Frank Sinatra está resfriado. 3ª parte

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Cuando el show tocó a su fin, Sinatra miró la repetición en el monitor de la sala de control. Estaba muy satisfecho y estrechó las manos con Dwight Hemion y sus ayudantes. Acto seguido se abrieron las botellas de whisky en el camerino de Sinatra


Por: Gay Talese

 

Aunque cantaba casi toda la noche en el Rustic Cabin, se levantaba al día siguiente para cantar de balde en la radio de Nueva York, a fin de atraer más la atención. Más adelante se empleó como cantante de la orquesta de Harry James, y fue con ella, en agosto de 1939, con la que Sinatra grabó su primer éxito: All or Nothing at All. Se encariñó mucho con Harry James y los músicos de la banda, pero cuando recibió una oferta de Tommy Dorsey, que por esos días tenía la que quizás era la mejor orquesta del país, Sinatra la aceptó. La paga era de 125 dólares a la semana y Dorsey sabía destacar a sus vocalistas.

Con todo, Sinatra se deprimió bastante al dejar la orquesta de Harry James, y tan memorable fue la última noche con ellos que, veinte años después, Sinatra podía revivir los detalles para un amigo: «El bus salió con los demás muchachos a eso de las doce y media de la noche. Yo me había despedido de todos y, recuerdo, estaba nevando. No había nadie por ahí y yo estaba de pie con mi maleta bajo la nieve, viendo perderse las luces traseras. Entonces me brotaron las lágrimas y traté de correr detrás del bus. ¡Había tanto ánimo y entusiasmo en esa orquesta! Odié dejarla».

Pero la dejó, como dejaría igualmente la calidez de otros lugares en busca de algo más, sin desperdiciar nunca el tiempo, tratando de hacerlo todo en una sola generación, batallando con su propio nombre, defendiendo a los débiles, aterrorizando a los mandones. Le lanzó un puñetazo a un músico que dijo algo antisemita, abrazó la causa de los negros dos décadas antes de que se pusiera de moda. También le arrojó una bandeja llena de vasos a Buddy Rich un día que tocó demasiado alto la batería.

Sinatra había obsequiado encendedores de oro por un valor de 50.000 dólares antes de cumplir los treinta años, vivía el más descabellado de los sueños que sobre Norteamérica haya acariciado un inmigrante. Apareció de súbito en la escena cuando DiMaggio callaba, cuando los paisanos estaban afligidos, cuando en su propia patria adoptaban una silenciosa posición defensiva respecto a Hitler. Sinatra se convirtió, a tiempo, en una especie de Liga Antidifamación de los Italoamericanos de un solo miembro, el tipo de organización que entre ellos raramente se hubiera producido puesto que, reza la teoría, casi nunca se ponían de acuerdo en nada, siendo individualistas redomados: excelentes solistas, pero no tanto en un coro; héroes excelentes, pero no tanto en un desfile.

Cuando muchos apellidos italianos fueron utilizados para distinguir a los gángsteres en una serie de televisión, Los intocables, Sinatra manifestó en voz alta su desaprobación. Sinatra y otros miles de italoamericanos también se ofendieron cuando un rufián de poca monta, Joseph Valachi, fue exaltado por Bobby Kennedy a la categoría de experto en la mafia, siendo que, por el testimonio de Valachi en la televisión, ciertamente parecía saber menos que cualquier camarero de Mulberry Street.7 Muchos italianos del círculo íntimo de Sinatra también consideran a Bobby Kennedy como una suerte de polizonte irlandés, más digno que los de los tiempos de Dolly pero no menos intimidante.

Como de Peter Lawford, se dice de Bobby Kennedy que se puso «chulo» con Frank Sinatra después de la elección de John Kennedy, olvidando la contribución que había hecho Sinatra tanto en recaudación de fondos como en la tarea de influir en numerosos votantes italianos antiirlandeses. Se sospecha que Lawford y Bobby Kennedy influyeron en la decisión del difunto presidente de hospedarse en la casa de Bing Crosby y no en la de Sinatra, como se había planeado en un principio, revés social que Sinatra quizás no olvidará. Desde entonces Peter Lawford fue expulsado ignominiosamente de la «cumbre» de Sinatra en Las Vegas.

