Frank Sinatra está resfriado. 2ª entrega

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Lo que tienes ahí —dijo Sinatra, indicando con un ademán su propia imagen cantando en la pantalla— es un hombre resfriado.


Por: Gay Talese

 

La escena cobraba visos ridículos, y tal parecía que Sinatra hablaba sólo medio en serio, y reaccionaba quizás por puro aburrimiento o desesperación. En todo caso, tras otro corto cruce de palabras, Harían Ellison abandonó el sitio. A esas alturas el rumor del encuentro entre Sinatra y Ellison ya había llegado a oídos de los bailarines de la pista, y alguien fue a buscar al gerente del club. Pero otro dijo que el gerente ya se había enterado… y había salido disparado, entrado en el coche de un salto y arrancado para su casa. Así que el subgerente fue a la sala de billar:

—No quiero a nadie aquí sin chaqueta y corbata —exigió bruscamente Sinatra.

El subgerente asintió con un gesto y regresó a su oficina.

Era la mañana siguiente. Comenzaba otro día de nervios para el agente de prensa de Sinatra, Jim Mahoney. Mahoney tenía dolor de cabeza y estaba preocupado, pero no por el incidente Sinatra-Ellison de la víspera. En este momento Mahoney se encontraba con su mujer en una mesa del otro salón y a lo mejor ni siquiera se había dado cuenta del pequeño drama. Todo había durado apenas unos tres minutos.

Y a los tres minutos de acabarse Frank Sinatra probablemente lo había olvidado para el resto de sus días…, como Ellison probablemente lo iba a recordar para el resto de los suyos: había tenido, como otros cientos de hombres, en un momento inesperado entre el ocaso y el alba, un altercado con Sinatra.

Más le valía a Mahoney no haber estado en la sala de billar. Para hoy ya tenía bastante en la cabeza. Estaba preocupado con el resfriado de Sinatra y preocupado por el polémico documental de la CBS, que, pese a las protestas de Sinatra y el retiro de su permiso, saldría por la televisión en menos de dos semanas. Los periódicos de la mañana estaban llenos de insinuaciones de que Sinatra pensaba demandar a la cadena, y los teléfonos de Mahoney sonaban sin parar, y ahora hablaba con Kay Gardella, en Nueva York, del Daily News:

—Es correcto, Kay…, tenían un pacto de caballeros para no hacer preguntas sobre la vida privada de Frank, y entonces llega Cronkite y va derecho: «Frank, cuénteme de esas asociaciones». Esa pregunta, Kay…, out! Esa pregunta nunca ha debido hacerse.

Mahoney hablaba echado hacia atrás en su butaca de cuero, sacudiendo lentamente la cabeza. Es un hombre de treinta y siete años y un físico poderoso; tiene un rostro redondo y colorado, una mandíbula fuerte y ojos estrechos de color azul claro; y parecería pendenciero si no hablara con tan clara y suave sinceridad y no fuera tan meticuloso con la ropa. Sus trajes y zapatos hechos a medida son espléndidos, una de las primeras cosas que Sinatra reparó en él; y en su espaciosa oficina, frente al bar, hay un limpiabotas eléctrico con un manguito rojo, y un perchero de madera sobre el cual Mahoney ajusta sus chaquetas.

Cerca del bar hay una fotografía autografiada del presidente Kennedy y, sólo en esta oficina de la agencia de Mahoney, unos cuantos retratos de Frank Sinatra: una vez hubo una gran fotografía suya que adornaba la recepción, pero parece que dañó los egos de otras estrellas de cine clientes de Mahoney y, en vista de que Sinatra de todos modos no iba a la agencia, la fotografía fue retirada.

