Geografías

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Opinión de Juliana González, desde Berlín. Publicada en unpasquin.com | Vemos la hambruna en el ojo ajeno, pero no la avaricia en el propio. De nada sirve la cercanía geográfica si no produce titulares o fotos de una triada liberadora estrechándose la mano.

La geografía es la rectora que establece las prioridades de lo que nos importa. La geografía es caprichosa y accidentada. En un mismo territorio conviven el mar Caribe y una imponente Sierra Nevada. Unos kilómetros más arriba el verdor da paso a un infinito de arena y cielo. Hay otras geografías más ásperas y menos poéticas.

Los relieves de la geografía crean necesidades, ofrecen riquezas y generan tensiones.

La inmediatez geográfica es también maleable para obtener réditos políticos. Basta con mirar los conflictos alrededor del mundo para encontrar ejemplos, y luego mirarse adentro para encontrar que hay puntos ciegos a pesar de la cercanía geográfica.

La geografía es también un filtro para el dolor. Nos duele el dolor dependiendo de dónde provenga. Hoy en día existe un país en este mapamundi que vive la peor crisis humanitaria creada por los seres humanos, de la que se tenga noticia. Y no, no es la Venezuela de Maduro deshilachada en su tejido social ante la voracidad y crueldad de un sistema con remedos de instituciones. Un país en el que la cotidianidad de sus habitantes se ha convertido en un trueque permanente en los grupos de WhatsApp de familiares, amigos, vecinos y colegas para intercambiar alimentos y medicinas. Pareciera, porque está presente en todas las emisiones de noticias, pero no lo es. ¡Cuestiones de la geografía y de la política! Y desde la perspectiva colombiana, el punto ciego de la inequidad y la pobreza extrema tanto en Chocó como en La Guajira pone de relieve que la cercanía geográfica por si misma no intensifica el dolor. O ese otro extraño punto ciego de los asesinatos de líderes sociales. Vemos la hambruna en el ojo ajeno, pero no la avaricia en el propio.

De nada sirve la cercanía geográfica si no produce titulares o fotos de una triada liberadora estrechándose la mano.

Tampoco se trata de Siria. Un conflicto que lleva siete años de involución. Un país que sirve de espejo para ver cómo las fuerzas militares más poderosas del mundo convierten un territorio de terceros en un pulso de fuerzas ideológicas para proteger sus propios intereses económicos. Las sequías, la intransigencia y la violencia han generado millones de refugiados, en un país empobrecido y corrupto. Aquí son Rusia y Estados Unidos los que tiran de lados distintos y en el medio la gente. La gente que no parece importar demasiado al final de cuentas, porque siempre terminará por reproducirse. Es irresistible señalar con el dedo y querer decir “amigo, date cuenta” de que una intervención o una ocupación militar no se traducen en la solución instantánea para eliminar a un tirano.

Y así por entre la cartografía del mundo se cruza la península árabe de norte a sur y se llega a Yemen. En la antigüedad puerto de comercio de especias. Hoy, el infierno humano de la historia moderna. La lejanía impide que duela el drama de los 11 millones de niños desnutridos, de los cuales dos millones están en riesgo de muerte inminente por desnutrición, según cifras de organismos internacionales. Los alimentos no pueden distribuirse dentro del país porque en la guerra contra el gobierno, la alianza internacional para derrocarlo ha volado puentes y carreteras. El único puerto en funcionamiento cierra permanentemente por motivos de seguridad. Y allí la comida espera para que pueda ser repartida, mientras la gente se muere de hambre. Pero hablar de Yemen no da réditos políticos.

Donar a Yemen sería visto como un acto exótico en un país en el que a los niños también les toca morirse de hambre. Niños que también viven en una península desértica y exótica, que a pocos parece importar.

Yemen no le duele a nadie. Es una guerra olvidada. Es una factura abierta que nadie quiere pagar. Es otro espejo, lejano, de una intervención militar fracasada. Es un campo de ensayo y error de fuerzas contrarias azuzadas por alianzas militares extranjeras. Cuatro años de bombardeos aéreos, de armisticios rotos, dejan a los civiles en un estado de indefensión absoluto. 6.000 civiles asesinados durante el conflicto, y alrededor de 10.000 heridos. Amnistía Internacional calcula que más de 2,5 millones de niños no pueden asistir al colegio. Y nadie ha medido aún el impacto social de la hambruna y de los traumas del conflicto en la sique de los habitantes.

Yemen es la crueldad de la guerra y la indolencia del mundo, que entiende tanto del uso de la fuerza y tan poco del de la palabra negociada. Mientras tanto, en Hodeida, la aorta del país, se acumulan medicinas, toneladas de granos que podrían alimentar durante un mes a casi cuatro millones de yemenitas, y gasolina para hacer rodar por ejemplo ambulancias. Asesinar y someter a través del hambre. Las lentejas como arma letal. Vidas que se aletargan hasta apagarse en geografías lejanas y cercanas, porque luego de que Esaú vendiera su primogenitura, nadie quiere perder su reino por un plato de lentejas.

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