—Sí, mi hijo es como yo —dice con orgullo Dolly Sinatra—.

Si lo molestas no lo olvida nunca.
Y aunque reconoce el poder que él tiene, se apresura a aclarar:

—No puede hacer que su madre haga lo que no quiere. Incluso hoy —añade— usa la misma marca

de ropa interior que yo solía comprarle.
Hoy Dolly Sinatra tiene setenta y un años de edad, uno o dos años menos que Martin; y el día entero

la gente golpea en la puerta trasera de su espaciosa casa para pedirle consejo o buscar su influencia. Cuando no está atendiendo gente o cocinando, cuida de su marido, un hombre callado pero testarudo, diciéndole que no quite su dolorido brazo izquierdo de la esponja que le ha puesto en el brazo de la butaca.

—Oh, ese que ves ahí ha estado en unos incendios tremendos —decía Dolly a una visita, señalando con admiración al marido en la butaca.

Aunque Dolly Sinatra tiene ochenta y siete ahijados en Hoboken y todavía visita esa ciudad durante las campañas políticas, ahora vive con su esposo en una hermosa casa de dieciséis habitaciones en Fort Lee, Nueva Jersey. La residencia fue un regalo de su hijo por sus bodas de oro hace tres años. La casa está amueblada con buen gusto y llena de una notable yuxtaposición de lo piadoso y lo mundano: fotografías del papa Juan y de Ava Gardner, del papa Pablo y de Dean Martin; variadas estatuas de santos y agua bendita, una silla autografiada por Sammy Davis Jr. y botellas de whisky.

En el joyero de la señora Sinatra hay un magnífico collar de perlas que le había regalado Ava Gardner, a quien cobró enorme cariño como nuera y con quien todavía se comunica y conversa; y de la pared cuelga una carta dirigida a Dolly y Martin: «Las arenas del tiempo se han convertido en oro, y aun así el amor sigue abriéndose como los pétalos de una rosa, en el jardín divino de la vida…, que Dios los ame por toda la eternidad. Le doy gracias a Él, les doy gracias a ustedes por la existencia. Su hijo que los quiere, Francis».

La señora Sinatra habla con su hijo por teléfono una vez por semana o algo así, y hace poco él le propuso que cuando fuera a Manhattan hiciera uso de su apartamento de la calle 72 Este, sobre el East River. Se trata de un barrio caro de Nueva York, aunque en la misma manzana haya una pequeña fábrica, pero Dolly Sinatra se valió de esto último para desquitarse de su hijo por unas nada halagüeñas descripciones que había hecho acerca de su infancia en Hoboken.

—¿Qué? ¿Quieres que me aloje en tu apartamento, en ese antro? —le preguntó—. ¿Crees que voy a pasar la noche en ese horrible vecindario?

Frank Sinatra entendió al punto y le dijo:

—Perdone usted, señora Fort Lee.
Tras pasar la semana en Palm Springs, bastante mejor del resfriado, Frank Sinatra regresó a Los Angeles, una linda ciudad de sol y sexo, un descubrimiento español con miserias mejicanas, una tierra estelar de hombres pequeños y mujeres esbeltas que se deslizan para entrar y salir de sus descapotables en sus pantalones tirantes y apretados.

Sinatra llegó a tiempo de ver con su familia el tan esperado documental de la CBS. A eso de las 9 p.m. se dirigió a casa de su ex esposa Nancy y cenó con ella y sus dos hijas. El hijo, a quien casi no ven por estos días, no estaba en la ciudad.
Frank Jr., que tiene veintidós años, andaba de gira con una orquesta y atravesaba el país para cumplir un compromiso en Nueva York, en la calle Basin Este, con los Pied Pipers, con los cuales Sinatra había cantado cuando estuvo en la orquesta de Tommy Dorsey en la década de 1940.