Con todo, Sinatra parece estar siempre presente; y si Mahoney no tuviera razones legítimas para preocuparse por él, como las tenía hoy, igual podría inventárselas; y como la preocupación ayuda, se ha rodeado de pequeños recuerdos de ocasiones pasadas cuando de veras estuvo preocupado. En su estuche de afeitar hay una caja de somníferos que tiene dos años, preparados por un farmacéutico de Reno: la fecha en el frasco señala el secuestro de Frank Sinatra Jr. En una mesa de la oficina de Mahoney hay una reproducción en madera de la nota de rescate de Frank Sinatra escrita en dicha ocasión. Una peculiaridad de Mahoney: cuando se sienta preocupado en su escritorio, se entretiene con el trenecito de juguete que siempre tiene a la vista. El tren es un souvenir del filme de Sinatra El coronel Von Ryan; es a los hombres allegados a Sinatra lo que los broches de corbata del PT-109 2 son a los hombres que fueron cercanos a Kennedy…, y entonces Mahoney se pone a rodar el trenecito adelante y atrás sobre los quince centímetros de vía; adelante y atrás, adelante y atrás, clic-clac, clic-clac. Es su tic estilo capitán Queeg.3

La secretaria le avisó a Mahoney que había una llamada muy importante en espera, y éste apartó

rápidamente el trenecito. Mahoney contestó y su voz sonaba todavía más suave y sincera que antes:

—Sí, Frank —decía—. Bien… Bien…, sí, Frank.

Tras colgar el teléfono sin hacer ruido, Mahoney anunció que Sinatra había salido en su jet privado

a pasar el fin de semana en su casa de Palm Springs, que está a dieciséis minutos de vuelo de su casa en Los Ángeles. Mahoney estaba otra vez preocupado. El Lear jet que el piloto de Sinatra estaría pilotando era idéntico, según Mahoney, al que se acababa de estrellar en otra parte de California.

Al lunes siguiente, un día nublado e inusitadamente fresco para California, más de cien personas se reunían en un estudio blanco de televisión, un recinto enorme dominado por un plato blanco, paredes blancas y decenas de luces y reflectores colgantes que lo hacían parecer una gigantesca sala de cirugía. En este espacio, dentro de aproximadamente una hora, la NBC tenía programada la grabación de un especial de una hora que sería emitido a color el 24 de noviembre por la noche y que iba a realzar, hasta donde fuera posible en tan limitado lapso, los veinticinco años de vida artística de Frank Sinatra. No trataría, como supuestamente iba a hacer el próximo documental Sinatra de la CBS, de investigar el área que Sinatra considera privada.

El programa de la NBC sería principalmente una hora de Sinatra cantando algunos de los hits que lo llevaron de Hoboken a Hollywood, espacio que sería interrumpido sólo muy pocas veces por algunos extractos de películas y comerciales de cerveza Budweiser. Antes del resfriado Sinatra se había mostrado muy entusiasmado con el show. Veía en él la oportunidad no sólo de agradar a los nostálgicos sino también de comunicar su talento a los aficionados al rock and roll: en cierto sentido, combatía a los Beatles. Los comunicados de prensa que preparaba la agencia de Mahoney subrayaban esto anunciando: «Si está cansado de esos chicos cantantes con greñas que servirían para esconder una caja de melones… sería refrescante probar la capacidad de diversión del especial titulado Sinatra: un hombre y su música».

Pero ahora en aquel estudio de la NBC en Los Ángeles reinaba una atmósfera de expectativa y tensión por la incertidumbre sobre la voz de Sinatra. Los cuarenta y tres músicos de la orquesta de Nelson Riddle habían llegado ya y algunos habían subido a la blanca tarima a calentar. Dwight Hemion, un director juvenil de pelo rubio rojizo que había recibido aplausos por su especial de televisión sobre Barbra Streisand, aguardaba sentado en la cabina de vidrio que dominaba la orquesta y el plató. Los equipos encargados de las cámaras, los técnicos, los guardias de seguridad, los anunciadores de Budweiser esperaban también entre los focos y las cámaras, al igual que las diez o doce damas que trabajaban como secretarias en otras partes del edificio y se habían escabullido a presenciar todo el trajín.

Faltando unos minutos para las once corrió la voz por los pasillos del gran estudio de que Frank Sinatra había sido visto caminando por el aparcamiento rumbo a su destino con muy buen aspecto. Hubo caras de gran alivio entre el grupo allí reunido; pero cuando la figura esbelta y elegantemente vestida del hombre se fue aproximando, vieron consternados que no era la de Frank Sinatra. Era su doble, Johnny Delgado.

