Fragmentos del libro: Animales Urbanos de Jhon Agudelo García

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Cada sábado tenemos la sección Antojos, un espacio para leer fragmentos de libros publicados por Sílaba Editores y reseñados en La cebra que habla.

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Rejuvenecer

Jazmín y Alberto llevaban diez años casados. Desde hacía unos años habían olvidado cómo era el sexo. Para rejuvenecer la pasión siguieron un consejo que les dio su sicóloga. Dormían en camas separadas pero seguían sin desearse. El volumen de la música en el apartamento vecino era ensordecedor.

–Andá a mirar qué pasa –dijo Jazmín.

–¿Yo?

Jazmín le dio un golpecito en el pecho.

–Sí, vos.

Acababan de llegar de hacer compras. Alberto había descargado cuatro pesadas bolsas en medio del comedor. En una de las bolsas había una película porno que compraron de pasada.

–Todo yo –murmuró Alberto.

–Sí, claro –dijo Jazmín destapando las bolsas–. Todo vos.

Se dieron un rutinario beso de despedida. Jazmín permaneció en la cocina clasificando la comida en la alacena. Lo primero que hizo fue poner la carne en una coca y meterla al refrigerador.

Alberto iba sorprendido de que ningún vecino se quejara. Pensóque quizás era por ser viernes en la noche. Tocó el timbre del 501 hasta que la puerta se abrió.

–¿Hola? –Alberto asomó tímidamente la cabeza–. ¿Hay alguien en casa?

Las luces estaban apagadas y una nube de humo lo cubría todo. Olía a marihuana. Una lámpara se encendió en la sala y Alberto retrocedió.

–Hola linda –dijo Alberto–. ¿Están tus papis?

La niña permanecía recostada contra el interruptor.

–No –dijo.

Llevaba un vestido azul celeste que le caía hasta las rodillas, unos zapatos como de bailarina y dos manillas coloridas que le colgaban de la muñeca izquierda. A Alberto le parecieron bonitos sus ojos negros como el petróleo.

–¿Estás escuchando esa música? –dijo Alberto, agachándose–. ¿Te gusta?

El rock adentro no sonaba tan fuerte. Haciendo un paneo general, Alberto descubrió que el ruido se colaba con tanta vehemencia hacia su casa porque los bafles apuntaban hacia la pared del 502. No había nadie cerca al equipo de sonido.

–¿Puedo apagarlo?

La niña se encogió de hombros.

Alberto se acercó al aparato. Agarró el control remoto y lo miró como si estuviera en chino. Al rato encontró el botón y lo apagó.

–¿Estás solita?

A Alberto le pareció inapropiado que una niña de su edad (ocho le calculó) estuviera inmersa en ese ambiente alucinógeno. Antes de hacer algo al respecto, inspeccionó la vivienda. Había dos cuartos desordenados, libros en el piso, desarmados, sobras de comida, hileras de hormigas, zapatos sin cordones, calcetines sin su par, sábanas

desparramadas…

En la cocina no había más que botellas de cerveza vacías y cajas untadas de salsas y grasa en las que sin dudas hubo comida chatarra. También había un pequeño patio donde colgaban una camiseta de pielroja y dos jeans rotos en la zona de las rodillas. Por ninguna parte había indicio de presencia adulta.

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