Actualmente Frank Sinatra Jr., que según su padre fue bautizado así por Franklin D. Roosevelt, vive sobre todo en hoteles, come todas las noches en el camerino de un night-club y canta hasta las 2 a.m., aceptando de buen grado, pues no tiene más remedio, las inevitables comparaciones. Tiene una voz suave, agradable y que mejora con la práctica; y si bien es muy respetuoso con su padre, habla de él con objetividad y en ocasiones en un tono de soterrada insolencia.

«Simultánea a la fama temprana de su padre, decía Frank Jr., fue la creación de un «Sinatra para la prensa», ideado para «apartarlo del hombre común, separarlo de sus realidades: de un momento a otro apareció Sinatra, el magnate eléctrico, Sinatra el supernormal, no el superhumano, sino el supernormal. Y en esto —proseguía Frank Jr.— reside la gran falacia, la gran tontería, porque Frank Sinatra es normal, es el tipo que te tropezarías en cualquier esquina. Pero esa otra cosa, la máscara de superhombre, ha afectado a Frank Sinatra tanto como a cualquiera que vea sus programas de televisión o lea un artículo de revista sobre él…».

«La vida de Frank Sinatra al principio era tan normal —decía— que nadie en 1934 se hubiera imaginado que el chiquillo italiano del pelo rizado llegaría a ser el gigante, el monstruo, la gran leyenda viva… Conoció a mi madre un verano en la playa. Ella era Nancy Barbato, la hija de Mike Barbato, un revocador de Jersey City. Y ella conoce a Frank, el hijo del bombero, un día de verano en la playa de Long Branch, Nueva Jersey. Ambos son italianos; ambos, católicos romanos; ambos, novios de verano de clase media… es como un millón de películas malas protagonizadas por Frankie Avalon…»

«Tienen tres hijos. La primogénita, Nancy, fue la más normal de los hijos de Sinatra. Nancy era animadora, iba a campamentos de verano, conducía un Chevrolet; su vida los primeros años fue la más fácil, centrada en el hogar y la familia. Después sigo yo. Mi vida de familia es muy, muy normal hasta septiembre de 1958, cuando, en contraste total con la educación de las dos niñas, me internan en una escuela preparatoria. Ahora estoy lejos del círculo familiar íntimo, y hasta el día de hoy no se ha podido rehacer mi posición en su interior… La tercera es Tina. Y para ser honestos no sabría decir cómo es su vida».

El programa de la CBS, narrado por Walter Cronkite, empezó a las 10 de la noche. Faltando un minuto, la familia Sinatra, después de cenar, dio la vuelta a las sillas y se puso al frente de la pantalla, unida ante cualquier desastre que pudiera venir. Los hombres de Sinatra, en otras partes de la ciudad, en otras partes del país, hacían lo mismo. El abogado de Sinatra, Milton A. Rudin, fumaba un puro al tiempo que aguzaba los ojos, todo un despierto cerebro legal. Sobre otros aparatos fijaban igualmente la mirada Brad Dexter, Jim Mahoney, Ed Pucci; el maquillador de Sinatra, «Escopeta» Britton; su representante en Nueva York, Henri Giné; su proveedor de artículos para caballeros, Richard Carroll; su agente de seguros, John Lillie; su valet, George Jacobs, un apuesto negro que, cuando atiende a las chicas en su apartamento, pone discos de Ray Charles.

Y como pasa con gran parte del miedo de Hollywood, tanta aprensión sobre el programa de la CBS resultó infundada. Fue una hora altamente favorecedora, que no hurgó a fondo, como se rumoreaba que iba a hacer, en la vida amorosa de Sinatra ni en la mafia ni en otras áreas de su coto privado. Aunque el documental no había sido autorizado, escribía Jack Gould al día siguiente enThe New York Times, «podía haberlo sido».

Terminado el programa los teléfonos empezaron a sonar por todo el sistema Sinatra, transmitiendo palabras de alivio y alegría; y de Nueva York llegó el telegrama de Jilly: «¡Somos amos del mundo!».

Al día siguiente, de pie en un pasillo del edificio de la NBC donde iba a reanudar la grabación de su show, Sinatra comentaba el programa de la CBS con varios amigos suyos:

—Oh, estuvo fantástico —dijo.