Delgado camina como Sinatra, posee la figura de Sinatra y desde ciertos ángulos faciales se parece de veras a Sinatra. Pero da la impresión de ser un individuo bastante tímido. Hace quince años, en los comienzos de su carrera como actor, Delgado se presentó para un papel en De aquí a la eternidad. Lo contrataron, y descubrió más adelante que estaba hecho para ser el doble de Sinatra. En la última película de Sinatra, Asalto a la reina, en la que Sinatra y sus compinches tratan de secuestrar el trasatlántico Queen Mary, Johnny Delgado reemplaza a Sinatra en algunas de las escenas acuáticas; y ahora, en este estudio de la NBC, su trabajo consistía en situarse bajo los calientes reflectores de televisión, marcando los spots que Sinatra ocuparía en el plato para los equipos de cámara.

A los cinco minutos el Frank Sinatra real hizo su entrada. Tenía el rostro pálido y los ojos azules llorosos. No había podido librarse de la gripe, pero de todas formas trataría de cantar porque la agenda estaba apretada y llevaban miles de dólares invertidos en el montaje de la orquesta y los equipos y el alquiler del estudio. Pero cuando, de paso hacia la salita de ensayos para calentar la voz, Sinatra se asomó al estudio y vio que el plato y la tarima de la orquesta no estaban lo suficientemente juntos, como había pedido expresamente, apretó los labios y fue evidente que estaba muy molesto. Un poco después pudieron escucharse, provenientes de la sala de ensayos, los golpes de su puño contra la tapa del piano y la voz de su acompañante, Bill Miller, diciéndole en tono suave:

—Trata de no enojarte, Frank.

Más tarde entraron Jim Mahoney y otro hombre y hablaron de la muerte de Dorothy Kilgallen en Nueva York por la mañana temprano. Ella había sido durante muchos años una apasionada enemiga de Sinatra, y él por su parte se acostumbró a vilipendiarla en su número escénico; y ahora, a pesar de estar muerta, él no atemperaba sus sentimientos.

—Dorothy Kilgallen está muerta —repetía saliendo de la sala hacia el estudio—. Bueno, creo que tendré que cambiar todo mi número.

Cuando, con paso lento, entró al estudio, todos los músicos al tiempo echaron mano de los instrumentos y se enderezaron en sus puestos. Sinatra carraspeó unas cuantas veces y, tras ensayar unas baladas con la orquesta, cantó Don’t Worry About Me a su completa satisfacción. Pero, inseguro de cuánto le duraría la voz, se impacientó bruscamente.

—¿Por qué no grabamos esta matriz? —llamó en voz alta, elevando la vista hacia la cabina de vidrio que ocupaban el director Dwight Hemion y sus asistentes. Se les veía agachar la cabeza, concentrados en el tablero de control.

—¿Por qué no grabamos esta matriz? —repitió Sinatra.

El director de escena, que pasaba cerca de la cámara con los auriculares puestos, repitió textualmente las palabras de Sinatra por el cable que lo comunicaba con la cabina de control: «¿Por qué no grabamos esta matriz?».

Hemion no respondía. A lo mejor tenía apagado el interruptor. Era difícil saberlo, por los reflejos de la luz en el cristal.

—Por qué no nos ponemos la chaqueta y la corbata —dijo Sinatra, que tenía puesto un pulóver amarillo de cuello alto—, y grabamos esta…

La voz de Hemion sonó de repente por el amplificador de sonido, con gran calma:

—Okay, Frank, te importaría volver a…

—Sí, me importaría —gruñó secamente Sinatra.

El silencio del lado de Hemion, que duró un segundo o dos, fue interrumpido de nuevo por Sinatra:

—Cuando aquí dejemos de hacer las cosas como se hacían en 1950, tal vez podamos… —y la

emprendió contra Hemion, condenando también la falta de técnicas modernas para montar este tipo de espectáculos; y de repente, acaso por no querer emplear la voz sin necesidad, se interrumpió.

