecto esperado, la muchedumbre no se aleja, sino que el llamado de atención ha servido como laxante porque rápidamente los bordes de los centros comerciales y el perímetro al que se permitía llegar por la calle cerrada, se abarrotó de la curiosa morbosidad de la que goza el populacho, curiosos, o posibles suicidas vergonzantes, vaya a saber uno.

Pero no, ese carro no tenía más peligro que quedarse varado en una saludable explosión de verduras, con un conductor atrevido que se fue sin siquiera dar un par de manzanas a los policías para que cuidaran su cacharro.

Luego de eso todo el día han sido rasponazos de helicópteros que son las delicias de los niños que juegan a correr con él, atrapando a los bandidos.

La gente no ha hecho sino hablar del tal atentado, tienen miedo pero sacan el espacio para alguna hipótesis loca, que van desde guaduas bien puestas con piedras hasta órganos genitales bien dispuestos, y los chistes, conjeturas y especulaciones que salen sobre un mocho que condujo varios cientos de kilómetros para llegar al encuentro con su destino no se han hecho esperar y son un bálsamo en medio del miedo.

Este cronista seguirá pendiente de la eficiente labor de la policía: aún pueden quedar cabos sueltos de peligrosísimas señoras con ollas de morcilla y otras atrocidades que si no matan a punta de pentonita, por lo menos lo hacen a punta de indigestión.

 

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