—Yeah, Frank, tremendo show.
—Pero pienso que Jack Gould tenía razón en el Times de hoy —dijo Sinatra—.

Debió haber más sobre el hombre, no tanto sobre la música.
Asintieron callados, sin mencionar la pasada histeria en el mundo de Sinatra cuando todo indicaba que la CBS afinaba la puntería sobre el hombre. Se limitaron a mover la cabeza y dos de ellos celebraron que Sinatra hubiera conseguido meter la palabra «pájaro» en el programa, siendo ésta una de sus palabras preferidas.

A menudo pregunta a sus compinches: «¿Cómo está tu pájaro?»; y cuando estuvo a punto de ahogarse en Hawai, la explicación que dio después fue: «Me entró un poquito de agua por el pájaro»; y bajo un gran retrato suyo con una botella de whisky, una foto que cuelga en casa de un actor amigo suyo llamado Dick Bakalyan, la dedicatoria dice: «¡Bebe, Dickie! Es bueno para tu pájaro». A la canción Come Fly with Me, Sinatra a veces le modifica la letra: «Sólo di las palabras y llevaremos nuestros pájaros a la bahía de Acapulco».

Diez minutos después Sinatra entraba, detrás de la orquesta, al estudio de la NBC, en donde no se repitió para nada la escena de hacía ocho días. Ahora Sinatra tenía bien la voz; hacía chistes entre un número y otro; nada lo molestaba. En una ocasión, cuando cantaba How Can I Ignore the Girl Next Door; de pie en el plató junto a un árbol, una cámara de televisión montada en un vehículo pasó rozándolo y chocó contra el árbol.

—¡Jeesús! —exclamó un asistente técnico.
Pero Sinatra apenas si pareció notarlo.

—Hemos tenido un pequeño accidente —dijo con calma, y empezó otra vez la canción desde el comienzo.

Cuando el show tocó a su fin, Sinatra miró la repetición en el monitor de la sala de control. Estaba muy satisfecho y estrechó las manos con Dwight Hemion y sus ayudantes. Acto seguido se abrieron las botellas de whisky en el camerino de Sinatra. Pat Lawford estaba presente, así como Andy Williams y diez o doce más. Los telegramas y las llamadas telefónicas seguían llegando de todas partes del país con elogios por el programa de la CBS. Hasta hubo una llamada, le contaba Mahoney, del productor de la CBS, Don Hewitt, con quien Sinatra se había enfadado tanto pocos días antes.

Y Sinatra seguía enfadado, dolido porque la CBS lo había traicionado, aunque el programa en sí era inobjetable.

—¿Les envío unas palabras? —le preguntó Mahoney.

—¿Se puede enviar un puño por el correo? —le preguntó Sinatra.

Lo tiene todo, no puede dormir, da bonitos regalos, no es feliz, pero no cambiaría, ni aun por la felicidad, lo que él es…

Es una parte de nuestro pasado; pero sólo nosotros hemos envejecido, él no… Estamos atados a nuestra vida doméstica, él no… Tenemos remordimientos, él no… es culpa nuestra, no suya…

Él controla el menú de cada uno de los restaurantes de Los Ángeles; si deseas cocina del norte de Italia, vuela a Milán…

Los hombres lo siguen, lo imitan, pelean por estar junto a él… Irradia un algo de vestuario deportivo, de cuartel…, pájaro…, pájaro.

Cree que debes jugártela a lo grande, ampliamente, de manera expansiva: cuanto más abierto eres, más recibes, tus dimensiones se ahondan, creces, te vuelves más lo que eres… más grande, más rico…

Es mejor que todos los demás, o al menos eso piensan, y él tiene que vivir a la altura de eso.

—NANCY SINATRA, JR.

Es tranquilo por fuera, pero por dentro le suceden un millón de cosas.

—DICK BAKALYAN

Tiene el deseo insaciable de vivir al máximo cada momento porque, me figuro, cree que a la vuelta de la esquina está la extinción.

—BRAD DEXTER

Todo lo que saqué de mis matrimonios fueron los dos años que Artie Shaw me financió en el diván de un analista.