Y Dwight Hemion, muy paciente, tan paciente y tranquilo que uno creería que no había oído nada de lo que Sinatra acababa de decir, le esbozó la primera parte del programa. Y a los pocos minutos Sinatra leía sus comentarios introductorios, que vendrían después de Without a Song, en los letreros de apuntes que sostenían cerca de la cámara. Hecho esto, se preparó para hacer lo mismo con las cámaras rodando.

—Show de Frank Sinatra, acto I, página 10, toma uno —anunció el hombre de la claqueta, saltando enfrente de la cámara, ¡clac!, y saltando fuera nuevamente.

—¿Alguna vez se han detenido a pensar —entró a decir Sinatra— cómo sería el mundo sin una canción?… Sería un lugar bastante aburrido… Te da que pensar, ¿verdad?

Sinatra se interrumpió.

—Perdón —dijo, y añadió—: Chico, me hace falta un trago.
Entonces volvió a intentarlo.

—Show de Frank Sinatra, acto I, página 10, toma dos —gritó el saltón de la claqueta.

—¿Alguna vez se han detenido a pensar cómo sería el mundo sin una canción?…
Esta vez Frank Sinatra lo leyó todo sin parar. Luego ensayó otras cuantas canciones, cortando una o

dos veces a la orquesta cuando algún sonido instrumental no salía tal como él quería. Costaba saber cuánto le iba a aguantar la voz, pues el programa apenas comenzaba. Hasta ese punto, sin embargo, todos los presentes parecían satisfechos, en particular cuando cantó una vieja canción sentimental muy solicitada compuesta hacía más de veinte años por Jimmy van Heusen y Phil Silvers: Nancy, inspirada por la primera de los tres hijos de Sinatra cuando era una niñita de pocos años.

If l don’t see her each day I miss her…
Gee what a thrill

Each time I kiss her… 4

Mientras Sinatra cantaba estas palabras, y por más que en el pasado las había cantado una y mil veces, a todos allí se les hizo patente que algo muy especial debía de estar sucediendo dentro del personaje, porque algo muy especial salía de él. Con o sin gripe, cantaba ya con fuerza y calidez; se abandonaba y su arrogancia pública se había esfumado; el lado íntimo estaba en esta canción sobre la chica que, se dice, lo comprende mejor que nadie y es la única persona delante de la cual él puede ser como es con todo desparpajo.

Nancy tiene veinticinco años. Vive sola, habiendo terminado en divorcio su matrimonio con el cantante Tommy Sands. Su casa está en un barrio residencial de Los Ángeles y ella ahora rueda su tercera película y graba para la compañía discográfica de su padre. Se ven todos los días; si no, él la llama por teléfono, no importa si es desde Europa o Asia. Cuando la voz de Sinatra se hizo popular en la radio, excitando a sus fans, Nancy lo oía en casa y se echaba a llorar. Cuando el primer matrimonio de Sinatra se deshizo en 1951 y él se fue de casa, Nancy era la única de los hijos con la edad suficiente para recordarlo en calidad de padre. También lo vio con Ava Gardner, Juliet Prowse, Mia Farrow y muchas otras, pues han salido con él en citas de dos parejas…

She takes the winter And makes it summer… Summer could take

Some lessons from her. 5

Nancy ahora también lo ve cuando decide visitar a su primera esposa, Nancy Barbato, hija de un albañil de Jersey City con la que se casó en 1939 cuando ganaba veinticinco dólares por semana cantando en el Rustic Cabin cerca de Hoboken.

La primera señora de Sinatra, una mujer llamativa que no ha vuelto a casarse («Cuando has estado casada con Frank Sinatra…», le explicó alguna vez a una amiga), vive en una magnífica residencia en Los Ángeles con su hija menor, Tina, de diecisiete años. No hay amargura, tan sólo un gran respeto y cariño entre Sinatra y su primera mujer, y desde tiempo atrás él es bienvenido en su casa e incluso se sabe que aparece por allí a cualquier hora, atiza la chimenea, se echa en el sofá y cae dormido.

Frank Sinatra puede caer dormido en cualquier parte, algo que aprendió cuando solía recorrer las más abruptas carreteras con los buses de las orquestas; y en esa época también aprendió, sentado y vestido de esmoquin, a prensar los pliegues de los pantalones por detrás y remangar la chaqueta por debajo y hacia fuera, para echarse a dormir perfectamente planchado. Pero ya no viaja en bus, y su hija Nancy, que en años más tiernos se sentía rechazada cuando él se dormía en el sofá en lugar de prestarle atención, acabó dándose cuenta de que el sofá era uno de los pocos lugares que le quedaban en el mundo a Sinatra para poder disfrutar de un poco de privacidad, donde su famoso rostro no sería objeto de miradas ni causaría una reacción anormal en los demás.

Se dio cuenta, también, de que las cosas normales siempre han esquivado a su padre: su niñez fue solitaria y necesitada de atención, y desde que la obtuvo no ha vuelto a estar seguro de estar solo. Cuando miraba por la ventana de una casa que tuvo en Hasbrouck Heights, Nueva Jersey, solía toparse con los rostros de adolescentes que lo espiaban; y en 1944, cuando se mudó a California y compró una casa rodeada de una valla alta en Lake Toluca, descubrió que la única manera de escapar del teléfono y demás intromisiones era subir a su bote de remos con algunos amigos, una mesa de juego y una caja de cerveza, y pasar toda la tarde a flote. Pero él ha intentado, hasta donde es posible, ser como cualquier otro, dice Nancy. Lloró cuando ella se casó; es muy emotivo y sensible…

—¿Qué demonios haces allá arriba, Dwight?
Silencio en la cabina de control.

—¿Andas de fiesta o algo allá arriba, Dwight?
Sinatra se plantaba en el plato con los brazos cruzados, lanzando una mirada feroz por encima de las cámaras hacia donde se hallaba Hemion. Sinatra había cantado Nancy con todo lo que probablemente le daba la voz en ese día. Los números siguientes incluyeron notas rechinantes y en dos ocasiones la voz le falló por completo. Pero en ésas Hemion se hallaba aislado en la cabina de control, hasta que al fin bajó al estudio y se dirigió al sitio donde Sinatra estaba. A los pocos minutos dejaron juntos el estudio y subieron a la cabina de control. Pusieron la cinta para Sinatra. El la vio durante cinco minutos a lo sumo antes de empezar a sacudir la cabeza. Le dijo entonces a Hemion:

—Olvídalo, simplemente olvídalo. Pierdes tu tiempo.

Lo que tienes ahí —dijo Sinatra, indicando con un ademán su propia imagen cantando en la pantalla— es un hombre resfriado.

Acto seguido abandonó la cabina de control, ordenando que borraran la actuación de ese día y aplazaran cualquier futura grabación hasta que se hubiera repuesto.

Pronto el rumor se esparció como una epidemia emocional entre los empleados de Sinatra, se propagó luego por todo Hollywood, después se supo de él al otro lado del país en la taberna de Jilly y también al otro lado del río Hudson en las casas de los padres de Frank Sinatra y otros parientes y amigos de Nueva Jersey.

Cuando Frank Sinatra habló con su padre por teléfono y le dijo que se sentía fatal, Sinatra el viejo le informó que él también se sentía fatal: tenía el brazo y el puño izquierdos tan tiesos por un problema circulatorio que a duras penas los podía usar, y añadió que el mal podía ser resultado de los muchos ganchos de izquierda que había lanzado en sus días de peso gallo hacía casi cincuenta años.

Martin Sinatra, un siciliano colorado, pequeño, tatuado, de ojos azules y oriundo de Catania, boxeaba bajo el nombre de «Marty O’Brien». En esos días, en esos sitios, cuando los irlandeses mangoneaban en los estratos inferiores de la vida ciudadana, no era raro que los italianos acabaran con nombres como ése. En su mayoría, los italianos y sicilianos que emigraron a América a finales del siglo XIX eran pobres e incultos. Se les excluía de los sindicatos de la construcción dominados por los irlandeses, y se sentían un tanto intimidados por los policías irlandeses, los sacerdotes irlandeses y los políticos irlandeses.