No éramos madre e hijo: éramos compinches.

—AVA GARDNER

—DOLLY SINATRA

Yo me apunto a cualquier cosa que te ayude a pasar la noche, ya sea una oración, tranquilizantes o una botella de Jack Daniel’s.

—FRANK SINATRA

Frank Sinatra estaba cansado de tanto comentario, tanto chisme, tanta teoría; cansado de leer citas sobre él mismo, de oír lo que la gente decía de él por toda la ciudad.

Habían sido tres semanas de tedio, decía, y ahora sólo quería marcharse, ir a Las Vegas, desfogarse un poco. Así que subió a su jet, planeó sobre las colinas de California y las llanuras de Nevada y sobre millas y millas de desierto hasta el hotel The Sands y la pelea Clay-Patterson.

Pasó en vela la víspera de la pelea, y durmió casi toda esa tarde, aunque podía oírse su voz grabada en el vestíbulo de The Sands, en el casino de apuestas y hasta en los baños, interrumpida por las llamadas de los altavoces: «Llamada telefónica para el señor Ron Fish, señor Ron Fish…, with a ribbon of gold in her hair… Llamada telefónica para el señor Herbert Rothstein, señor Herbert Rothstein…, memories of a time so bright, keep me sleepless through dark endless nights».

Brujuleando por el vestíbulo de The Sands y otros hoteles a todo lo largo del Strip,8 esa tarde previa a la pelea se veían los consabidos profetas precombate: los apostadores, los viejos campeones, los promotores de boxeo de la Octava Avenida, los periodistas deportivos que critican los grandes combates durante todo el año pero que no se perderían uno solo, los novelistas que parecen identificarse con uno u otro boxeador, las prostitutas locales, con la ayuda de un poco de talento traído de Los Ángeles, así como una joven morena con un vestido de cóctel arrugado que gimoteaba ante el mostrador del jefe de botones:

—Pero yo quiero hablar con Frank Sinatra.

—Él no está aquí —decía el jefe de botones.

—¿Me pone con su habitación?

—No se envían mensajes, señorita —le dijo, y entonces ella se dio la vuelta, tambaleándose, como al borde de las lágrimas, y atravesó el vestíbulo hacia el grande y bullicioso casino atestado de hombres cuyo único interés era el dinero.

Poco antes de las 7 p.m. Jack Entratter, un hombretón canoso que dirige The Sands, entró a la sala de juego para avisarles a los hombres que rodeaban una mesa de blackjack que Sinatra ya se estaba vistiendo. También les dijo que no había podido conseguir asientos de primera fila para todos, de modo que algunos en el grupo —entre ellos Leo Durocher, que tenía una pareja, y Joey Bishop, que venía con su esposa— no iban a caber en la fila de Sinatra y se tendrían que sentar en la tercera fila. Cuando Entratter se aproximó a Joey Bishop para contárselo, el rostro de Bishop se vino abajo. No pareció enfadarse: se limitó a mirar a Entratter en un mutismo vacío, más bien con cara de aturdido.

—Joey, lo siento —dijo Entratter cuando el silencio persistió—, pero no pudimos conseguir más de seis seguidas en primera fila.
Bishop seguía sin decir nada.

Pero cuando aparecieron todos para ver la pelea, Joey Bishop estaba en primera fila y su mujer en la tercera.
El combate, calificado de guerra santa entre musulmanes y cristianos, fue antecedido por la presentación de tres ex campeones medio calvos: Rocky Marciano, Joe Louis y Sonny Liston, y luego vino el himno nacional cantado por otro hombre salido del pasado: Eddie Fisher. Habían transcurrido más de catorce años, pero Sinatra todavía se acordaba de todos los detalles: Eddie Fisher era en ese entonces el nuevo rey de los barítonos, a la par con Billy Eckstine y Guy Mitchell, y Sinatra llevaba un buen rato relegado.