Una excepción notable era la madre de Frank Sinatra, Dolly, una mujer grande y muy ambiciosa traída a este país cuando tenía dos meses de edad por la madre y el padre, un litógrafo de Génova. Años después Dolly Sinatra, con su cara redonda, rubicunda y de ojos azules, a menudo pasaba por irlandesa y sorprendía a muchos la velocidad con la que descargaba su pesado bolso a cualquiera que la tratara de wop.6

Merced a habilidosas jugadas políticas con la maquinaria del Partido Demócrata del norte de Jersey, Dolly Sinatra llegaría a convertirse, en su apogeo, en una especie de Catalina de Médicis del tercer distrito de Hoboken. Se podía contar siempre con que en las elecciones pondría 600 votos de su barrio italiano, y en eso cimentaba su poder. Cuando le dijo a un político que quería que su marido ingresara al cuerpo de bomberos de Hoboken, y éste le respondió: «Pero, Dolly, no tenemos ni una vacante», ella le contestó: «Pues hagan una».

Así fue. Años después pidió que nombraran capitán al marido, y un día recibió una llamada de uno de los jefes políticos, que le dijo:

—¡Felicidades, Dolly!
—¿Por qué?
—El capitán Sinatra.

—Ah, por fin lo nombraron…, muchas gracias. Y enseguida llamó a los bomberos de Hoboken:

—Póngame con el capitán Sinatra —dijo.

El bombero llamó al teléfono a Martin Sinatra, diciéndole:

—Marty, creo que tu mujer está chiflada.
Cuando éste se puso al aparato, Dolly lo saludó: —Felicidades, capitán Sinatra.

El hijo único de Dolly, bautizado Francis Albert Sinatra, nació y por poco muere el 12 de diciembre de 1915. El parto fue difícil, y en su primer momento sobre la tierra él recibió las marcas que llevará hasta el día de la muerte: las cicatrices del lado izquierdo del cuello son producto de la torpeza del doctor con el fórceps, y Sinatra decidió no disimularlas con una cirugía.

Tras cumplir los seis meses se crió principalmente con la abuela. La madre tenía un trabajo de tiempo completo como experta en baños en chocolate en una empresa importante, y era tan hábil que la firma le ofreció un día enviarla a enseñar a otras en la sucursal de París. Si bien algunos en Hoboken recuerdan a Sinatra como un niño solitario que pasaba largas horas en el porche de su casa mirando al vacío, Sinatra nunca fue un barriobajero, nunca estuvo preso y siempre se vestía bien. Tenía tantos pantalones que algunos en Hoboken lo apodaban «Pantalonudo O’Brien».

Dolly Sinatra no era una de esas madres italianas que se aplacan con la mera obediencia y el buen apetito de su niño. Era muy severa y exigente con su hijo. Soñaba con que se graduara de ingeniero aeronáutico. Cuando una noche descubrió los retratos de Bing Crosby que él había colgado en las paredes de la alcoba y se enteró de que su hijo anhelaba ser también cantante, se enfureció y le arrojó un zapato. Después, al comprobar que no podría disuadirlo («Se parece a mí»), lo animó a cantar.

Muchos jóvenes italoamericanos de su generación apuntaban a lo mismo: eran fuertes en el canto y débiles con las letras, no había un gran novelista entre ellos; ni un O’Hara, ni un Cheever, ni un Shaw; pero podían pronunciarse en bel canto. Eso caía más dentro de su tradición, no se requería un diploma; podían, con una canción, ver sus nombres alumbrando algún día las marquesinas…, Perry Como…, Frankie Laine…, Tony Bennett…, Vic Damone…, pero ninguno lo podía ver mejor que Frank Sinatra.

 

Banda Sonora de esta 2ª Parte

https://www.youtube.com/watch?v=ljrFQyE1hAg

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