Recordaba el día cuando al entrar a un estudio de radiodifusión tuvo que pasar frente a una multitud de fans de Eddie Fisher que lo esperaba afuera, y cuando vieron a Sinatra se burlaron de él: «¡Frankie, Frankie, que me desmayo, que me desmayo!». Esa fue también la época en que vendía apenas unos 30.000 discos al año, cuando de manera espantosa lo pusieron a actuar de cómico en su programa de televisión y cuando grabó desastres como Mama Hill Bark con Dagmar.

—Yo ladraba y gruñía en ese disco —decía Sinatra, todavía horrorizado de sólo pensarlo—.

Sólo me aportó beneficios con los perros.

Su voz y su criterio artístico estuvieron pésimos en 1952, pero más culpable de su declive, dicen sus amigos, fue su cortejo de Ava Gardner. Ella era entonces la gran reina del cine, una de las mujeres más hermosas del mundo. Nancy, la hija de Sinatra, recuerda el día en que vio a Ava nadando en la piscina de su padre y luego salir del agua con ese cuerpo estupendo, caminar despacio hacia el fuego, inclinarse sobre él por unos segundos… y de un momento a otro pareció que su largo pelo negro estaba seco ya, otra vez arreglado de modo milagroso y sin ningún esfuerzo.

Con la mayoría de las mujeres con que sale, Sinatra nunca sabe, dicen sus amigos, si lo quieren por lo que puede hacer por ellas ahora… o hará por ellas después. Con Ava Gardner fue distinto. Después no podía hacer nada por ella. Ella estaba por encima. Si algo aprendió Sinatra de su experiencia con ella, fue tal vez saber que cuando un hombre altivo ha caído, una mujer no lo puede ayudar. Especialmente una mujer que está por encima.

Así y todo, a pesar de su voz cansada, cierta emoción profunda alcanzaba a filtrarse en su canto. Una canción en especial que suena bien hasta el día de hoy es I’m A Fool to Want You, y un amigo que estuvo en el estudio cuando Sinatra la grabó recordaba:

—Frank estaba verdaderamente inspirado esa noche. Grabó la canción en una sola toma, acto seguido dio media vuelta, salió del estudio y sanseacabó.

El representante de Sinatra de ese entonces, un antiguo promotor de canciones llamado Hank Sanicola, decía:

—Ava quería a Frank, pero no del mismo modo como él la quería. El necesita un montón de amor. Lo quiere veinticuatro horas al día; tiene que estar rodeado de gente… Frank es esa clase de persona… pero —decía Sanicola— Ava Gardner era muy insegura. Temía no poder retener a su hombre…, dos veces él la siguió hasta África, echando a perder su propia carrera.

—Ava no quería a los hombres de Frank rondando a todas horas —decía otro amigo—, y eso lo enfurecía a él.

Con Nancy, él estaba acostumbrado a traer a toda la banda a casa, y ella, la buena esposa italiana, nunca se quejaba…, solamente preparaba espaguetis para todos.

En 1953, después de casi dos años de matrimonio, Sinatra y Ava Gardner se divorciaron. Se dijo que la madre de Sinatra había organizado una reconciliación, pero si Ava estuvo dispuesta, Frank Sinatra no. Se dejó ver con otras mujeres. El equilibrio se había roto. En algún punto de ese período Sinatra pareció pasar de ser el chico cantante, el jovencito actor en traje de marinero, a ser un hombre. Ya antes de ganar el Oscar en 1953, por su papel en De aquí a la eternidad, dejaba ver destellos de su antiguo talento: en su grabación de The Birth of the Blues, en su presentación en el night-club Riviera, elogiada calurosamente por la crítica de jazz; además de que ahora la tendencia iba a favor de los elepés y en contra del single de tres minutos, y el estilo de concertista de Sinatra hubiera sacado provecho de esto con o sin el Oscar.

En 1954, dedicado de lleno a su talento, Frank Sinatra fue elegido cantante del año por la revista Metronome y ganó la encuesta de disk-jockeys de la UPI, desbancando a Eddie Fisher…, quien ahora, en Las Vegas, tras cantar el himno nacional, se bajaba del ring para que se diera comienzo a la pelea.

 

Banda Sonora de esta 3ª Parte

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